miércoles, 19 de junio de 2013

A. Weigle, ¿Vigencia de la teoría sexual?




¿VIGENCIA DE LA TEORÍA SEXUAL?
Apuntes histórico-críticos





Si la comunidad psicoanalítica se propone discutir sobre sexualidad en psicoanálisis puedo suponer que este tema merece una puesta al día lo que, para mí,  implica una revisión crítica.
A la luz de las modificaciones que el pensamiento psicoanalítico ha ido sufriendo a lo largo de su historia (de la mano de numerosos pensadores e investigadores y con el aporte de otras ciencias o disciplinas), podemos decir que muchas ideas que hoy se manejan están bastante distanciadas del pensamiento freudiano original. Recordemos, por ejemplo, la teoría kleiniana de las posiciones, el triple engarce de los registros lacanianos: real, simbólico e imaginario, el esquema lambda, la función alfa de Bion, el espacio y  fenómeno transicionales de Winnicott, etc, etc... Y, si pensamos en epistemología, cuán lejos estamos del juramento -que suscribió Freud- de fidelidad al método experimental.
Creo, sin embargo, que hay dos temas, inextricablemente implicados -la teoría sexual y la teoría de las pulsiones-  que se constituyen en "intocables" dentro del corpus teórico como si representaran la esencia misma del pensar psicoanalítico, la piedra de toque para todo desarrollo teórico "profundo", la base y fundamento de la naturaleza humana. Las herencias freudiana, kleiniana y, en buena medida, la lacaniana, llegan a tener tal peso con relación a estos dos temas que numerosos autores, al presentar material clínico y después de muy interesantes y profundos comentarios sobre la peripecia de los vínculos y conflictos de los personajes analizados, parecen verse obligados a reconducir luego sus reflexiones sobre los parámetros que les impone este conjunto doctrinario sobre sexualidad y adaptar a él sus observaciones, a través de complicados argumentos metapsicológicos.




Ya en 1888 Freud, en su trabajo Histeria, pensaba, aunque con muchas dudas, en la etiología sexual de esta afección como una etiología entre otras que consideraba más posibles: No obstante, se debe admitir que unas constelaciones “funcionales” relativas a la vida sexual desempeñan un gran papel en la etiología de la histeria (así como de “todas” las otras neurosis), y ello a causa de la elevada significatividad psíquica de esta función, en particular en el sexo femenino (AE, t.I, pág. 56), (subrayado nuestro). Pero, desde 1895 en adelante, esta idea de causalidad sexual se fue afirmando de forma cada vez más rotunda hasta desarrollarse y formalizarse de modo complejo en la teoría de las pulsiones. Freud creyó así encontrar en lo sexual un factor que armonizaba de manera notable varios elementos dispersos en su modo de encarar el problema de la etiología:

a) el haber observado con frecuencia dificultades en la vida sexual de sus pacientes (especialmente si ese tema era sistemáticamente explorado, no sólo directamente sino también a través de los contenidos inconcientes). Esta frecuencia aumentaría en proporción geométrica cuando Freud comenzó a aplicar la definición ampliada de lo sexual a la arquitectura simbólica de la mente humana (a través de las leyes de condensación y  desplazamiento), como veremos luego.

b) el haber hallado lo que creyó una notable conexión entre el nivel psicológico (el alma) y el nivel biológico (la función). Esto era de vital importancia para introducir el universo de lo psíquico dentro de la esfera de las ciencias positivas y sostener así, sólidamente, al psicoanálisis como CIENCIA de acuerdo a su convicción y juramento.
No sé de un texto expreso de Freud que diga exactamente esto pero me parece claro que toda su obra está impregnada de dicha idea  y. en un escrito tan tardío como la 35° conferencia (1932), dirá: Opino que el psicoanálisis es incapaz de crear una cosmovisión particular. No le hace falta; él forma parte de la ciencia y puede adherir a la cosmovisión científica. Pero ésta apenas merece ese grandilocuente nombre, pues no lo contempla todo, es demasiado incompleta, no pretende absolutismo ninguno ni formar un sistema (AE, t. XXII, pág.168). Dos páginas antes decía: En sentido estricto sólo existen dos ciencias: la psicología, pura y aplicada, y la ciencia natural.
No podemos negar, sin embargo, que la obra freudiana es una de las pioneras en la fundación de las hoy llamadas ciencias del  hombre  que reclaman para sí un distinto enfoque epistemológico, tema éste que no trata Freud directamente pero que se desprende de su modo de abordar problemáticas que sobrepasaban ampliamente el marco de una epistemología positivista. Así lo vemos utilizar modelos dialécticos, estructurales o genéticos sin traducirse esto en un cambio explícito de sus parámetros epistemológicos que seguían apoyados en el triple punto de vista tópico, dinámico y económico.

c) un tercer elemento, surgido esta vez de su creación especulativa, vendrá a armonizar con los otros dos mencionados (como vimos, el primer elemento se refiere a la observación clínica y  el segundo a la posición epistemológica de Freud). Este tercer elemento consistió en la posibilidad de abstraer de una función y de una conducta la llamada "vida sexual" la hipótesis de la existencia de pulsiones de particular cualidad (sexual), finalidad (conservación de la especie) y principio (placer). A este grupo de pulsiones lo distinguió del de las de conservación que responden a otra cualidad (necesidad), finalidad (conservación del individuo) y principio (interés). La pulsión sexual pasó a ser así el "convidado de piedra" dentro del aparato psíquico convirtiéndose en la responsable de la generación del conflicto que dará lugar a la neurosis, es decir, en la responsable de la etiología de las neurosis.
Pero la terquedad de los hechos y las observaciones que Freud -con su honradez científica característica- acumulaba en su experiencia clínica, mostraba en innúmeras oportunidades que no era nada claro ese origen universal de la conflictividad neurótica por acción de las pulsiones sexuales. Claro que si se empezaba a dudar de ese único origen del conflicto neurótico (como lo hizo Adler con su hipótesis de la voluntad de poder, o Jung, desexualizando y unificando la libido) amenazaba derrumbarse todo el edificio teórico construido y se corría el riesgo que el psicoanálisis pasase a ser una disciplina no científica, una especie de filosofía de la vida o concepción del hombre, sólo una más dentro de todas las existentes... Y la ciencia positiva es sólo una, no admite la existencia de otra paralela, bajo pena de abandonar a la divina episteme y caer en la condición de simple doxa.
Aquel famoso concepto de Freud, que de varias maneras repitió, sobre la precariedad de la pura especulación[1], aparece vedado para él mismo (por la fuerza de su especulación) aunque tuvo la valentía de decir: La doctrina de las pulsiones es nuestra mitología, por así decir. Las pulsiones son seres míticos, grandiosos en su indeterminación. En nuestro trabajo no podemos prescindir ni un instante de ellas, y sin embargo nunca estamos seguros de verlas con claridad. (1932, 32° conf. , T. XXII, pág. 88).
¿Cómo, entonces, se las arregló Freud con la terquedad de los hechos que mostraban continuamente conflictos “en apariencia” no sexuales? Ya lo sabemos: definió "sexual" a su manera y efectuó las siguientes extensiones en dicha definición (no como recursosino que  creyó sinceramente que era lo correcto):











1°) SEXO=PLACER. Esta extensión fue necesaria para fundar sólidamente la vertiente somática de la pulsión (como concepto fronterizo entre lo somático y lo anímico). Hubo de afirmar, entonces, el carácter sexual del placer de todo órgano, de toda función. Esto servía, además, para la explicación sexual de los síntomas conversivos. No era suficiente que la conversión fuera un texto, sino que debía ser, además, sexual. El placer se convierte así en el primum movens, la motivación princeps, el principio del funcionamiento psíquico cumpliendo así una función de postulado - nítido y simple - como el punto, la recta, el número o la fuerza para las ciencias duras... Me pregunto qué diría Freud a un neurofisiólogo actual que le demostrara la existencia de un centro nervioso del placer que opera en conexión con complejas funciones regulables por la voluntad, en una cierta relación que, cuanto más aplazables sean éstas, más intensa es dicha conexión, lo que asegura su mejor y más frecuente cumplimiento[2] ...
Pero se me dirá: el placer está encadenado a la mística del deseo que señala que éste no se cancela nunca, no se completa nunca, se propaga indefinidamente a sucesivos objetos y es pasible de represión continua. Acá la pregunta es: ¿es necesario que ese misterioso deseo sea de naturaleza sexual e infantil? ¿No habrá otras hipótesis sobre su naturaleza que se adapten más a esas características que todos reconocemos en el deseo?[3]





2°) SEXO=AMOR. Ésta es una de las grandes puertas de entrada de la teoría sexual en el escenario vincular humano. Si libido y amor son la misma cosa, quedan allí atados deseo sexual, búsqueda de proximidad (attachment), continentación (réverie), sostén mutuo (holding), soporte identificatorio, etc. Y todo vínculo de alguno de estos tipos que parezca no sexual, podrá igualmente incluirse bajo este rubro con el auxilio de la noción de "mociones de meta inhibida". Si libido y amor son la misma cosa, está construida la columna vertebral de los vínculos humanos y podremos deslizarnos sin sobresaltos por los resbalosos caminos del desarrollo "emocional", de la deprivación "afectiva", de las aficiones "perversas", del drama "incestuoso" del Edipo, sin nunca perder la brújula de la etiología sexual.
Pero, en estos temas, el "convidado de piedra" es el odio (y quizás también la indiferencia).  Freud abordó a menudo la problemática del odio y de la ambivalencia amor-odio pero no explicitó satisfactoriamente su estatuto metapsicológico, vacío que intentó llenar Klein con el recurso a la pulsión de muerte que, en última instancia, no aclara sino complica aún más.  El asunto desborda los límites de estos apuntes y simplemente me planteo que sería más claro que sexo (libido) y amor no fueran la misma cosa. Quizás así podríamos abordar mejor teóricamente temas como el amor sin sexo, el sexo sin amor, el odio en el sexo y el sexo por odio... y sólo mencionando combinaciones con escasa ambivalencia[4].






3°) SEXO=IDENTIDAD DE GÉNERO. Esta equiparación ha traído incontables deslizamientos al confundir estructuras identitarias con atractivos eróticos. Así se considera como "sexual" lo heterosexual, lo homosexual o lo bisexual (que, en puridad, debería nombrarse como homogenérico, heterogenérico o bigenérico, respectivamente).
 La sociedad humana define de mil maneras (y con mil variaciones según tiempo y lugar) la diferencia masculino/femenino[5]. Esta influencia cultural tiene tanta fuerza en la conformación de la identidad de las personas que puede ponerse en desacuerdo con el género biológico y dar lugar, por ejemplo, a la (mal llamada) homosexualidad. Ésta no es, pues, una desviación (perversión) primaria del atractivo sexual hacia un objeto del mismo género sino que, como la observación en niños y adolescentes lo muestra claramente, lo primario es la adopción de una identidad cultural no acorde con la biológica. Luego (o simultáneamente) vendrá la selección de los objetos eróticos, en concordancia con esa identidad asumida. Muy a menudo la clínica muestra que esta adaptación no es nada sencilla y conlleva un largo y conflictivo proceso.






4°) SEXO=PERFIL DE CARÁCTER. En su artículo Carácter y erotismo anal (1908, A.E. Vol. 9, p. 151-158), Freud nos dice: ...es posible indicar una fórmula respecto de la formación del carácter definitivo a partir de las pulsiones constitutivas: los rasgos de carácter que permanecen son continuaciones inalteradas de las pulsiones originarias, sublimaciones de ellas, o bien formaciones reactivas contra ellas.
Como vemos, Freud ata aquí constelaciones de carácter a la sensibilidad erótica de zonas corporales que luego servirán de soporte a la descripción de fases del desarrollo llamado psicosexual. Estas fases no son un observable sino que surgieron luego de un laborioso y extensísimo trabajo de elaboración teórica que llevó casi veinte años (1905 fase genital, 1913 fase anal, 1915 fase oral, 1923 fase fálica). Esta enorme extensión del concepto de sexualidad abarca, pues:
·   las pautas del desarrollo psíquico global del ser humano (que pasa a llamarse desarrollo “psicosexual”). Recordemos, por ejemplo, la pulsión epistemofílica (apoyada en el impulso voyerista) como eje del desarrollo intelectual. Y también a lo sexual como soporte del desarrollo de la función simbólica o semiótica (Sobre el sentido antitético de las palabras primitivas 1910, A.E., T.11, p. 143).
·   los perfiles de carácter adscriptos a esas fases (perfiles “orales”, “anales”, “fálicos”) en donde el factor sexual pasa a definir identidades tanto normales como patológicas (los ahora llamados trastornos de la personalidad).
La comunidad psicoanalítica actual no toma al pie de la letra estas aseveraciones de Freud sino más bien hace un uso metafórico de ellas, pero yo no veo que les haga una crítica más severa como para desecharlas definitivamente como corresponde a todo conocimiento científico ya perimido. En ese sentido se conduce como los exégetas de la Biblia que toman la historia de Adán y Eva, por ejemplo, no en su interpretación literal, lo que a esta altura de nuestro conocimiento sería un absurdo, sino como un mensaje críptico y simple que nos envía Dios para que lo entiendan las almas sencillas y lo interpreten las almas sofisticadas[6].






5°) SEXO=SUBLIMACIÓN. La acuñación del concepto de sublimación dio a Freud una llave maestra para abrir la puerta de conexión entre la sexualidad y toda otra actividad gratificante. ¿Cómo llegó Freud a concebir este proceso? Pues bien, lo hizo de la mano de la fina observación de las cadenas simbólicas, de las operaciones de condensación y desplazamiento, de los movimientos metáforo-metonímicos a través de los puentes tendidos por la contigüidad o la semejanza de sentidos. Esta enorme contribución freudiana a la comprensión no sólo de los modos de operar de la mente sino de la comunicación humana en general, abrió una amplia avenida para el desarrollo de nuevas ideas y para la conexión con otras ciencias del hombre como la semiótica, la antropología, la historia, la sociología... Con este poderoso instrumento en su mano era fácil demostrar, a partir de cualquier punto de una cadena simbólica, la conexión de ese elemento con algún otro de contenido sexual. Toda actividad (meta) gratificante podía, pues, ser vinculada a algo sexual, máxime usando "sexual" en su definición ampliada.
 Acá el problema consiste en creer que tal proceso de sublimación unidireccional existe. Con esto, queremos decir lo siguiente:
Dentro de la red de conexiones simbólicas (semióticas) entre diversos elementos (que operan en códigos de palabras, de imágenes, de actos  o sus mezclas) se produce un continuo movimiento que lleva a resaltar, eclipsar, trastocar, matizar, etc. cualquiera de ellos, por el concurso de los restantes. Poner un "ancla"[7] en un único tipo de elementos es un procedimiento válido y necesario para ordenar el conjunto, pero es preciso no olvidar que es un procedimiento arbitrario.
Los datos pueden ser ordenados también con otras "anclas" lo que enriquece la visión de conjunto y ayuda a pensar otras constelaciones estructurales, ocultas por el uso del "ancla" única. Si Freud se jugó al ancla única y absoluta de lo "sexual" podemos pensar que fue porque no llegó a ver el problema, al permanecer adherido a su modelo causalista lineal, como ya dijimos.
Eso no obstó para que, sin proponérselo, abriera la posibilidad de uso de otras "anclas".[8] Pero, en otro texto de la misma época y a través del "análisis de lo profundo"[9], Freud se interna dramáticamente en una especulación sobre la fantasía "erótica" de un niño de 18 meses. ¿Es ésta, acaso, la única - unidireccional - explicación de la problemática del hombre de los lobos? ¿No habrá otros subrayados del material - no sexuales, quizás de estructuras de vínculos o de sostenes mutuos - que nos den otras visiones del caso?
Opino que deberíamos pensar, más bien, en un movimiento multidireccional donde no sólo lo sexual se traslade a lo no-sexual sino también lo no-sexual se traslade a lo sexual (o a otras cosas). Afirmar que es sólo unidireccional entra, para mí, en el orden de la creencia.

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Bastan estas cinco extensiones que aplica Freud al concepto de sexualidad para que, prácticamente, todo comportamiento, toda acción[10] humana pueda ser referida, en último término, a lo sexual. Presentadas las cosas de este modo, parece evidente que la explicación etiológica sexual se diluye de tal forma que se vuelve inoperante. Se asemeja al recurso a Dios como primera causa. Así todo puede ser explicado y nuestra angustia de ignorancia, de falencia, (¿de castración?) puede ser atemperada.
Y, ya que mencionamos la castración, el lector se preguntará qué estatuto, que no sea sexual, le otorgamos. Pues bien, como igualmente ocurre con otros conceptos fuertes del psicoanálisis (incesto, parricidio, seducción, escena primaria, etc.) podemos decir que están acuñados con la impronta de lo sexual, porque así los concibió Freud. Pero su uso habitual (en un 99%) es marcadamente metafórico y, en puridad, estos conceptos refieren no a lo que directamente significan sino a otra multitud de cosas que debemos deducir, a veces muy trabajosamente, del contexto en que son usados. Ya Freud alertó sobre estos deslizamientos y trató de ponerles algún coto subrayando, por ejemplo, que "castración" no podía ser usado como sinónimo de "separación" ni de "pérdida"(Inhibición, síntoma y angustia, AE, t. XX, p. 123).
Se podría suponer que, a través de estas observaciones críticas, estoy reduciendo casi a cero la importancia del tema sexual. Lejos de mí tal suposición. Creo firmemente que su importancia no se ve en absoluto menoscabada si simplemente lo cambiamos del lugar de causa (etiología) en que Freud lo coloca y lo ponemos en un lugar diferente. Ya señalé antes (nota 2) la rigurosa reglamentación de la función sexual en todas las sociedades humanas pero esto no es porque su naturaleza sexual esté operando como causa de dificultades en el seno de dichas sociedades, sino que es debido a las consecuencias de su ejercicio. Consecuencias en el establecimiento de vínculos afectivos estables (pareja, familia, etc.); y consecuencias en la descendencia (en el ordenamiento de los vínculos de sangre y de alianza, en la organización de linajes, en la instauración de pilares de identidad).
Pero ese nuevo lugar, ya no de causa sino de articulación de variados elementos, sólo es posible si reducimos el concepto de "sexual" deshaciendo las mencionadas ecuaciones de extensión del término. Esto permite el libre juego interactivo de dichos elementos y enriquece notablemente nuestras posibilidades de interpretación y de teorización.





 De hecho, este modo de proceder lo vemos de continuo en el análisis de materiales clínicos de numerosos autores - como dijimos en pág. 1 - pero muy pocas  veces pasa a reflejarse en los cambios teóricos que implican. Es cierto que estos cambios no son pequeños (por ejemplo: abolición de la teoría de las pulsiones, supresión del punto de vista económico, modificación de la unicausalidad lineal, multiplicación de las motivaciones humanas con restricción del alcance de lo sexual, cambio sustancial de las fases “psicosexuales” del desarrollo infantil y de la noción de sexualidad infantil, etc.) pero no los considero en absoluto esenciales para el ejercicio de nuestro oficio...No son el cimiento sino el remate del edificio íntegro, y pueden sustituirse y desecharse sin perjuicio (ibídem).

Y agrego un fragmento de una carta de Freud a sus discípulos, en sus últimos años:
Ustedes me vaticinaron que, después de mí, mis errores corrían el riesgo de ser adorados como santas reliquias... Por el contrario, yo creo que mis sucesores se apresurarán a demoler todo lo que no está perfectamente fundamentado en lo que dejo detrás de mí.

Temo que, también acá, como en tantas ocasiones y como cualquier ser humano, Freud termine equivocándose pues ya se cumple un siglo y aún no se percibe tal demolición sino más bien la adoración de santas reliquias.

Y, a propósito de estas dos últimas citas, quiero destacar dos grandes cualidades de Freud: la de maestro y la de iconoclasta.
·   Como maestro supo mostrar generosamente todo su pensamiento, en el acierto y en el error, e incluso se prestó él mismo  como sujeto de investigación (sus sueños, sus síntomas).
·   Como iconoclasta él sí se apresuró a demoler dogmas, ídolos y lo no fundamentado de la ciencia de su época. Quiero destacar ahora ese modelo que nos legó.[11]
No es sólo el espíritu crítico el que anima al iconoclasta sino el deseo de construir sobre bases más sólidas el conocimiento. Pienso que, con el paso del tiempo, el corpus teórico psicoanalítico más ortodoxo ha sufrido un desgaste y necesita un recambio. Que no nos confundan las sofisticaciones y exquisiteces teóricas disfrazadas de profundas, puestas allí para no cambiar los postulados fundamentales (como los exégetas bíblicos).

La teoría sexual tal como la desarrolló Freud debe ser sustancialmente modificada y otras teorizaciones nuevas deben articularse con ella como ya lo insinuamos a lo largo de todo el artículo contraponiendo a la explicación etiológica sexual los puntos de vista relacionados con la peripecia identitaria y vincular humana; contraponiendo a la noción de pulsión la noción de función (me refiero a la articulación de importantísimas y básicas funciones como la propia sexual, la función semiótica, la función de apego o attachment, etc.). Injusto sería decir que Freud no atendió estos enormes temas, pero nunca alcanzaron en su obra la preponderancia de fundamento.
Estas modificaciones permitirían además la apertura del pensamiento psicoanalítico a otras corrientes psicológicas, psicoterapéuticas, psiquiátricas, neuropsicológicas e incluso neurobiológicas, extremo muy difícil en este momento por el choque con posturas ideológicas que impiden la profundización del diálogo y la búsqueda y hallazgo de terrenos comunes y acuerdos imprescindibles para tender a la convergencia y articulación de las ciencias del “alma” (también llamada “psique” o “persona”).
Creo que ya largamente ha caducado el tiempo de defensa a ultranza de la identidad y la originalidad del aporte psicoanalítico, tan necesario en la primera época para preservar su novedosa contribución a las ciencias del hombre, pues este aporte está claramente consolidado.
Hoy día, el riesgo de la pérdida de este aporte no proviene del afuera, es decir por el hecho de ser el psicoanálisis incomprendido e ignorado por la comunidad científica como antaño.
Proviene del propio seno de buena parte de la comunidad psicoanalítica que, continuando en la defensa ilusoria de su especificidad (como lo es la defensa de la teoría sexual tal cual la formuló Freud) obstaculiza el camino a los nuevos aportes de otras ciencias y a la integración del psicoanálisis con ellas.
Que no nos confundan los importantísimos aportes del psicoanálisis al conocimiento de los seres humanos (sea, p. ej., el aporte a la sutileza de los modos de operar de la mente así como a la complejidad de las interacciones vinculares) y nos hagan perder de vista el grueso espesor de nuestra ignorancia en ese mismo terreno y la perentoria necesidad de alimentarnos de otros aportes, propios y ajenos, so pena de morir de inanición.


Alberto Weigle
Montevideo, abril de 2002





[1] Por ejemplo, y a propósito de la teoría de las pulsiones: Es que tales ideas no son el fundamento de la ciencia, sobre el cual descansaría todo; lo es, más bien, la sola observación. No son el cimiento sino sólo el remate del edificio íntegro, y pueden sustituirse y desecharse sin perjuicio. (Introd. del narc. AE, T.XIV, pág. 75), (subr. nuestros).

[2] De ahí que la función sexual, aplazable indefinidamente, lleve adscripto el mayor monto de  placer.
[3]  Recuerdo, por ejemplo, la proposición de Hegel, para quien el deseo básico es el deseo de ser reconocido lo que nos introduce en el vasto mundo de la identidad humana, tanto asumida como otorgada.

[4]  Por supuesto que esto nos conduce inevitablemente a formularnos una definición mucho más restringida de "lo sexual", limitándolo a la categoría de función. Antiquísima función que remite a los albores de la filogenia y que, en el curso de la evolución, ha venido a situarse en una compleja encrucijada lo que la ha convertido en una de las funciones más reglamentadas por la sociedad humana.

[5]  Si hubiera puesto "femenino/masculino" ya sería una cierta trasgresión a la regla gramatical que señala que el género masculino debe anteceder y predominar sobre el femenino (!).
[6]  Recuerdo aquí un comentario de un niño de 8 años, confundido entre su clase de religión y su clase de ciencia: no entiendo, ¿venimos del mono o de Adán y Eva?
[7]  Al estilo del "ancla" que utilizan los economistas para describir las relaciones entre los valores económicos: se fija arbitrariamente uno de ellos (P.B.I, dólar, etc.) puesto que todos tienen un valor relativo con respecto a los otros y no hay ninguno de valor absoluto.

[8] Como puede verse en "Introducción del narcisismo" donde abre y plantea desde diversos ángulos los enormes temas de la relación YO - OTRO y de la construcción identificatoria del sujeto (claro que bajo el ala del par libido del yo - libido de objeto).

[9]  El "Hombre de los lobos" (1914, AE, T. XVII, p. 47).

[10]  La propia estructura de acción de la pulsión que describe Freud (fuente - meta - objeto) se corresponde punto por punto con la estructura de acción de la oración según la gramática moderna (actor - actividad - objeto) derivada a su vez de la antigua división: sujeto - verbo - predicado.

[11]  Recordemos el brindis que J. E. Rodó pone en boca del maestro Gorgias: “por aquél que me venza –con honor- en vosotros”.
























lunes, 17 de junio de 2013

A. Weigle, La conducta de juego



LA CONDUCTA DE JUEGO

Alberto Weigle
1976







1. SIGNIFICADO





El juego es una conducta y, como tal, participa  de todas las características generales de ésta, pero vamos a destacar solamente la cualidad que lo ubica en un lugar particularísimo y que comparte, y no totalmente, con algunas otras actividades del ser humano (los hobbies, la afición por los deportes, las inclinaciones artísticas, filosóficas, etc.). -
Si graficamos este lugar peculiar, podemos ubicarlo, como vemos, en la zona de superposición entre el mundo interno y el mundo externo.
El mundo interno se refiere a nuestro interior, o lo subjetivo, el adentro donde se desarrollan nuestros pensamientos o deseos.
El mundo externo es lo objetivo; se refiere al mundo compartido, el afuera sobre el que estamos de acuerdo en cuanto a su existencia y relaciones.
El jugar participa de ambos mundos sin pertenecer especialmente a uno u otro.
Un ejemplo: si un niño está jugando con una escoba, ésta será sucesivamente un caballo, una escopeta o un remo y estos significados estarán unidos a sus deseos de huir de un peligro, de matar a un enemigo o de penetrar dentro de alguien, según el contexto dramático del juego creado por el niño.
En este contexto, la escoba ha perdido su sentido de instrumento que actúa eficazmente en el mundo externo y ha sido convertida en algo para lo que realmente no sirve.
Sin embargo es el objeto real imprescindible para poder decir que el niño está jugando. Si no usa nada, no está jugando; está pensando o imaginando, lo cual no es en absoluto lo mismo. Pero también pensar e imaginar, como elementos del mundo interno, son imprescindibles para jugar, pero no por ello podemos decir que los deseos o temores que se expresan en el juego, se lleven realmente a cabo.
Es ese elemento de irrealidad, de magia, de creación sin barreras, asido sin embargo a la realidad (interna o externa) lo que le da el sello característico a la conducta de juego.


2. GÉNESIS




En el niño pequeño consideramos:
Una primera etapa donde podemos observar a menudo que el bebé succiona el pecho como si bebiera, pero no lo hace. Está jugando. Puede hacer lo mismo con su puño o sus dedos, lo cual es más como si, porque el pecho no está. En esos primeros momentos podemos decir que aún no distingue claramente entre él y su madre y la vive como parte de él en tanto esté presente cuando la necesite. Pero no siempre está presente. Esa ausencia, en tanto no sea excesiva, la usa el bebé para adquirir paulatinamente las nociones de tiempo (a través de la espera) y de espacio (a través de la separación).
Puede sentir así a la madre como alguien distinto de él. Pero a pesar de su utilidad, las ausencias de la madre no dejan de ser desagradables. Y allí aparece el jugar como amortiguador entre el deseo interno, imperioso, y la realidad externa que lo frustra. No está la madre pero hay algo que puede sustituirla, aún sabiendo que no es lo mismo: sus dedos, el chupete, el osito de peluche. A objetos con esta función les llamamos, con Winnicott, transicionales: ayudan a soportar la espera y la separación.

Y ya estamos en la segunda etapa. Pero estos objetos, los juguetes, que también son usados para actividades sensoriales y motoras, gradualmente van adquiriendo distinta significación en la actividad creadora del juego, como lo vimos en el ejemplo de la escoba. Ésta es usada para significar diversas cosas y, a través de ese proceso, el niño adquiere la capacidad de distinguir el objeto, o su sentimiento, de aquello que lo simboliza, lo que le permite usar plenamente el juego en el plano dramático de las relaciones y entrar así en el mundo de la palabra, lo simbólico por excelencia.

Así comienza, entrando en la tercera etapa, a comprender la existencia de los otros como semejantes a él. Ya no es cuestión de jugar con los demás como si fueran juguetes, sino de jugar junto a ellos, de crear juntos el juego.


3. VALOR PARA EL NIÑO




La función de amortiguación del juego entre el mundo interno y el externo, resume el valor que tiene para el niño pero podemos desglosarlo un poco más:
Como actividad estructurante: El niño estructura, a través de la actividad lúdica, su coordinación perceptivo-motriz así como las nociones de espacio y tiempo, como ya vimos. Jugando el niño aprende, se entrena, razona, construye. Pero estas importantísimas funciones no son privativas del juego sino que están incluidas en toda la actividad del niño.
Como actividad placentera: Nadie duda que jugando se obtiene placer. Y el placer es muy importante para el niño. Y para todos ... Pero ¿en qué consiste ese placer? No podemos decir• que sea exactamente un placer de los sentidos; o el placer de una tarea terminada; o el de lograr una victoria; o la alegría de quitarse un peso de encima. Sin embargo, todas estas satisfacciones participan, en cierto modo, en el jugar, pero estructuradas de forma muy particular, y a esa función de armado la llamaremos:
La actividad creativa del juego: Para ello, el niño toma el material, tanto de las experiencias vividas como de su mundo imaginario, y lo escenifica de mil modos mostrando cada vez nuevas facetas. Esta actividad creativa y re-creativa (valga el doble sentido de la palabra) es placentera de por sí y no sólo por las situaciones placenteras que evoque en su contenido.
Como elaboración de conflictos: Esta función es muy importante. Un conflicto es, dicho de modo simple, el choque entre dos término
                         - un deseo (o sea algo interior, consciente o no) y
                         - una prohibición (o limitación) a su satisfacción, que, en última instancia, siempre proviene del exterior.
Elaborarlo es pulir y armonizar en lo posible los dos términos para que el choque sea más tolerable.
La actividad del juego, colocada allí, a modo de amortiguador, como ya vimos, está en posición inmejorable para ayudar a la elaboración de los conflictos.


4. VALOR PARA EL TÉCNICO




A través de la OBSERVACIÓN del juego, tanto fuera como dentro de una entrevista diagnóstica, el técnico puede obtener valiosísima información sobre la estructura psicológica del niño. Así pueden observarse: rasgos de carácter, tipos de identificación sexual, pautas de conducta relacional, manifestación de emociones, expresión de conflictos.
Todos estos elementos sirven, como corte transversal para el diagnóstico de estructuras patológicas y para la evaluación del nivel de desarrollo psicológico alcanzado por el niño, así como para seguir su evolución.

Veamos ahora el valor del juego para la COMUNICACIÓN entre el terapeuta y su pequeño paciente. En la psicoterapia, que no trata de enseñar ni de imponer nada al niño, sino de ir descubriendo y elaborando junto a él sus conflictos, el mejor modo que tiene el niño pequeño para hacerse entender y entender es sin lugar a dudas el campo común de su jugar con el jugar del terapeuta.

Ambas fuentes, observación y psicoterapia, son fundamentales al aportar su material a la INVESTIGACIÓN.


5. ALTERACIONES




Si a través de lo dicho han podido captar qué es jugar, y por lo tanto, qué no lo es, podemos afirmar que el jugar en sí, cualquiera sea, no puede ser considerado nunca anormal. Claro que en el juego se expresa la patología del niño, como ya dijimos, pero la propia acción de jugar, la que se manifiesta allí, en la zona de transición, y respeta esos límites es siempre normal.
Lo anormal será entonces su ausencia o su interrupción a lo que llamaremos la INHIBICIÓN DEL JUGAR.
Podemos detectarla:
en el tiempo: se ve, por ejemplo, en los niños absortos en ensoñaciones o en aquéllos que no pueden desprenderse de la actividad de la madre;
en la variedad: los juegos son repetitivos, monótonos. El niño no usa todo el abanico de sus posibilidades lúdicas
en la completud: aparentemente juegan todo el tiempo y a veces a ritmo muy rápido, pero nunca terminan nada, nada los conforma, el juego está invadido por la ansiedad, por la agresividad, por la depresión u otras emociones que lo interrumpen de continuo;
en la integración grupal: el niño, o bien se aísla o bien se hace expulsar de los grupos por su conducta.
Estas formas de inhibición pueden darse aisladas o combinadas y su intensidad varía desde cierto grado normal hasta patologías muy acentuadas.


6. ACCIÓN AMBIENTAL




El niño juega espontáneamente pero también aprende a jugar. Con esto queremos decir que puede recibir la influencia ambiental en su actividad lúdica e incluso la necesita.
Cuando bebé necesita el estímulo de la madre, es decir, que lo acompañe y se armonice con él en el juego de ambos cuerpos y luego que vaya introduciendo los juguetes, de modo que sean aceptados y enriquezcan sus posibilidades. Más adelante necesita no sólo el estímulo sino también los límites a su actividad, lo que le ayudará a reconocer la realidad.
En el relato que los padres nos hacen sobre sus hijos podemos entonces detectar:
la falta de estímulos, que puede apreciarse en la indiferencia de muchos padres;
el. exceso de estimulación, que implica una invasión a la actividad del juego por una intervención adulta desmedida;
la falta de límites en padres excesivamente permisivos, que conduce a que el juego no permanezca en lo que es y derive en acciones destructivas o de otro tipo, que terminan por provocar la ansiedad o el desconcierto en el niño;
el exceso de límites, muy frecuente, que se ve en el control exagerado de los adultos, en la supresión directa del juego, o en su sustitución por otras actividades.
Cualquiera de estas acciones u omisiones constituye, en último término, un ataque al área del juego, área privilegiada que debería ser siempre celosamente cuidada.
Y aquí sí la intervención del pediatra puede muchas veces ser decisiva para orientar a los padres; especialmente respecto a sus hijos pequeños cuando todavía hay tiempo para corregir errores.