viernes, 5 de julio de 2013

S. FREUD Algunas lecciones elementales...



Algunas lecciones elementales sobre psicoanálisis. (1940 [1938])
«Some Elementary Lessons in Psycho-Analysis»

Nota introductoria

Cuando uno quiere exponer determinado ámbito del saber. -o, dicho en términos más modestos, de la investigación- para los profanos, es evidente que puede escoger entre dos métodos o técnicas. Uno sería partir de lo que todo el mundo sabe o cree saber y considera cosa evidente, sin contradecirlo en principio. Enseguida se hallará oportunidad de llamar la atención del profano sobre unos hechos de ese mismo ámbito, de los cuales él sin duda tiene noticia, pero que hasta entonces ha descuidado o no apreció lo suficiente. Y a continuación se puede familiarizarlo con otros hechos de los que él nada sabía, y así prepararlo para la necesidad objetiva de ir de más allá del juicio que hasta entonces tenía, buscar nuevos puntos vista y prestar oídos a nuevos supuestos explicativos. De esta manera, el otro participa en la edificación de una teoría nueva sobre el asunto y puede tramitar sus objeciones a ella ya en el curso del trabajo en común.

Una exposición así merece el nombre de genética: repite el camino recorrido antes por el propio investigador. No obstante sus ventajas, le es inherente el defecto de no hacer suficiente impresión sobre el aprendiz. Algo que él ha visto nacer y crecer en medio de dificultades no se le impondrá, ni con mucho, como algo que surja frente a él en forma acabada, en apariencia cerrado en sí mismo.

La otra explicación, que consigue precisamente esto último, es la dogmática; ella anticipa sus resultados, demanda atención y creencia para sus premisas, da pocas informaciones para su fundamentación. Es cierto que de ese modo se engendra el peligro de que un oyente crítico diga, sacudiendo la cabeza: « ¡Qué raro que suena todo esto! ¿Y de dónde lo sabrá nuestro hombre?».

En mi exposición no utilizaré ninguno de esos métodos, sino que seguiré ora uno, ora el otro. No me engaño acerca de la dificultad de mi tarea. El psicoanálisis tiene pocas perspectivas de ser bien visto o popular. Y no sólo porque muchos de sus contenidos afrentan los sentimientos de numerosas personas; casi igual efecto perturbador produce el hecho de incluir nuestra ciencia algunos supuestos -uno no sabe si contarlos entre los resultados de nuestro trabajo o entre sus premisas (ver nota)- que no pueden sino parecer en grado sumo ajenos al pensar ordinario de la multitud y contradicen de manera radical ciertas opiniones dominantes. No hay remedio: con la elucidación de dos de estos delicados supuestos tenemos que inaugurar la serie de nuestros breves estudios.

La naturaleza de lo psíquico

El psicoanálisis es una parte de la ciencia sobre el alma, de la psicología. También se lo llama «psicología de lo profundo»; luego averiguaremos la razón de ello. Si alguien preguntara qué es propiamente lo psíquico, fácil sería responderle remitiéndolo a sus contenidos. Nuestras percepciones, representaciones, recuerdos, sentimientos y actos de voluntad, todo esto pertenece a lo psíquico. Pero si esa inquisición prosiguiera, y ahora quisiera saber si todos esos procesos poseen un carácter común que nos permitiera asir de una manera más ceñida la naturaleza o, como también se dice, la esencia de lo psíquico, sería más difícil dar una respuesta.

Si se hubiera dirigido una pregunta análoga a un físico (p. ej., acerca de la esencia de la electricidad), su respuesta -hasta hace muy poco tiempo- habría sido: «Para explicar ciertos fenómenos suponemos unas fuerzas eléctricas que son inherentes a las cosas y parten de ellas, Estudiamos estos fenómenos, hallamos sus leyes y aun logramos aplicaciones prácticas. Provisionalmente nos basta. En cuanto a la esencia de la electricidad, no la conocemos; quizá más tarde, en el progreso de nuestro trabajo, habremos de averiguarla. Confesamos que nuestra ignorancia atañe, justamente, a lo más importante e interesante de todo el asunto, pero ello no nos turba por ahora, Nunca ha sido de otro modo en las ciencias naturales».

La psicología es también una ciencia natural. ¿Qué otra cosa puede ser? Pero su caso es de diverso orden. No cualquiera osa formular juicios sobre cosas físicas, pero todos -el filósofo tanto como el hombre de la calle- tienen su opinión sobre cuestiones psicológicas y se comportan como si fueran al menos unos psicólogos aficionados. Y aquí viene lo asombroso: que todos -o casi todos- están de acuerdo en que lo psíquico posee efectivamente un carácter común en que se expresa su esencia. Es el carácter único, indescriptible pero que tampoco ha menester de descripción alguna, de la condición de conciente. Se dice que todo lo conciente es psíquico, y también, a la inversa, que todo lo psíquico es conciente. Que sería algo evidente, y un disparate contradecirlo. Ahora bien, no puede aseverarse que con esta decisión se arroje mucha luz sobre la esencia de lo psíquico; en efecto, ante la condición de conciente, uno de los hechos fundamentales de nuestra vida, se detiene la investigación como frente a un muro. No halla camino alguno que lleve a otra parte. Y además, la equiparación de lo anímico con lo conciente producía la insatisfactoria consecuencia de desgarrar los procesos psíquicos del nexo del acontecer universal, y así contraponerlos, como algo ajeno, a todo lo otro. Pero esto no era aceptable, pues no se podía ignorar por largo tiempo que los fenómenos psíquicos dependen en alto grado de influjos corporales y a su vez ejercen los más intensos efectos sobre procesos somáticos. Si el pensar humano ha entrado alguna vez en un callejón sin salida, es este. Para hallar una salida, los filósofos debieron por lo menos adoptar el supuesto de que existían procesos orgánicos paralelos a los psíquicos concientes, ordenados con respecto a ellos de una manera difícil de explicar, que, según se suponía, mediaban la acción recíproca entre «cuerpo y alma» y reinsertaban lo psíquico dentro de la ensambladura de la vida. Pero esta solución seguía siendo insatisfactoria.

El psicoanálisis se sustrajo de estas dificultades contradiciendo con energía la igualación de lo psíquico con lo conciente. No; la condición de conciente no puede ser la esencia de lo psíquico, sólo es una cualidad suya, y por añadidura una cualidad inconstante, más a menudo ausente que presente. Lo psíquico en sí, cualquiera que sea su naturaleza, es inconciente, probablemente del mismo modo que todos los otros procesos de la naturaleza de los cuales hemos tomado noticia.

Para fundar su enunciado, el psicoanálisis invoca una serie de hechos, de los cuales se ofrece una selección en lo que sigue.

Se conocen las llamadas «ocurrencias», unos pensamientos que afloran a la conciencia de pronto y ya acabados, sin que uno tenga noticia de sus preparativos, pero que, no obstante, tienen que haber sido actos psíquicos, Así es; puede acontecer que de esa manera uno reciba la solución de un difícil problema intelectual, sobre el cual un rato antes se devanaba los sesos en vano. Habían escapado de la conciencia todos los complicados procesos de selección, desestimación y decisión, que llenaron el intervalo. No creamos ninguna teoría nueva si decimos que han sido inconcientes, y acaso lo siguieron siendo.

En segundo lugar, he escogido, de un grupo enormemente grande de fenómenos, un ejemplo destinado a subrogarnos todos los demás (ver nota). El presidente de un cuerpo colegiado (la Cámara de Diputados de Austria) abrió cierta vez las sesiones con las siguientes palabras: «Compruebo la presencia en el recinto de un número suficiente de señores diputados, y por tanto declaro cerrada la sesión». Fue un caso de desliz en el habla; no hay duda de que el presidente quiso decir: «la declaro abierta». Entonces, ¿por qué dijo lo contrario? Uno está preparado a oír esta respuesta: Fue un error casual, un yerro de la intención, como es tan fácil que suceda bajo toda clase de influjos; no tiene por qué significar nada, y además es muy sencillo que los contrarios, justamente, se permuten entre sí. No obstante, si uno examina la situación en la cual ocurrió el desliz en el habla, se inclinará a preferir otra concepción. Muchas sesiones anteriores de la Cámara habían trascurrido en medio de unas tormentas poco edificantes e infructuosas; era asaz comprensible que el presidente pensara, pues, en el momento de la apertura: «Ojalá la sesión que debe empezar ahora ya hubiera pasado. Antes preferiría cerrarla que abrirla». Cuando comenzó a hablar, es probable que este deseo no le fuera presente, conciente, pero sin duda había estado presente y consiguió abrirse paso, contra el propósito del hablante, en su aparente error. En esta oscilación nuestra, entre dos explicaciones tan diversas, difícilmente pueda decidir un caso aislado. Pero, ¿y si todos los otros casos de desliz en el habla admitieran un mismo esclarecimiento, como así también los parecidos errores en la escritura, la lectura, la audición y el trastrocar las cosas confundido? ¿Y si en todos estos casos -en verdad, sin excepción- se pudiera rastrear un acto psíquico, un pensamiento, un deseo, un propósito, capaz de justificar el supuesto error, y este fuera inconciente en el momento en que exteriorizó su efecto, aunque hubiera podido ser conciente antes? Entonces, en realidad, ya no se podría cuestionar que existen actos psíquicos que son inconcientes, más aún, que pueden devenir activos en el intervalo en que son inconcientes, y en ese intervalo son aun capaces de vencer a unos propósitos concientes. El individuo mismo se puede comportar de diversos modos ante semejante operación fallida. Puede ignorarla por completo, o reparar él mismo en ella; quedar turbado, avergonzarse de ella. Pero, en general, no es capaz de hallar por sí mismo la explicación del error; para ello ha menester de una ayuda, y a menudo se revuelve, al menos por un rato, contra la solución que se le comunica.

Y en tercer lugar: en personas hipnotizadas se puede demostrar experimentalmente que existen actos psíquicos inconcientes, y que la condición de conciente no es indispensable para la actividad [psíquica]. Quien haya asistido a un experimento tal habrá recibido una impresión inolvidable y adquirido una inconmovible convicción. Sucede más o menos así: El médico entra en la habitación de los enfermos en el hospital, deja su paraguas en un rincón, pone en estado de hipnosis a uno de los pacientes, y le dice: «Ahora yo me retiro; cuando regrese, usted me saldrá al encuentro con el paraguas abierto, y lo sostendrá sobre mi cabeza». Tras ello, médico y acompañante abandonan la habitación. Tan pronto regresan, el enfermo ahora despierto realiza justamente aquello que se le ordenó en la hipnosis. El médico le increpa: «¿Pero qué hace usted?. ¿Qué sentido tiene esto?». El paciente queda evidentemente turbado, balbucea algo así como: «Sólo pensé, doctor, que llovía afuera, y entonces usted abriría el paraguas antes de salir de la habitación». Un subterfugio a todas luces insuficiente, inventado en el momento para motivar de algún modo su comportamiento sin sentido. Pero para los espectadores es claro que él no tiene noticia de su motivo real y efectivo. Nosotros lo conocemos, pues estábamos presentes cuando éI recibió la sugestión que ahora ha obedecido, si bien nada sabe de su existencia dentro de él (er nota).

Ahora consideramos tramitada la pregunta por la relación de lo conciente con lo psíquico: la conciencia es sólo una cualidad (propiedad) -inconstante, por lo demás- de lo psíquico. Todavía tenemos que defendernos de una objeción. Ella nos dice que, a pesar de los hechos mencionados, no es necesario resignar la identidad de lo conciente con lo psíquico. Y que los llamados procesos psíquicos inconcientes serían, justamente, los procesos orgánicos paralelos de lo anímico, hace mucho admitidos. Es verdad que esto reduciría nuestro problema a una cuestión de definición en apariencia indiferente. He aquí nuestra respuesta: Sería injustificado, y muy inadecuado, destruir la unidad de la vida anímica en aras de una definición, cuando nosotros vemos, al contrario, que la conciencia sólo puede brindarnos unas series incompletas y lagunosas de fenómenos. Y, por otra parte, difícilmente se deba al azar que sólo tras el cambio en la definición de lo psíquico se volviera posible crear una teoría abarcadora y coherente de la vida anímica.

No es lícito creer, además, que esta otra concepción de lo psíquico sea una innovación debida al psicoanálisis. Un filósofo alemán, Theodor Lipps, ha proclamado de manera tajante que lo psíquico es en sí inconciente, que lo inconciente es lo psíquico genuino. Hacía mucho tiempo que el concepto de lo inconciente golpeaba a las puertas de la psicología para ser admitido. Filosofía y literatura jugaron con él harto a menudo, pero la ciencia no sabía emplearlo. El psicoanálisis se ha apoderado de este concepto, lo ha tomado en serio, lo ha llenado con un contenido nuevo. Sus investigaciones dieron noticia sobre unos caracteres hasta hoy insospechados de lo psíquico inconciente, descubrieron algunas de las leyes que lo gobiernan. Pero con todo ello no se dice que la cualidad de la condición de conciente haya perdido su significatividad para nosotros. Sigue siendo la única luz que nos alumbra y guía en la oscuridad de la vida anímica. A consecuencia de la naturaleza particular de nuestro discernimiento, nuestro trabajo científico en la psicología consistirá en traducir procesos inconcientes a procesos concientes, y de tal modo llenar las lagunas de la percepción conciente. (...)





S. FREUD 31ª conferencia

31ª conferencia. La descomposición de la personalidad psíquica

(Ver nota(43)

Señoras y señores: Sé que en sus vínculos con personas o cosas ustedes advierten la significación del punto de partida. Le ocurrió también al psicoanálisis: en modo alguno fue indiferente para su ulterior desarrollo, ni para la acogida que tuvo, iniciar su trabajo por el síntoma, lo más ajeno al yo que se encuentre en el interior del alma. El síntoma proviene de lo reprimido, es por así decir su subrogado ante el yo; ahora bien, lo reprimido es para el yo tierra extranjera, una tierra extranjera interior, así como la realidad -permítanme la expresión insólitaes tierra extranjera exterior. Desde el síntoma, el sendero llevó a lo inconciente, a la vida pulsional, a la sexualidad, y fue la época en que el psicoanálisis tuvo que oír las agudas objeciones de que el ser humano no es mera criatura sexual, conoce también mociones más nobles y elevadas. Habríase podido agregar que empinándose en la conciencia de esas mociones superiores se arroga hartas veces la facultad de pensar dislates y descuidar hechos. Ustedes tienen un mejor conocimiento; desde el comienzo mismo se sostuvo entre nosotros que el ser humano enferma a raíz del conflicto entre las exigencias de la vida pulsional y la resistencia que dentro de él se eleva contra ellas, y en ningún momento habíamos olvidado a esa instancia que resiste, rechaza, reprime, a la que imaginábamos dotada de sus fuerzas particulares, las pulsiones yoicas, y que coincidía justamente con el yo de la psicología popular. Sólo que en el arduo progresar del trabajo científ ico tampoco el psicoanálisis pudo estudiar todos los campos de manera simultánea ni pronunciarse de un solo aliento sobre todos los problemas. Al fin se hubo avanzado lo suficiente para apartar la atención de lo reprimido y dirigirla a lo represor; entonces nos enfrentamos a ese yo, que parecía ser tan evidente, con la expectativa cierta de hallar también ahí cosas para las cuales uno no podía estar preparado. Pero no fue fácil hallar un primer acceso. Sobre esto quiero informarles hoy. Debo, sin embargo, formular mi conjetura de que esta exposición mía de la psicología del yo les producirá un efecto diverso que su antecesora, la introducción en el mundo psíquico subterráneo. No sé con certeza por qué habría de ser así. En primer lugar, hallarán, creo, que antes les informé sobre todo acerca de hechos, si bien ajenos y raros, mientras que esta vez escucharán principalmente concepciones, o sea especulaciones. Pero esto no da en el blanco; considerándolo mejor, debo afirmar que la parte del procesamiento conceptual del material de hechos no es mucho mayor en nuestra psicología del yo de lo que fue en la psicología de las neurosis. También me vi forzado a desestimar otros fundamentos posibles de mi expectativa; ahora creo que ello se debe de algún modo al carácter del material mismo y a nuestra falta de costumbre de tratar con él. Comoquiera que fuese, no me asombrará que se muestren ustedes en su juicio todavía más reservados y prudentes que hasta el momento.


La situación en que nos hallamos al comienzo de nuestra indagación debe enseñarnos por sí misma el camino. Queremos tomar como asunto de ella al yo, a nuestro yo más propio. Pero, ¿es posible hacerlo? El yo es por cierto el sujeto más genuino: ¿cómo podría devenir objeto? Ahora bien, sin duda ello es posible. El yo puede tomarse a sí mismo por objeto, tratarse como a los otros objetos, observarse, criticarse, y Dios sabe cuántas otras cosas podrá emprender consigo mismo. Para ello, una parte del yo se contrapone al resto. El yo es entonces escindible, se escinde en el curso de muchas de sus funciones, al menos provisionalmente. Los fragmentos parcelados pueden reunificarse luego. Esto no es ninguna novedad, acaso no es sino una desacostumbrada insistencia en cosas consabidas. Por otra parte, estamos familiarizados con la concepción de que la patología, mediante sus aumentos y engrosamientos, puede llamarnos la atención sobre constelaciones normales que de otro modo se nos escaparían. Toda vez que nos muestra una ruptura o desgarradura, es posible que normalmente preexistiera una articulación. Si arrojamos un cristal al suelo se hace añicos, pero no caprichosamente, sino que se fragmenta siguiendo líneas de escisión cuyo deslinde, aunque invisible, estaba comandado ya por la estructura del cristal. Unas tales estructuras desgarradas y hechas añicos son también los enfermos mentales. Tampoco nosotros podemos denegarles algo del horror reverencial que los pueblos antiguos testimoniaban a los locos. Ellos se han extrañado de la realidad exterior, pero justamente por eso saben más de la realidad interior, psíquica, y pueden revelarnos muchas cosas que de otra manera nos resultarían inaccesibles. De un grupo de estos enfermos decimos que padecen el delirio de ser observados. Se nos quejan de que sin cesar, y hasta en su obrar más íntimo, son fastidiados por la observación de unos poderes desconocidos, aunque probablemente se trata de personas; y por vía alucinatoria oyen cómo esas personas anuncian los resultados de su observación: «Ahora va a decir eso, se viste para salir, etc.». Esa observación no es por cierto idéntica a una persecución, pero no está muy lejos de esta; presupone que se desconfía de ellos, que se espera sorprenderlos en acciones prohibidas por las que deben ser castigados. ¿Qué tal si estos locos tuvieran razón, si en todos nosotros estuviera presente dentro del yo una instancia así, que observa y amenaza con castigos, con la sola diferencia de que en ellos se habría separado más tajantemente del yo y desplazado de manera errónea a la realidad exterior? No sé si a ustedes les pasa lo mismo que a mí. Después que bajo la fuerte impresión de este cuadro patológico hube concebido la idea de que la separación de una instancia observadora del resto del yo podía ser un rasgo regular dentro de la estructura del yo, esa idea no me abandonó más, y me vi empujado a investigar los otros caracteres y nexos de la instancia así separada. Enseguida se da el paso siguiente. Ya el contenido del delirio de observación sugiere que el observar no es sino una preparación del enjuiciar y castigar, y así colegimos que otra función de esa instancia tiene que ser lo que llamamos nuestra conciencia moral. No parece que dentro de nosotros haya algo que separemos de nuestro yo de manera tan regular y lo contrapongamos a él tan fácilmente como lo hacemos con nuestra conciencia moral. Siento la inclinación de hacer algo que me promete un placer, pero lo omito con el fundamento de que mi conciencia moral no lo permite. 0 bien la hipertrófica expectativa de placer me movió a hacer algo contra lo cual elevó su veto la voz de la conciencia moral, y tras el acto ella me castiga con penosos reproches, me hace sentir el arrepentimiento por él. Podría decir simplemente que la instancia particular que empiezo a distinguir dentro del yo es la conciencia moral, pero es más prudente considerar autónoma esa instancia, una de cuyas funciones sería la conciencia moral y otra la observación de sí, indispensable como premisa de la actividad enjuiciadora de la conciencia moral. Y como cumple al reconocimiento de una existencia separada dar a la cosa un nombre propio, designaré en lo sucesivo «superyó» a esa instancia situada en el interior del yo. Ahora estoy preparado para que me pregunten irónicamente si nuestra psicología del yo se limita a tomar al pie de la letra abstracciones en uso y engrosarlas, mudarlas de conceptos en cosas, con lo cual no se ganaría mucho. Respondo que en la psicología del yo será difícil evitar lo consabido; se tratará más de concepciones y ordenamientos novedosos que de nuevos descubrimientos. Quédense por ahora con su crítica desvalorizadora, y esperen los próximos desarrollos. Los hechos de la patología proporcionan a nuestros empeños un cañamazo que en vano buscarían ustedes en la psicología popular. Prosigo, pues. No bien nos hemos familiarizado con la idea de un superyó así concebido, que goza de cierta autonomía, persigue sus propios propósitos y es independiente del yo en cuanto a su patrimonio energético, se nos impone un cuadro patológico que ilustra de manera patente la severidad, hasta la crueldad, de esa instancia, así como las mudanzas de su vínculo con el yo. Me refiero al estado de la melancolía(44) más precisamente del ataque melancólico, del cual ustedes sin duda habrán oído bastante aunque no sean psiquiatras. El rasgo más llamativo de esta enfermedad, acerca de cuya causación y mecanismo sabemos muy poco, es el modo en que el superyó -digan ustedes sólo para sí: la conciencia moral- trata al yo. Mientras que en sus períodos sanos el melancólico puede ser más o menos severo consigo mismo, como cualquier otra persona, en el ataque melancólico el superyó se vuelve hipersevero, insulta, denigra, maltrata al pobre yo, le hace esperar los más graves castigos, lo reprocha por acciones de un lejano pasado que en su tiempo se tomaron a la ligera, como si durante todo ese intervalo se hubiera dedicado a reunir acusaciones y sólo aguardara su actual fortalecimiento para presentarse con ellas y sobre esa base formular una condena. El superyó aplica el más severo patrón moral al yo que se le ha entregado inerme, y hasta subroga la exigencia de la moralidad en general; así, aprehendemos con una mirada que nuestro sentimiento de culpa moral expresa la tensión entre el yo y el superyó. Es una experiencia muy asombrosa ver como un fenómeno periódico [en dichos pacientes] a esa moralidad que supuestamente nos ha sido otorgada e implantada tan hondo por Dios. En efecto, trascurrido cierto número de meses el alboroto moral pasa, la crítica del superyó calla, el yo es rehabilitado y vuelve a gozar de todos los derechos humanos hasta ¿I próximo ataque. Y aun en muchas formas de la enfermedad se produce en los períodos intermedios algo contrario; el yo se encuentra en un estado de embriaguez beatífica, triunfa como si el superyó hubiera perdido toda fuerza o hubiera confluido con el yo, y este yo liberado, maníaco, se permite de hecho, desinhibidamente, la satisfacción de todas sus concupiscencias. He ahí unos procesos que rebosan de enigmas irresueltos. Esperarán ustedes, por cierto, algo más que una mera ilustración si les anuncio que hemos aprendido muchas cosas acerca de la formación del superyó, o sea, sobre la génesis de la conciencia moral. Apoyándose en una famosa sentencia de Kant, que pone en relación la conciencia moral en nosotros con el cielo estrellado (ver nota(45)), una persona piadosa muy bien podría sentir la tentación de venerar a ambos como las piezas maestras de la Creación. Las estrellas son sin duda algo grandioso, pero por lo que atañe a la conciencia moral, Dios ha realizado un trabajo desigual y negligente, pues una gran mayoría de los seres humanos no la han recibido sino en escasa medida, o no en la suficiente para que valga la pena hablar de ella. En modo alguno desconocemos la parte de verdad psicológica contenida en la afirmación de que la conciencia moral es de origen divino, pero la tesis requiere interpretación. Si la conciencia moral es sin duda algo «en nosotros», no lo es desde el comienzo. Es en esto un opuesto de la vida sexual, que efectivamente está ahí desde el comienzo de la vida y no viene a agregarse sólo más tarde. Pero el niño pequeño es notoriamente amoral, no posee inhibiciones internas contra sus impulsos que quieren alcanzar placer. El papel que luego adopta el superyó es desempeñado primero por un poder externo, la autoridad parental. El influjo de los progenitores rige al niño otorgándole pruebas de amor y amenazándolo con castigos que atestiguan la pérdida de ese amor y no pueden menos que temerse por sí mismos. Esta angustia realista es la precursora de la posterior angustia moral(46); mientras gobierna, no hace falta hablar de superyó ni de conciencia moral. Sólo más tarde se forma la situación secundaria que estamos demasiado inclinados a considerar la normal: en el lugar de la instancia parental aparece el superyó que ahora observa al yo, lo guía y lo amenaza, exactamente como antes lo hicieron los padres con el niño. Ahora bien, el superyó, que de ese modo toma sobre sí el poder, la operación y hasta los métodos de la instancia parental, no es sólo el sucesor de ella, sino de hecho su legítimo heredero. Proviene de ella en línea directa; pronto averiguaremos mediante qué proceso. Pero antes debemos considerar una discordancia entre ambos. El superyó, en una elección unilateral, parece haber tomado sólo el rigor y la severidad de los padres, su función prohibidora y punitoria, en tanto que su amorosa tutela no encuentra recepción ni continuación algunas. Si los padres ejercieron de hecho un severo gobierno, creemos lógico hallar que también en el niño se ha desarrollado un superyó severo, pero la experiencia enseña, contra nuestra expectativa, que el superyó puede adquirir ese mismo carácter de rigor despiadado aunque la educación fuera indulgente y benévola, y evitara en lo posible amenazas y castigos. Volveremos sobre esta contradicción más adelante, cuando tratemos acerca de las trasposiciones pulsionales en la formación del superyó. En cuanto a la trasmudación del vínculo parental en el superyó no puedo decirles tanto como me gustaría, en parte porque ese proceso es tan enmarañado que su exposición no cabe en los marcos de una introducción como esta que pretendo ofrecerles, y en parte porque nosotros mismos no creemos haberlo penetrado por completo. Confórmense entonces con las siguientes indicaciones. La base de este proceso es lo que se llama una «identificación», o sea una asimilación de un yo a un yo ajeno, a consecuencia de la cual ese primer yo se comporta en ciertos aspectos como el otro, lo imita, por así decir lo acoge dentro de sí. Se ha comparado la identificación, y no es desatino, con la incorporación oral, canibálica, de la persona ajena. La identificación es una forma muy importante de la ligazón con el prójimo, probablemente la más originaria; no es lo mismo que una elección de objeto. Podemos expresar la diferencia más o menos así: cuando el varoncito se ha identificado con el padre, quiere ser como el padre; cuando lo ha hecho objeto de su elección, quiere tenerlo, poseerlo. En el primer caso su yo se alterará siguiendo el arquetipo del padre; en el segundo, ello no es necesario. Identificación y elección de objeto son en vasta medida independientes entre sí; empero, uno puede identificarse con la misma persona a quien se tomó, por ejemplo, como objeto sexual, alterar su yo de acuerdo con ella. Suele decirse que el influjo del objeto sexual sobre el yo se produce con particular frecuencia en las mujeres y es característico de la feminidad. En cuanto al que es con mucho el más instructivo de los nexos entre identificación y elección de objeto, ya tengo que haberles hablado en las anteriores conferencias. Es que se lo observa con harta facilidad así en niños como en adultos, en personas normales como en enfermas. Si uno ha perdido un objeto o se ve precisado a resignarlo, es muy común que uno se resarza identificándose con él, erigiéndolo de nuevo dentro de su yo, de suerte que aquí la elección de objeto regresa, por así decir, a la identificación (ver nota(47)). Ni yo mismo estoy del todo satisfecho con estas puntualizaciones acerca de la identificación, pero basta con que les parezca posible concederme que la institución del superyó se describa como un caso logrado de identificación con la instancia parental. Ahora bien, el hecho decisivo en favor de esta concepción es que esa creación nueva de una instancia superior dentro del yo se enlaza de la manera más íntima con el destino del complejo de Edipo, de modo que el superyó aparece como el heredero de esta ligazón de sentimientos tan sustantiva para la infancia. Lo comprendemos: con la liquidación {Auflassen} del complejo de Edipo el niño se vio precisado a renunciar también a las intensas investiduras de objeto que había depositado en los progenitores, y como resarcimiento por esta pérdida de objeto se refuerzan muchísimo dentro de su yo las identificaciones con los progenitores que, probablemente, estuvieron presentes desde mucho tiempo atrás. Tales identificaciones, en su condición de precipitados de investiduras de objeto resignadas, se repetirán luego con mucha frecuencia en la vida del niño; pero responde por entero al valor de sentimiento de ese primer caso de una tal trasposición que su resultado llegue a ocupar una posición especial dentro del yo. Una indagación más honda nos enseña también que el superyó resulta mutilado en su fuerza y configuración cuando el complejo de Edipo se ha superado sólo de manera imperfecta. En el curso del desarrollo, el superyó cobra, además, los influjos de aquellas personas que han pasado a ocupar el lugar de los padres, vale decir, educadores, maestros, arquetipos ideales. Lo normal es que se distancie cada vez más de los individuos parentales originarios, que se vuelva por así decir más y más impersonal. No olvidemos tampoco que el niño aprecia a sus padres de manera diferente en diversos períodos de su vida. En la época en que el complejo de Edipo deja el sitio al superyó, ellos son algo enteramente grandioso; más tarde menguan mucho. También con estos padres posteriores se producen después identificaciones, pero lo común es que ellas brinden importantes contribuciones a la formación del carácter; en tal caso, afectan sólo al yo, y no influyen más sobre el superyó, que ha sido comandado por las primerísimas imagos parentales (ver nota(48)). Espero ya tengan la impresión de que nuestra postulación del superyó describe real y efectivamente una constelación estructural, y no se limita a personificar una abstracción como la de la conciencia moral. Mencionaremos todavía una importante función que adjudicamos a ese superyó. Es también el portador del ideal del yo con el que el yo se mide, al que aspira a alcanzar y cuya exigencia de una perfección cada vez más vasta se empeña en cumplir. No hay duda de que ese ideal del yo es el precipitado de la vieja representación de los progenitores, expresa la admiración por aquella perfección que el niño les atribuía en ese tiempo (ver nota(49)). Sé que han oído hablar mucho del sentimiento de inferioridad que distinguiría justamente a los neuróticos. Se hace bulla con él sobre todo en las llamadas «bellas letras». Un escritor que usa el término «complejo de inferioridad» cree haber satisfecho todos los requerimientos del psicoanálisis y elevado su exposición a un nivel psicológico superior. En realidad, la artificiosa expresión «complejo de inferioridad» apenas si se usa en el psicoanálisis. Para nosotros no significa algo simple, y menos aún algo elemental. Reconducirla a la autopercepción de cualesquiera mutilaciones de órgano, como gusta hacerlo la escuela de la llamada «psicología individual», nos parece un miope error (ver nota(50)). El sentimiento de inferioridad tiene fuertes raíces eróticas. El niño se siente inferior cuando nota que no es amado, y lo mismo le sucede al adulto. El único órgano considerado de hecho inferior es el pene atrofiado, el clítoris de la niña (ver nota(51)). Pero lo principal del sentimiento de inferioridad proviene del vínculo del yo con su superyó y, lo mismo que el sentimiento de culpa, expresa la tensión entre ambos. En general, es difícil distinguir entre sentimiento de inferioridad y sentimiento de culpa, Acaso se haría bien en ver en el primero el complemento erótico del sentimiento de inferioridad moral. En el psicoanálisis hemos prestado poca atención a este problema de deslinde conceptual. Justamente por la gran popularidad que ha alcanzado el complejo de inferioridad me permito entretenerlos aquí con una breve digresión. Una personalidad histórica de nuestro tiempo, que aún vive, pero en la actualidad se ha retirado a un segundo plano, conserva cierta atrofia en un miembro por una lesión que sufrió durante su nacimiento. Un escritor muy famoso de nuestros días, que se ha consagrado a las biografías de personas sobresalientes, trató también la vida de este hombre que acabo de mencionar(52). Ahora bien, parece sin duda difícil sofocar la necesidad de ahondamiento psicológico cuando se escribe una biografía. Por eso nuestro autor se aventuró a edificar todo el desarrollo de carácter de su héroe sobre el sentimiento de inferioridad que su defecto físico no habría podido menos que provocarle. Al hacerlo pasó por alto un hecho pequeño, pero no carente de importancia. Lo común es que la madre a quien el destino ha deparado un hijo enfermo o con alguna otra tacha busque resarcirlo de esa injusta desventaja mediante un exceso de amor. En el caso en cuestión la orgullosa madre se comportó de otro modo: privó de su amor al hijo debido a su deformidad. Cuando el niño se convirtió en un hombre de gran poder, probó de manera inequívoca con sus acciones que nunca había perdonado a su madre. Si ustedes se percatan del valor del amor materno para la vida anímica del niño, corregirán sin duda mentalmente la teoría de la inferioridad, sustentada por el biógrafo. Volvamos al superyó. Le hemos adjudicado la observación de sí, la conciencia moral y la función de ideal. De nuestras puntualizaciones sobre su génesis se desprende que tiene por premisas un hecho biológico de importancia sin igual y un hecho psicológico ineluctable: la prolongada dependencia de la criatura humana de sus progenitores, y el complejo de Edipo; a su vez, ambos hechos se enlazan estrechamente entre sí. El superyó es para nosotros la subrogación de todas las limitaciones morales, el abogado del afán de perfección; en suma, lo que se nos ha vuelto psicológicamente palpable de lo que se llama lo superior en la vida humana. Como él mismo se remonta al influjo de los padres, educadores y similares, averiguaremos algo más todavía acerca de su significado si nos volvemos a estas fuentes suyas. Por regla general, los padres y las autoridades análogas a ellos obedecen en la educación del niño a los preceptos de su propio superyó. No importa cómo se haya arreglado en ellos su yo con su superyó; en la educación del niño se muestran rigurosos y exigentes. Han olvidado las dificultades de su propia infancia, están contentos de poder identificarse ahora plenamente con sus propios padres, que en su tiempo les impusieron a ellos mismos esas gravosas limitaciones. Así, el superyó del niño no se edifica en verdad según el modelo de sus progenitores, sino según el superyó de ellos; se llena con el mismo contenido, deviene portador de la tradición, de todas las valoraciones perdurables que se han reproducido por este camino a lo largo de las generaciones. Entrevén ustedes qué importante ayuda para comprender la conducta social de los seres humanos (p. ej., la de la juventud desamparada), y acaso indicaciones prácticas para la educación, se obtienen de la consideración del superyó. Es probable que las concepciones de la historia llamadas materialistas pequen por subestimar este factor. Lo despachan señalando que las «ideologías» de los hombres no son más que un resultado y una superestructura de sus relaciones económicas actuales. Eso es verdad, pero muy probablemente no sea toda la verdad. La humanidad nunca vive por completo en el presente; en las ideologías del superyó perviven el pasado, la tradición de la raza y del pueblo, que sólo poco a poco ceden a los influjos del presente, a los nuevos cambios; y en tanto ese pasado opera a través del superyó, desempeña en la vida humana un papel poderoso, independiente de las relaciones económicas. En 1921 intenté aplicar la diferenciación entre yo y superyó al estudio de la psicología de las masas. Llegué a una fórmula como esta: Una masa psicológica es una reunión de individuos que han introducido en su superyó la misma persona y se han identificado entre sí en su yo sobre la base de esa relación de comunidad (ver nota(53)). Desde luego, esa fórmula es válida solamente para masas que tienen un conductor. Si poseyéramos más aplicaciones de esta clase, el supuesto del superyó perdería para nosotros su último resto de extrañeza y nos emanciparíamos por completo de la estrechez que nos aqueja todavía cuando, habituados a la atmósfera del mundo subterráneo, nos movemos en los estratos más superficiales, superiores, del aparato anímico. Desde luego, no creemos que con la separación del superyó hayamos dicho la última palabra sobre la psicología del yo. Es más bien un comienzo, pero en este caso no es sólo el comienzo el que cuesta. Ahora nos aguarda otra tarea, por así decir en el extremo contrapuesto del yo. La suscita una observación realizada en el curso del trabajo analítico, una observación que en verdad es muy antigua. Como ya ha ocurrido tantas veces, debió pasar mucho tiempo hasta que uno se decidiera a apreciar su valor. Ustedes saben que en realidad toda la teoría psicoanalítica está edificada sobre la percepción de la resistencia que nos ofrece el paciente cuando intentamos hacerle conciente su inconciente. El signo objetivo de la resistencia es que sus ocurrencias se le deniegan o se distancian mucho del tema tratado. El mismo puede discernir la resistencia también subjetivamente si registra sensaciones penosas cuando se aproxima al tema. Pero este último signo puede faltar. Entonces decimos al paciente que, según inferimos de su conducta, se encuentra ahora en estado de resistencia, y él responde que no sabe nada de ella, sólo nota la traba de las ocurrencias. Se demuestra que nosotros teníamos razón, pero, entonces, su resistencia era también inconciente, tan inconciente como lo reprimido en cuyo levantamiento trabajamos. Hace tiempo que se habría debido plantear esta pregunta: ¿De qué parte de su vida anímica procede esa resistencia inconciente? El principiante en el psicoanálisis responderá con ligereza: es justamente la resistencia de lo inconciente. ¡Respuesta ambigua e inutilizable! Si lo que se quiere indicar es que procede de lo reprimido, tenemos que decir: sin duda que no. A lo reprimido tenemos que atribuirle más bien una intensa pulsión aflorante, un esfuerzo por penetrar en la conciencia. La resistencia sólo puede ser una exteriorización del yo que en su tiempo llevó a cabo la represión y ahora quiere mantenerla. Desde siempre lo hemos concebido así. Puesto que suponemos en el yo una instancia particular que subroga los reclamos de limitación y rechazo, el superyó, podemos afirmar que la represión es la obra de ese superyó, él mismo la lleva a cabo, o lo hace por encargo suyo el yo que le obedece. Entonces, si se d el caso de que en el análisis al paciente no le deviene conciente la a resistencia, ello significa o bien que el superyó y el yo pueden trabajar de manera inconciente en situaciones importantísimas, o bien -lo cual sería aún más sustantivo- que sectores de ambos, del yo y el superyó mismos, son inconcientes. Pero en cualquiera de esos dos casos tenemos que darnos por enterados de la desagradable intelección de que (super) yo y conciente, por un lado, y reprimido e inconciente, por el otro, en manera alguna coinciden. Señoras y señores: Siento la necesidad de tomar aliento, de hacer una pausa que también ustedes considerarán bienvenida, y disculparme antes de proseguir. Quiero proporcionarles complementos de una introducción al psicoanálisis que inicié hace más de quince años, y tengo que comportarme como si en ese intervalo ustedes tampoco hubieran cultivado otra cosa que psicoanálisis. Sé que es una presunción inaudita, pero me encuentro inerme, no puedo obrar de otro modo. Sin duda se debe a la grandísima dificultad de proporcionar una visión del psicoanálisis a quien no es psicoanalista. Créanme que no nos gusta aparecer como vinos sectarios que cultiváramos una ciencia secreta. No obstante, debimos advertir y proclamar como una convicción nuestra que nadie tiene el derecho a pronunciarse sobre el psicoanálisis si no ha adquirido determinadas experiencias que sólo pueden conseguirse sometiéndose uno mismo a un análisis. Cuando quince años atrás les dicté mis conferencias, procuré ahorrarles ciertos fragmentos especulativos de nuestras teorías, pero justamente a ellos se anudan las adquisiciones nuevas de que debo hablarles hoy. Regreso al tema. En la duda sobre si el yo y el superyó mismos pueden ser inconcientes o sólo despliegan efectos inconcientes, tenernos buenas razones para decidirnos en favor de la primera posibilidad. Sí; grandes sectores del yo y del superyó pueden permanecer inconcientes, son normalmente inconcientes. Esto significa que la persona no sabe nada de sus contenidos y le hace falta cierto gasto de labor para hacerlos concientes. Es correcto que no coinciden yo y conciente, por un lado, y reprimido e inconciente, por el otro. Sentimos la necesidad de revisar radicalmente nuestra actitud frente al problema de conciente-inconciente. Nuestra primera inclinación es depreciar en mucho el valor del criterio de la condición de conciente, puesto que ha demostrado ser muy poco confiable. Pero nos equivocaríamos. Ocurre como con nuestra vida; no vale mucho, pero es todo lo que tenemos. Sin la antorcha de la cualidad «conciencia» nos perderíamos en la oscuridad de la psicología de lo profundo; pero tenemos derecho a ensayar una nueva orientación. No nos hace falta elucidar lo que debe llamarse conciente, pues está a salvo de cualquier duda. El más antiguo y mejor significado de la palabra «inconciente» es el descriptivo; llamamos inconciente a un proceso psíquico cuya existencia nos vemos precisados a suponer, acaso porque lo deducimos a partir de sus efectos, y del cual, empero, no sabemos nada. Por tanto, nos referimos a él del mismo modo que si se tratara de un proceso psíquico de otro ser humano, salvo que es nuestro. Si queremos expresarnos de manera más correcta aún, modificaremos así el enunciado: llamamos inconciente a un proceso cuando nos vemos precisados a suponer que está activado por el momento, aunque por el momento no sepamos nada de él. Esta limitación nos lleva a pensar que la mayoría de los procesos concientes lo son sólo por breve lapso; pronto devienen latentes, pero pueden con facilidad devenir de nuevo concientes. También podríamos decir que devinieron inconcientes, siempre que estuviéramos seguros de que en el estado de latencia siguen siendo todavía algo psíquico. Hasta este punto no habríamos averiguado nada nuevo, y ni siquiera adquirido el derecho de introducir en la psicología el concepto de un inconciente. Pero entonces se suma la nueva experiencia que podemos hacer ya en las operaciones fallidas. Por ejemplo, para explicar un desliz en el habla nos vemos obligados a suponer que en la persona en cuestión se había formado un propósito determinado de decir algo. Lo colegimos con certeza a partir de la perturbación sobrevenida en el dicho, pero ese propósito no se había impuesto; por tanto, era inconciente. Si con posterioridad se lo presentamos al hablante, puede reconocerlo como uno que le es familiar, en cuyo caso fue inconciente sólo de manera temporaria; o puede desmentirlo como algo ajeno a él, en cuyo caso era inconciente de manera duradera (ver nota(54)). De esa experiencia extraemos en sentido retrocedente el derecho de declarar inconciente también lo designado como latente. Y si ahora tomamos en cuenta estas constelaciones dinámicas, podemos distinguir dos clases de inconciente: una que con facilidad, en condiciones que se producen a menudo, se trasmuda en conciente, y otra en que esta trasposición es difícil, se produce sólo mediante un gasto considerable de labor, y aun es posible que no ocurra nunca. Para evitar la ambigüedad de saber si nos referimos a uno u otro inconciente, si usamos la palabra en el sentido descriptivo o en el dinámico, recurrimos a un expediente simple, permitido. Llamamos «preconciente» a lo inconciente que es sólo latente y deviene conciente con tanta facilidad, y reservamos la designación «inconciente» para lo otro. Ahora tenemos tres términos: conciente, preconciente e inconciente, con los cuales podemos desempeñarnos en la descripción de los fenómenos anímicos, Repitámoslo: desde el punto de vista puramente descriptivo, también lo preconciente es inconciente, pero no lo designamos así excepto en una exposición laxa o cuando nos proponemos defender la existencia misma de procesos inconcientes en la vida anímica. Espero me concederán que hasta aquí nada de eso es enojoso, y permite un cómodo manejo. Así es; pero, por desdicha, el trabajo psicoanalítico se ha visto esforzado a emplear la palabra «inconciente» aún en un tercer sentido, y es muy probable que esto haya suscitado confusión. Bajo la nueva y poderosa impresión de que un vasto e importante campo de la vida anímica se sustrae normalmente del conocimiento del yo, de suerte que los procesos que ahí ocurren tienen que reconocerse como inconcientes en el genuino sentido dinámico, hemos entendido el término «inconciente» también en un sentido tópico o sistemático, hablado de un sistema de lo preconciente y de lo inconciente, de un conflicto del yo con el sistema Ice, y dejado que la palabra cobrara cada vez más el significado de una provincia anímica, antes que el de una cualidad de lo anímico. El descubrimiento, en verdad incómodo, de que también sectores del yo y del superyó son inconcientes en el sentido dinámico produce aquí como un alivio, nos permite remover una complicación. Vemos que no tenemos ningún derecho a llamar «sistema Icc» al ámbito anímico ajeno al yo, pues la condición de inconciente no es un carácter exclusivamente suyo. Entonces, ya no usaremos más «inconciente» en el sentido sistemático y daremos un nombre mejor, libre de malentendidos, a lo que hasta ahora designábamos así. Apuntalándonos en el uso idiomático de Nietzsche, y siguiendo una incitación de Georg Groddeck [1923](55), en lo sucesivo lo llamaremos «el ello». Este pronombre impersonal parece particularmente adecuado para expresar el principal carácter de esta provincia anímica, su ajenidad respecto del yo. Superyó, yo y ello son ahora los tres reinos, ámbitos, provincias, en que descomponemos el aparato anímico de la persona, y de cuyas relaciones recíprocas nos ocuparemos en lo que sigue.(56) Antes de hacerlo, sólo una breve intercalación. Estarán ustedes descontentos por el hecho de que las tres cualidades de la condición de conciente, y las tres provincias del aparato anímico, no se hayan reunido en tres pacíficas parejas; sin duda verán en ello algo así como un  deslucimiento de nuestros resultados. Pero yo opino que no deberíamos lamentarlo, sino decirnos que no poseíamos ningún derecho a esperar un ordenamiento tan terso. Permítanme ofrecerles una comparación; es verdad que las comparaciones no demuestran nada, pero pueden hacer que uno se sienta más en su casa. Imagino un país con una variada configuración de su suelo: montes, llanuras y lagos, y con una población mixta, pues en él moran alemanes, magiaresy eslovacos, que además desarrollan actividades diversas. Entonces las cosas podrían distribuirse así: en la montaña viven los alemanes, criadores de ganado; en tierra llana, los magiares, que cultivan cereales y viñas; y en los lagos, los eslovacos pescan y trenzan junco. Si esta distribución fuera tersa y no contaminada, regocijaría a un Wilson(57); también sería muy cómoda para dictar las clases de geografía. Empero, lo probable es que si ustedes recorren la comarca hallen menos orden y más contaminación. Alemanes, magiares y eslovacos viven entreverados por doquier, en la montaña hay también agricultores y en la llanura se cría ganado. Desde luego, algo será como ustedes lo esperaban, pues en el monte no se puede pescar y en el agua no crece la vid. Sin duda, la imagen que tenían de la comarca puede ser la correcta a grandes rasgos; en el detalle, tendrán que admitir divergencias. No esperen que, acerca del ello, vaya a comunicarles mucho de nuevo excepto el nombre. Es la parte oscura, inaccesible, de nuestra personalidad; lo poco que sabemos de ella lo hemos averiguado mediante el estudio del trabajo del sueño y de la formación de síntomas neuróticos, y lo mejor tiene carácter negativo, sólo se puede describir por oposición respecto del yo. Nos aproximamos al ello con comparaciones, lo llamamos un caos, una caldera llena de excitaciones borboteantes. Imaginamos que en su extremo está abierto hacia lo somático, ahí acoge dentro de sí las necesidades pulsionales que en él hallan su expresión psíquica(58), pero no podemos decir en qué sustrato. Desde las pulsiones se llena con energía, pero no tiene ninguna organización, no concentra una voluntad global, sólo el afán de procurar satisfacción a las necesidades pulsionales con observancia del principio de placer. Las leyes del pensamiento, sobre todo el principio de contradicción, no rigen para los procesos del ello. Mociones opuestas coexisten unas junto a las otras sin cancelarse entre sí ni debitarse; a lo sumo entran en formaciones de compromiso bajo la compulsión económica dominante a la descarga de energía. En el ello no hay nada que pueda equipararse a la negación {Negation}, y aun se percibe con sorpresa la excepción al enunciado del filósofo según el cual espacio y tiempo son formas necesarias de nuestros actos anímicos (ver nota(59)). Dentro del ello no se encuentra nada que corresponda a la representación del tiempo, ningún reconocimiento de un decurso temporal y -lo que es asombroso en grado sumo y aguarda ser apreciado por el pensamiento filosófico- ninguna alteración del proceso anímico por el trascurso del tiempo (ver nota(60)). Mociones de deseo que nunca han salido del ello, pero también impresiones que fueron hundidas en el ello por vía de represión, son virtualmente inmortales, se comportan durante décadas como si fueran acontecimientos nuevos. Sólo es posible discernirlas como pasado, desvalorizarlas y quitarles su investidura energética cuando han devenido concientes por medio del trabajo analítico, y en eso estriba, no en escasa medida, el efecto terapéutico del tratamiento analítico. Sigo teniendo la impresión de que hemos sacado muy poco partido para nuestra teoría analítica de ese hecho, comprobado fuera de toda duda, de que el tiempo no altera lo reprimido. Y, en verdad, parece abrírsenos ahí un acceso hacia las intelecciones más profundas. Por desgracia, tampoco yo he avanzado gran cosa en esa dirección. Desde luego, el ello no conoce valoraciones, ni el bien ni el mal, ni moral alguna. El factor económico o, si ustedes quieren, cuantitativo, íntimamente enlazado con el principio de placer, gobierna todos los procesos. Investiduras pulsionales que piden descarga: creemos que eso es todo en el ello. Parece, es verdad, que la energía de esas mociones pulsionales se encuentra en otro estado que en los demás distritos anímicos, es movible y susceptible de descarga con ligereza mucho mayor (ver nota(61)), pues de lo contrario no se producirían esos desplazamientos y condensaciones que son característicos del ello y prescinden tan completamente de la cualidad de lo investido -en el yo lo llamaríamos una representación- ¡Qué daríamos por comprender mejor estas cosas! Además, ven ustedes que estamos en condiciones de indicar para el ello otras propiedades y no sólo la de ser inconciente, y disciernen la posibilidad de que partes del yo y del superyó sean inconcientes sin poseer los mismos caracteres primitivos e irracionales (ver nota(62)). El mejor modo de obtener una caracterización del yo como tal, en la medida en que se puede separarlo del ello y del superyó, es considerar su nexo con la más externa pieza de superficie del aparato anímico, que designamos como el sistema P-Cc {percepción-conciencia}. Este sistema está volcado al mundo exterior, medía las percepciones de este, y en el curso de su función nace dentro de él el fenómeno de la conciencia. Es el órgano sensorial de todo el aparato, receptivo además no sólo para excitaciones que vienen de afuera, sino para las que provienen del interior de la vida anímica. Apenas si necesita ser justificada la concepción según la cual el yo es aquella parte del ello que fue modificada por la proximidad y el influjo del mundo exterior, instituida para la recepción de estímulos y la protección frente a estos, comparable al estrato cortical con que se rodea una ampollita de sustancia viva. El vínculo con el mundo exterior se ha vuelto decisivo para el yo; ha tomado sobre sí la tarea de subrogarlo ante el ello y por la salud del ello, que, en su ciego afán de satisfacción pulsional sin consideración alguna por ese poder externo violentísimo, no escaparía al aniquilamiento. Para cumplir esta función, el yo tiene que observar el mundo exterior, precipitar una fiel copia de este en las huellas mnémicas de sus percepciones, apartar mediante la actividad del examen de realidad lo que las fuentes de excitación interior han añadido a ese cuadro del mundo exterior. Por encargo del ello, el yo gobierna los accesos a la motilidad, pero ha interpolado entre la necesidad y la acción el aplazamiento del trabajo de pensamiento, en cuyo trascurso recurre a los restos mnémicos de la experiencia. Así ha destronado al principio de placer, que gobierna de manera irrestricta el decurso de los procesos en el ello, sustituyéndolo por el principio de realidad, que promete más seguridad y mayor éxito. También el vínculo con el tiempo, tan difícil de describir, es proporcionado al yo por el sistema percepción; apenas es dudoso q el modo de trabajo de este sistema da origen a la ue representación del tiempo (ver nota(63)). Ahora bien, lo que singulariza muy particularmente al yo, a diferencia del ello, es una tendencia a la síntesis de sus contenidos, a la reunión y unificación de sus procesos anímicos, que al ello le falta por completo. Cuando en lo que sigue tratemos sobre las pulsiones en la vida anímica, cabe esperar que lograremos reconducir a sus fuentes este carácter esencial del yo (ver nota(64)). Por sí solo produce aquel alto grado de organización que necesita el yo para sus mejores operaciones. El yo se desarrolla desde la percepción de las pulsiones hasta su gobierno, pero este último sólo se alcanza por el hecho de que la agencia representante de pulsión es subordinada a una unión mayor, acogida dentro de un nexo. Ajustándonos a giros populares, podríamos decir que el yo subroga en la vida anímica a la razón y la prudencia, mientras que el ello subroga a las pasiones desenfrenadas. Hasta ahora nos hemos dejado impresionar por el recuento de las excelencias y aptitudes del yo; es tiempo de considerar el reverso de la medalla. En efecto, el yo es sólo un fragmento del ello, un fragmento alterado de manera acorde al fin por la proximidad del mundo exterior amenazante. En el aspecto dinámico es endeble, ha tomado prestadas del ello sus energías, y alguna intelección tenemos sobre los métodos -podría decirse: las tretas- por medio de los cuales sustrae al ello ulteriores montos de energía. Sin duda que una de esas vías es, por ejemplo, la identificación con objetos conservados o resignados. Las investiduras de objeto parten de las exigencias pulsionales del ello. El yo al comienzo se ve precisado a registrarlas. Pero, identificándose con el objeto, se recomienda al ello en remplazo del objeto, quiere guiar hacia sí la libido del ello. Ya hemos averiguado que en el curso de la vida el yo acoge dentro de sí gran número de tales precipitados de antiguas investiduras de objeto. En el conjunto, el yo se ve obligado a realizar los propósitos del ello, y cumple su tarea cuando descubre las circunstancias bajo las cuales esos propósitos pueden alcanzarse lo mejor posible. Podría compararse la relación entre el yo y el ello con la que media entre el ijnete y su caballo. El caballo produce la energía para la locomoción, el jinete tiene el privilegio de comandar la meta, de guiar el movimiento del fuerte animal. Pero entre el yo y el ello se da con harta frecuencia el caso no ideal de que el jinete se vea precisado a conducir a su rocín adonde este mismo quiere ir. El yo se ha divorciado de una parte del ello mediante resistencias de represión {de desalojo}. Pero la represión no se continúa en el interior del ello. Lo reprimido confluye con el, resto del ello. Un refrán nos previene que no se debe servir a dos amos al mismo tiempo. El pobre yo lo pasa todavía peor: sirve a tres severos amos, se empeña en armonizar sus exigencias y reclamos. Estas exigencias son siempre divergentes, y a menudo parecen incompatibles; no es raro entonces que el yo fracase tan a menudo en su tarea. Esos tres déspotas son el mundo exterior, el superyó y el ello. Si uno sigue los empeños del yo por darles razón al mismo tiempo -mejor dicho, por obedecerles al mismo tiempo-, no puede arrepentirse de haber personificado a ese yo, de haberlo postulado como un ser particular. Se siente apretado desde tres lados, amenazado por tres clases de peligros, frente a los cuales en caso de aprieto reacciona con un desarrollo de angustia. Por su origen en las experiencias del sistema percepción está destinado a subrogar los reclamos del mundo exterior, pero también quiere ser el fiel servidor del ello, mantenerse avenido con el ello, recomendársele como objeto, atraer sobre sí su libido. En sus afanes por mediar entre el ello y la realidad se ve obligado con frecuencia a disfrazar los mandamientos icc del ello con sus racionalizaciones prcc, a encubrir los conflictos del ello con la realidad, a simular con insinceridad diplomática una consideración por la realidad aunque el ello haya permanecido rígido e inflexible. Por otra parte, el riguroso superyó observa cada uno de sus pasos, le presenta determinadas normas de conducta sin atender a las dificultades que pueda encontrar de parte del ello y del mundo exterior, y en caso de inobservancia lo castiga con los sentimientos de tensión de la inferioridad y de la conciencia de culpa. Así, pulsionado por el ello, apretado por el superyó, repelido por la realidad, el yo pugna por dominar su tarea económica, por establecer la armonía entre las fuerzas e influjos que actúan dentro de él y sobre él, y comprendemos por qué tantas veces resulta imposible sofocar la exclamación: «¡La vida no es fácil!». Cuando el yo se ve obligado a confesar su endeblez, estalla en angustia, angustia realista ante el mundo exterior, angustia de la conciencia moral ante el superyó, angustia neurótica ante la intensidad de las pasiones en el interior del ello.
Quisiera figurar en un gráfico modesto las constelaciones estructurales de la personalidad anímica, que he desarrollado ante ustedes; helo aquí: admitiremos que los empeños terapéuticos del psicoanálisis han escogido un parecido punto de abordaje. En efecto, su propósito es fortalecer al yo, hacerlo más independiente del superyó, ensanchar su campo de percepción y ampliar su organización de manera que pueda apropiarse de nuevos fragmentos del ello (ver nota(66)). Donde Ello era, Yo debo devenir. Es un trabajo de cultura como el desecamiento del Zuiderzee.

 





NOTAS

43(Ventana-emergente- Popup)
[La mayor parte del contenido de esta conferencia se tomó de los capítulos I, II, III y V de El yo y el ello (1923b), con algunos agregados.]

44 (Ventana-emergente - Popup)
[En la terminología moderna se hablaría probablemente de «depresión».]

45 (Ventana-emergente-Popup)
{Kant, Crítica de la razón práctica, «Conclusión», primer párrafo.}

46 (Ventana-emergente - Popup)
[Esta cuestión había sido considerada en Inhibición, síntoma y angustia (1926d), AE, 20, pág. 122, y con más detalle en los capítulos VII y VIII de El malestar en la cultura (1930a).]

47 (Ventana-emergente - Popup)
[En verdad, sólo hay una breve alusión a esto en la 26ª de las Conferencias de introducción al psicoanálisis (1916-17), AE, 16, pág. 388. La identificación se trató en el capítulo VII de Psicología de las masas y análisis del yo (1921c), AE, 18, págs. 99 y sigs., y la formación del superyó, en el capítulo III de El yo y el ello (1923b), AE, 19, págs. 30 y sigs.]

48 (Ventana-emergente - Popup)
[Freud examinó esto en «El problema económico del masoquismo» (1924c), AE, 19, pág. 173; digamos de paso que allí nos ocupamos, en una nota al pie, de su uso deltérmino«imago».]

49 (Ventana-emergente - Popup)
[Este pasaje es algo oscuro, sobre todo respecto de la frase«der Tráger des Ichideals» {«el portador del ideal del yo»}. Al introducir el concepto de «ideal del yo» en su trabajo sobre el narcisismo (1914c), Freud lo distinguió de «una instancia psíquica particular cuyo cometido fuese velar por el aseguramiento de la satisfacción narcisista proveniente del ideal del yo, y que con ese propósito observase de manera continua al yo actual midiéndolo con el ideal» (AE, 14, pág. 92). Análogamente, en la 26ª de las Conferencias de introducción (1916-17), AE, 16, pág. 390, dice que el sujeto «siente en el interior de su yo el reinado de una instancia que mide su yo actual y cada una de sus actividades con un yo ideal, que él mismo se ha creado en el curso de su desarrollo». En algunos escritos de Freud posteriores a esas conferencias no es tan nítido este distingo entre el ideal y la instancia que lo pone en práctica.

50 (Ventana-emergente - Popup)
[Las opiniones de esta escuela se discuten en la 34ª conferencia, AE, 22, págs. 130 y sigs.]

51 (Ventana-emergente - Popup)

52 (Ventana-emergente - Popup)
[Véase una nota al pie agregada por Freud a su artículo sobre la diferencia anatómica entre los sexos (1925j), AE,19, pág.272.] [Emil Ludwig en su libro sobre Guillermo II, publicado en 1926.]

53 (Ventana-emergente - Popup)
[Psicología de las masas (1921c), AE, 18, págs. 109-10.]

54 (Ventana-emergente - Popup)

55 (Ventana-emergente - Popup)
[Cf. la 4ª de las Conferencias de introducción (1916-17), AE, 15, pág. 57.] [Un médico alemán cuyas ideas anticonvencionales suscitaron gran interés en Freud.]

56 (Ventana-emergente - Popup)
[En mi «Introducción» a El yo y el ello (1923b), AE, 19, págs. 4-11, reseño la evolución de las ideas de Freud al respecto. Cabe destacar que, con posterioridad a esa obra, sólo utilizó la abreviatura «Icc» aquí y en una única ocasión más, en Moisés y la religión monoteísta (1939a), AE, 23, pág. 92.]

57 (Ventana-emergente - Popup)
[Señalemos que aproximadamente un año antes de escribir esto, Freud había estado colaborando con W. C. Bullitt, a la sazón embajador norteamericano en Berlín, en el borrador de un estudio psicológico sobre el presidente Wilson, acerca de cuyo discernimiento político Freud tenía opiniones sumamente críticas, Bullitt publicó (en inglés) un estudio sobre Wilson en 1966, reconociendo a Freud como coautor. Pero aunque la influencia de las ideas de este es bien clara en dicha obra, no parece haber en ella nada efectivamente escrito por Freud, salvo la «Introducción» (Freud, 1966b), cuyo manuscrito alemán se ha conservado y cuya traducción al inglés, tal como aparece en el libro, fue hecha presumiblemente por el propio Bullitt.]

58 (Ventana-emergente - Popup)
[Freud considera aquí a las pulsiones como algo físico que tendría su representación psíquica en los procesos mentales. Se hallará un amplio examen de esta cuestión en mi «Nota introductoria» a «Pulsiones y destinos de pulsión» (1915c), AE, 14, págs. 107 y sigs.]

59 (Ventana-emergente - Popup)
[Alude, por supuesto, a Kant. Cf. Más allá del principio de placer (1920g), AE, 18, pág. 28.]

60 (Ventana-emergente - Popup)
[En la sección V de «Lo inconciente» (1915e), AE, 14, pág. 184, n. 4, se da una nómina completa de las muy frecuentes referencias de Freud a este punto, que se remontan a sus primeros escritos.]

61 (Ventana-emergente - Popup)
[En muchos pasajes de sus obras menciona Freud esta diferencia. Véase, en especial, «Lo inconciente» (1915e), AE, 14, pág. 185, y Más allá del principio de placer (1920g), AE,18, págs. 26-7. En esos dos lugares atribuye la distinción a Breuer, teniendo presente, al parecer, una nota al pie de la contribución teórica de este último a Estudios sobre la histeria (1895d), AE, 2, págs.205-6. En «Lo inconciente» (loc. cit.)afirma que «este distingo sigue siendo hasta hoy nuestra intelección más profunda e la esencia de la energía nerviosa». Cf. también AE, 22, pág. 83n.] n

62 (Ventana-emergente - Popup)

63 (Ventana-emergente - Popup)
[Cierta indicación sobre lo que Freud quiso decir aquí se halla en su «Nota sobre la "pizarra mágica"» (1925a), AE,19, pág.247.]

64(Ventana-emergente - Popup)
[En verdad, Freud no se vuelve a ocupar del tema, aparentemente, en las presentes conferencias. - Esta característica del yo había sido estudiada en detalle en Inhibición, síntoma y angustia (1926d), AE,20, págs. 93-6. La tendencia del yo a la síntesis es especialmente destacada en los escritos de la última época de Freud (entre otros, en ¿Pueden los legos ejercer el análisis? (1926e), AE, 20, pág. 184), pero el concepto estaba implícito en el modelo del yo que trazó en los primeros tiempos. Así, por ejemplo, desde el período de Breuer designó casi siempre corno «representaciones inconciliables» a aquellas que no pueden ser sintetizadas por el yo. Esta expresión ya figura en el primer trabajo sobre las neuropsicosis de defensa (1894a), AE, 3, pág. 53, n, 18.]

65 (Ventana-emergente - Popup)
[Si se compara este diagrama con el que aparece en El yo y el ello (1923b), AE, 19, p ág.26, se apreciará como principal diferencia que en ese gráfico anterior no figuraba el superyó. Esta ausencia es justificada en un pasaje posterior de la misma obra (AE, 19 , pág. 38). En la primera edición de estas conferencias, así como en El yo y el e el diagrama se llo, presentaba, como aquí, en forma vertical. Por alguna razón (tal vez para ahorrar espacio), tanto en las Gesammelle Werke como en los Gesammelte Schriften apareció apaisado, sin ninguna otra modificación.]
[La idea de una alteración del yo como resultado de una contrainvestidura ya se encuentra en algunos de los primeros escritos de Freud; por ejemplo, en su segundo trabajo sobre las neuropsicosis de defensa (1896b), AE, 3, pág. 184. Más recientemente, la había tratado en Inhibición, síntoma y angustia (1926d), AE, 20, págs. 147-148, y volvería a examinarla en «Análisis terminable e interminable» (1937c), AE, 23, págs. 223y237-42.]

66 [Algo semejante se sostiene en el último capítulo de EI yo y el ello(1923b), AE, 19, págs. 56-7.]





viernes, 21 de junio de 2013

A. Weigle. Encuentro





ENCUENTRO


Alberto Weigle


Las sesiones con niños, sobre todo con los más pequeños, son especialmente aptas para agudizar cierto tipo de inquietudes porque su "setting" es mucho más escueto que con adultos; allí no vale la invocación a las reglas' "fundamentales" de la asociación libre y la atención  flotante aunque esos fenómenos estén presentes; no valen los dispuestos lugares "diván y sillón"; no contamos con ninguna referencia sobre cómo van las cosas de fuera; no hay anécdotas, ni relatos de la historia personal o familiar y mucho menos evaluaciones, balances u otros juicios de valor que gustan de hacer los adultos. Contamos apenas con un contexto de datos provenientes de los familiares que siempre nos parecen insuficientes y, más que nada, contamos con el ENCUENTRO con el niño, fenómeno que aparece destacado justamente por la carencia del contexto que se da en el adulto.
Hago estas salvedades para condicionar al lector del material que sigue[1] en el sentido de que privilegie no tanto la trama de la escena, su guión o su anécdota sino la articulación particular de los actores en su intercomunicación de múltiple engarce.
Estamos trabajando con Pablo (de 4 años) desde hace seis meses con una frecuencia actual de tres veces semanales. Es el menor de tres hijos 2 varones [el mayor de 15 años y el mediano de 13).
 Si bien el motivo de consulta es un desafortunado accidente ocurrido en la familia, me entero más adelante, que ya antes se había pensado en consultar por otras dificultades del niño.
Haré un breve relato de la primera entrevista para señalar algo del contexto en el que se ha estado desarrollando la vida de Pablo y, por lo tanto, del contexto en que se inscribe la sesión que detallaré luego.
Concurren el padre y una tía materna soltera que vive con la familia desde su llegada del interior. Yo ya había sido prevenida telefónicamente por la tía que la consulta se debía a la muerte de la madre de Pablo por lo cual, retomando lo dicho en la llamada, me relata que ella y los padres de Pablo habían decidido hacer una visita familiar para lo cual viajaron al interior por el día. Al regreso, ocurre el accidente en el cual fallece de inmediato Ia madre de Pablo. Los niños habían quedado con la empleada y se enteran de lo ocurrido al día siguiente.
Esta tía tiene un rol importante en la vida de la familia, pero fundamentalmente en la de Pablo. Llega a estudiar a Montevideo a los pocos alias de nacido éste y se encarga de criarlo ya que, por un problema en el parto, la madre no puede hacerlo por un tiempo prolongado. El relato, cargado de angustia por momentos, deja traslucir sentimientos de ambivalencia hacia Pablo. Dice la tía que se ha constituido en un niño molesto para la familia: "llora, está agresivo, no lo tolera nadie" y “yo soy la única que lo aguanto un poco más... a veces no quiere que me separe de él, sobre todo de noche… me siento atada
Las intervenciones del padre se limitan a apoyar el relato de la tía. De vez en cuando uno me hace preguntas concretas acerca de cómo debería proceder frente a determinadas conductas del hijo o cómo responder a alguna de las preguntas que hace. Me aclara que no sabe el modo de tratarlo ya que él, por motivos de trabajo, no está mucho en casa.
Y ahora, la sesión que corresponde al segundo mes de análisis:
Entra y me dice: Yo no soy Pablo. Me muestra Ia tortuga que había traído -es una tortuga “ninja”- y dice: Es un juego, yo soy el padre y él es mi hijo o hija. Luego toma; la plasticina, le da piñas como con bronca y después clava a la tortuga de cabeza en la plasticina ¿Ta’ que era una pizza? no, mejor una torta... jayudamel me grita.
A.: Te ayudo.
Pablo: Era una cuna. Vamos a poner al bebé. Ta que vos habías tenido un bebé.
Me muestra la tortuga. Se pone a preparar "café" con bombas (tizas). Está un buen rato dando vueltas con el tema del café cuando, al agacharse para buscar algo, encuentra en el piso una leoncita y me dice:
Mirá quién estaba acá... la leoncita...
 La levanta con cuidado en la palma de su mano y la coloca al lado del bebé—tortuga. Esta leoncita representa desde hace varias sesiones una mamá buena a la que tenemos que cuidar y a la que tratamos con ternura. Nunca participa activamente en Ios juegos sino que se queda en un costado "mirando " lo que hacemos.
Pablo: Tengo que llevar al bebé al castillo para que Io curen.
A.: ¿Qué tiene?                   
Pablo: Algo en la espalda... bombas, Me grita: ¡Vení a tomar un café! Él se toma el suyo y escupe sobre la mesa, que está llena de juguetes haciendo un ruido similar a una  arcada. Ta que acá era el arsenal de las bombas y hay que mojarlas para que no exploten. Tira agua y al caer ésta al piso dice: La mesa hace pichi, hay que darle una patada o una piña para que no haga más.
A.: ¡Ay, ay! Alguien está vomitando y tirando pichí y caca sobre la mesa.
Pablo: ;;Mirá el avión!! mientras lo hunde en el agua, ;Que se jodan! ...¿qué escribiste?
A.: Que estábamos jugando a tomar café
Pablo: ¡Ah, bueno! Ahora escribí a Pablo le gusta la cocoa con café. Mientras, sigue imitando los vómitos y a la vez dice: Tengo hambre.
A.: ¿Puedo escribir que Pablo tiene hambre en la barriga y vomita?
Pablo: (Saca la pata que sostiene a la mesa plegable y todos los juguetes se desparraman. Grita) ¡Doble! Luego les tira agua por encima... De pronto me grita. jDejamos sola a la tortuga! ¡pah! ¡qué nos va a decir ahora!...¡Andá vos que ya la curaron!
A.: (Hago de tortuga-hijo y digo) ¡ldiota, estúpida, me dejaste solo!
Pablo: Dejá que yo la arreglo ¿cómo va a decir eso? Le pega, la pisa, la patea. A ver, ¿y ahora qué te dice? Y como la tortuga-hijo sigue enojada conmigo, me dice que hay que ahogarla, que hay que matar al hijo.
A.: (Hablo como tortuga mientras él Ia va tapando con plasticina) ¡Ay, mamá! ¡Me están matando! Si no me defendés te voy a matar a vos.
Pablo: A las madres se las mata sólo si hay rabia
A. : (Como tortuga) Sí, sí. Le tengo mucha rabia porque me dejó solo.
Pablo:·Llevala a la base. A la puta... ;puta!
A.:·¿Yo?
Pablo: Vos no, tarada, ¿Por qué no me dijiste que los plumonitos se mojaron?"...¿Vamos a escribir las paredes? Se para en la silla. Estoy cansado... Bajame... Se tira para que Io reciba en brazos y luego lo bajo al piso.
Pablo: ¿Y mi linterna? Rebusca en la caja y encuentra dos cartones con dibujos de una colección de luchadores. Se sienta a mi lado, recostando su cabeza en mi brazo, y me pide que le lea los nombres de cada personaje para así él indicarme cuál es el más fuerte: los más fuertes son los que tienen dos armas.
PabIo.· Vamos a buscar papel higiénico asl nos hacemos pulseras de defensa ninja. De pronto tira la caja. ¡Oh, mirá! Nuestro hijo. Señala el piso.
A.: ¿Se hizo algo?
Pablo: No, pero tiene estas defensas. Se refiere a las pulseras de papel que nos hicimos.
A. :¿Y cómo se defiende?
Pablo: Con nosotros. Nosotros somos las defensas.
A.: Así que si nosotros no estamos… me interrumpe.
Pablo: Voy a buscar más papel para hacerte otra pulsera. Viene y me la hace. Le digo que es la hora. Me dice que me deje las pulseras pero como debo acompañarlo hasta donde lo espera el padre le digo que mejor no.
Pablo: ¿Por qué no?
A.:Y... de repente se me pueden romper. Si me baño se me rompen así que mejor me las saco y las guardamos para seguir jugando en la próxima. En realidad me resultaba violenta la idea de aparecer frente al padre con papel higiénico en las muñecas…
Pablo: Yo también me las saco porque yo también me voy a bañar. Cuando va a salir se da vuelta y me dice: Gracias por jugar
A. : A mí me gusta
Pablo: ¿Vos sos una mamá? ¿En qué idioma estudiaste?
A.: En uruguayo... Antes de abrir la puerta vuelve a repetirme: “gracias por jugar"

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Esta sesión, como toda escena de intensa, continuada comunicación humana, mantiene una unidad a respetar y sobre la cual meditar.
En este caso particular impacta el elevado tono emocional del encuentro y, aún sin haber estado allí, podríamos señalar momentos de alegría, protesta, reclamo, placer, rabia, angustia, ternura, tristeza, desconcierto, etc. Y no estoy hablando en especial del niño, ni de la analista, o mejor, sí de ellos, pero de una forma en que el "ellos" se diluye en una unidad interactuante en donde todas las emociones circulan de continuo.[2]
Usando cierta analogía musical, puedo decir que las emociones son como variadas melodías que se desgranan (superponiéndose o no) a lo largo de la sesión, pero me interesa destacar, en especial, el desarrollo en la sesión de una notable ARMONÍA (en música, la coordinación de los instrumentos orquestales y, acá, la de los personajes que son muchos más que las dos personas participantes).
La existencia de dicha armonía, aunque me parece evidente (no hay más que oír) quiero demostrarla por la contraria a través de un momento en que se quiebra allá en el último tercio de la sesión, cuando se da este diminuto diálogo:

Pablo: ¡puta!
A.: ¿yo?
Pablo: Vos no, tarada.
Frente a la calificación de Pablo, vemos al analista dudosa (¿yo?) de si es identificada como ella misma o como alguno de los personajes que venia representando, que eran, alternadamente, la "madre", esposa del “padre" (que era Pablo cuando empezó la sesión y él mismo determina su rol: "yo no soy Pablo") y la tortuga-hijo (donde interesa el lugar hijo y no la identificación de género por lo que él aclara: "hija o hijo"). La analista parece así salirse de sus roles anteriores: ¿pensó acaso traer a la concretud de ella misma el calificativo de puta que, unido a su ser analista le permitiría trabajar la línea analista-madre-ausente-puta? ¿Fue un desliz, en medio del caleidoscopio de lugares y personajes de la escena, por donde se coló la contratransferencia evocando los aspectos denigratorios o divertidos del ser puta? 
 No lo sabemos y no nos interesa. Nos interesa, igual que a Pablo, que se perdió lo alcanzado hasta allí. Hubo un cambio de instrumento o una disonancia y Pablo lo señala de inmediato (“Vos no, tarada") molesto por la interrupción.
Al continuar la lectura de la sesión vemos que la armonía de juego inicial, la pareja de padres que ellos representaban, recién se recupera cuando Pablo “encuentra” al “hijo" común en un "lugar" imaginario del piso. ¿Qué paso entre medio? Si repasamos ese fragmento, vemos que hubo un cambio de partitura a través del que se instala otra armonía: si la analista es ella ("yo") y no sus personajes, Pablo también pasa a ser él y no sus personajes ("estoy cansado...") y necesita protección, proximidad, contacto.
En nuestra perentoria necesidad humana de identificarlo todo, podríamos tratar de determinar si es la analista o Pablo quien hace el cambio de partitura. Lo importante no  radica en definir quién es quién sino más bien delinear el campo común en que ambos trabajan, en que ambos fusionan sus intereses sin fusionarse, porque lo que importa es la música indivisible, armónica, más allá de los músicos que la ejecutan Es ese campo de articulación, esa ARMONÍA, lo que causa la mayor impresión en este material más allá de los contenidos de otras estructuras de fondo que también podrían ser puestas en evidencia.[3]  Y si bien en este encuentro prima el factor armonía, lo cual nos facilita el ponerlo en evidencia (en la rotación de personajes, en la versatilidad y el reacomodo permanente de los actores, en la recuperación de los quiebres, en la búsqueda por ambos de los sentidos interpretativos), no pretendemos que ésta sea un "modelo" especialmente destacable de sesión "exitosa". Pero sí muestra procesos que, en la mayoría de las sesiones, están ocultos no obteniéndose visiblemente estos resultados. Buscar la comunicación (en su función constitutiva y a la vez constituyente de la naturaleza propia de lo humano) pasa a ser entonces una especie de objetivo, explícito o implícito, que integra de una manera sustancial esa acción compleja que Freud, metonímicamente[4], bautizó como "psicoanalizar". Quizás necesitáramos, como complemento de éste, otro material donde por el contrario, se destacara la aridez de un encuentro dificultoso, fallido (o "disarmónico") para mostrar allí dicho trabajo de búsqueda, por analista y analizando, de una cierta comunicación, incluso a través de sus rupturas.[5]
Surge aquí la pregunta ¿hasta dónde debemos atribuir a este fenómeno del encuentro, a esta posibilidad de comunicarse, empatizar, "apegarse" (y sus contrarios necesarios) un efecto de "cambio psíquico"?
En este sentido quiero ser enfático: hay diversos caminos por los que se obtienen cambios psíquicos positivos en nuestro trabajo analítico pero todos pasan, quiérase o no, por ese cruce central, esa llave de apertura, que podemos nombrar como "el encuentro que busca una cierta armonía". Y si lo pienso con esa centralidad es porque atribuyo a ese encuentro (tanto en psicoanálisis como en todos los encuentros humanos) un carácter fundador. En este sentido, asignamos a dicho encuentro los siguientes rasgos:
  • El intercambio emocional del fenómeno del apego ("attachment")[6] y el correlativo cuidado del bebé.[7]                                                                                                                                                        Ejemplo: lanzarse y ser recibido en brazos y luego mirar las figuras, juntos, en contacto.
  • El reconocimiento especular (a través de la mirada del otro) y las improntas identificatorias (a través de los modelos ofrecidos y los roles asignados).                                                                         Ejemplo: Los diversos personajes generados y representados por ambos en los cuales la "realidad" de la vida (la muerte y sus consecuencias) se espeja en la "fantasía" del juego.
  • El despliegue de la aptitud simbólica (semiótica) en sus continuas creaciones metafóricas y metonímicas (desarrolladas en variados códigos: verbal, gestual, mímico, etc.).                             Ejemplo: casi toda la sesión está montada sobre el recurso metáforo - metonímico del “como sí" del jugar.
  • La generación, en la diacronía de los encuentros, de una “historia” que al introducir el tiempo, presentifica de continuo los linajes, los roles, las identidades, las leyes culturales, etc.                Ejemplo: La irrupción de la "leoncita" que, como monumento y testigo "viviente" atraviesa el tiempo de las sesiones generando una historia compartida entre ambos y donde simboliza a la vez a la madre viva y a la madre muerta... la que era, ya no es y aún sigue siendo... la ausencia-presencia...
Vemos en estos rasgos la impronta "constructiva",[8] fundadora, que posee la sesión.
El germen de cambio ya esta allí, en esa propia sesión, aunque todavía no podamos comprobarlo en el diario vivir de Pablo (y de la analista). Al terminarla, Pablo ya no es el mismo que al comenzarla (y la analista tampoco). El diálogo de despedida señala un terreno conquistado en el ámbito del vínculo que, aunque se volviera a perder por algún motivo inesperado, demuestra igualmente que esa posibilidad de conquista existe:
Pablo:…Gracias por jugar
A.: A mí me gusta.
Pablo: ¿Vos sos una mamá? ¿En qué idioma estudiaste?
A: En uruguayo.
Pablo: Gracias por jugar.
Y este pequeño diálogo, como tantos similares que todos podríamos invocar, es un cabal tratado de comunicación humana, fundadora de un nuevo Pablo y una nueva analista.
Dicho de otra manera el encuentro mismo es generador, en cierto modo, de aquéllos que en él participan. O sea, de sus cambios, que es lo mismo que decir de ellos mismos, pues lo que llamamos nuestra identidad, nuestra siempre precaria identidad, está continuadamente sostenida en el cambio y el intercambio permanentes.
Se me objetará con razón que estoy tratando de dar forma a fenómenos que están en la base de toda comunicación humana y de su corolario, el surgimiento de la persona,[9] y que dichos procesos pueden ser identificados total o parcialmente en cualquier acto de comunicación entre personas. ¿Cómo distinguir, entonces, lo peculiar del encuentro en psicoanálisis, aquello que de alguna manera define nuestra función y nuestro oficio?
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La pregunta antedicha me sugiere, entre otros, el tema de la interpretación que lo planteo así: ¿cuál es, dónde está, o en qué consiste, en nuestro ejemplo, la interpretación?
Para la discusión de este planteo necesito partir de una cierta definición clásica de interpretación (que coloco en nota al pie para que sea leída u omitida, según se prefiera).[10]
Obviando las discrepancias de detalle que se tengan con dicha definición, podemos acordar que ella perfila dos campos: el del paciente y el del analista; uno aporta su material y el otro su interpretación del mismo. Todo es claro y ordenado: cada cual en su puesto y a su función, la asimetría del encuadre está trazada,
Pero ¿son las cosas tan así en la experiencia vivida del encuentro psicoanalítico?
El material presentado muestra a las claras que es imposible discriminar allí entre analizando y material, por un lado, y analista y su interpretación por el otro.
A la objeción que, por tratarse de un niño pequeño, la situación es bastante diferente, la aceptaré muy parcialmente.
Es cierto que, con adultos, no hay material de juego ni se “juega" (al modo del niño) aunque, a veces se cuentan sueños… Y si alguna otra diferencia hay, diría que corre más bien en el sentido que el código de comunicación adulto, predominantemente verbal, hace que otros códigos queden pospuestos, larvados, apenas insinuados mientras que en el niño aparecen en todo su esplendor. El terapeuta deberá adaptarse al del niño que enfatiza justamente otros códigos: el gesto, la mímica, la mirada, la acción, el tono de voz o la palabra más en función fática[11] que informativa, la representación de personajes, etc.
Todos estos códigos mantienen una distinción esencial con el código verbal que es su incapacidad de metalenguaje: ninguno de ellos podría generar un texto sobre sí mismo (como código) y tampoco sobre el código verbal; éste en cambio, puede hablar sobre sí y sobre los otros códigos.
Otra distinción entre estos códigos y el verbal es lo que podríamos llamar su "bajo nivel de reconocimiento y control por el sujeto" lo cual es una forma redefinir por la negativa aquello que, por la positiva, llamaríamos espontaneidad. Es decir, que estos códigos no verbales, asientan su valor y su credibilidad para el interlocutor justamente en lo que sería una falla, una imperfección para la inteligibilidad depurada del discurso.[12]
¿Queremos decir con esto que nos aliamos a un espontaneísmo a ultranza donde conceptos como empatía, intuición emotiva, expresividad, actuación (actoral), ocurrencias (verbales o gestuales), humorismo, etc., pasan a constituir el meollo de nuestra actividad? Nada de eso. Es simplemente destacar que todos estos elementos están inevitablemente presentes en toda sesión de análisis y cada cual optará sobre qué uso hará de ellos en su comunicación. También tendremos que aprender a reconocerlos por la razón pero no para "racionalizar su uso" pues esto afectaría su propia esencia espontánea, sino para pensar sobre los fundamentos de nuestra eficacia técnica.
Tratar de suprimirlos sistemática y concientemente, como variables molestas para la interpretación, puede conducir a una distorsión importante en la comunicación, transformándose, ahora sí, en un "acting out" por omisión, del cual deberíamos buscar las motivaciones inconcientes (temor a la invasión, o a la pérdida de control, o a la pérdida de lugar, etc.). Pero todo esto no nos habla de diferencias esenciales entre niños y adultos. Se refiere apenas a diferencias de "estilos" que, por supuesto, exigen una adaptación del "oficio".
Este preámbulo me ha sido necesario para reformular el tema de la interpretación de la siguiente manera: ¿dónde está la eficacia de la tarea de nuestra analista interactuando con el niño?, ¿cómo hace para lograr que el niño se arroje a sus brazos, le recueste su cabeza y termine diciendo y repitiendo gracias por jugar? Y, dicho de otro modo; ¿cómo determinar, a ciencia cierta, dentro de la sesión que han leído, aquel recortado segmento que se adapte a la expresada definición de interpretación? ¿Acaso cuando la analista, hablando como tortuga, dice: ¡Ay ay, mamá! ¡Me están matando! Si no me defendés te voy a matar a vos? ¿0 cuando Pablo le responde: A las madres se les mata sólo si hay rabia? ¿0 ambas? Y, entonces, ¿quién "interpreta"?
En primer lugar, quiero hacer algunas precisiones terminológicas. Cuando hablamos de interpretación en realidad nos referimos a dos cosas: la "función" de interpretar y el "efecto" de la interpretación. Dicho de otro modo; la formulación explícita que llamamos "interpretación" está articulada entre esos dos extremos: algo que "dice" el analista en cumplimiento de su "función" de interpretar (o, quizás mejor, de analizar), se supone que ejerce un “efecto" en el analizando. Vemos entonces que giran en torno a este concepto no dos sino cuatro elementos: la función y el efecto, por un lado, y el analista y el analizando por el otro.
Esto nos permite decir que la función de interpretar (de analizar) no es exclusividad del analista ni mucho menos. Es de ambos. También es una función que se supone que el analista conoce -ese es su oficio- y que de algún modo, de muchos modos, transmite a su paciente (que algo de eso quiere aprender, sin por eso llamar “didáctico" al análisis). La asimetría analista-analizando no radica especialmente en la distinta función: el analizando va a analizar-"se" y el analista a analizar-"le" (sin perjuicio de que también, y de algún modo, funcione a la inversa). La diferencia no está  en el "analizar" sino en el "se" y el "le", que se refieren al exclusivo material a analizar que deberá ser, visiblemente, el del analizando (aunque esté invisible y en otra escena, el del analista). Cualquier otra diferencia (ascendencia, saber, autoridad, experiencia, etc.) pertenece sobre todo al dominio de la vivencia transferencial o contratransferencial.
En cuanto al "efecto" interpretativo nos plantea oscuros y difíciles problemas pues sobre él se apoya, en parte, el cambio en psicoanálisis. En principio, todos sabemos por experiencias de un lado y otro de la situación analítica, que la palabra del analista desborda (al igual que ocurre con la del analizando) su contenido textual. El analista "dice" más de lo que quiso y menos de lo que hubiera querido. El paciente, a su vez, escucha menos y también más de lo que oye. Esta es la paradoja, no ya de la situación analítica, sino de la comunicación humana en general. Esto se ve reduplicado, como en nuestra sesión, por existir muchos más códigos que el verbal.
Definir allí, del rico entretejido de mensajes que van y vienen (incluyendo los que omite inevitablemente el relato verbal), cuáles tuvieron un efecto interpretativo, puede volverse una tarea imposible, máxime si sopesamos, dentro de esa urdimbre comunicativa, el notable monto de mensajes que no pasan exactamente por la conciencia (sin ser por ello inconcientes en sentido sistemático, ni tampoco preconcientes estrictamente pues pueden no llegar a ser nunca concientes).
Un elemento que nos ayuda a detectar, por lo menas en parte, que se ha producido un efecto interpretativo, es ese complejo fenómeno al que llamamos “insight[13].
Antes de buscarlo en nuestro material quiere destacar el aspecto de doble faz del fenómeno del insight. Me refiero a lo siguiente: la revelación que surge del apercibirse de una cierta concatenación de hechos, circunstancias y modos de operar hasta ese momento desconocida (oculta velada, en las sombras)[14] , es un fenómeno que es posible que ocurra en la meditación que, sobre el material de la sesión, logren hacer tanto analista como analizando. Podemos llamar insight a esto, en el sentido general del término. Pero en su sentido más particular, mas psicoanalítico, la noción de insight surge de un encuentro: es lo que al analizando se le "revela" (se le "ilumina") de su material, en conjunción con la comunicación que el analista le hace de lo que se le reveló (iluminó) de dicho material. Este encuentro, esta "visión" compartida, este "reconocimiento" mutuo[15] de una situación, está cargado de consecuencias: no sólo profundizar en el conocimiento del material y, por ende, del analizando (incluida la "conquista del inconciente"), sino también, y como condición sine qua non para el progreso del análisis, para cimentar un vínculo confiable. O sea que, un modo de comunicarse profundo y sostenido a través de una cadena de sucesivos insights (mutuos) no puedo menos que relacionarlo con la red de comunicaciones básicas, fundantes de la persona, así se llamen contacto, mirada, sonrisa, apego o palabra. En nuestro material el fenómeno del encuentro se halla a cada paso, como ya le destacamos, por lo que se hace difícil determinar dónde está expresado el fenómeno del "insight" mutuo. Vemos, por ejemplo, a la analista interesada, no sin fundamento, en traducir del material aquel conjunto de sentimientos y fantasías de Pablo que giran en torno a la pérdida y el abandono producidos por la reciente muerte de la madre. La analista elige, pienso que muy acertadamente, hablar desde el lugar de los personajes (la "tortuga-hijo", "alguien"), con lo que logra que él acepte la violencia de sus propias fantasías (bombardear, orinar, vomitar, matar) pero colocadas allí, en alguien que no es él y lo es a un tiempo (en esa identificación en el "nosotros", que nos permite aceptar nuestras fantasías prohibidas en tanto universales, en tanto compartidas). Logra, además, con esta formulación, permanecer en el ámbito del jugar, en el como sí del fenómeno transicional (Winnicott), en ese espacio al que la invita a entrar Pablo porque allí se dirime lo más esencial del encuentro, allí se va forjando su "vida", su estatuto de "persona", su inserción en el mundo compartido que incluye el debate y el desenlace de los conflictos. (Y esto vale para Pablo y además para la analista que también allí se realiza como tal).
Para nuestro caso, quizás nos debamos quedar con este ejemplo de "insight" mutuo y sostenido en el juego, pues no podemos pretender que el efecto de "revelación" sea consignado por Pablo en un código verbal como lo hace el adulto, porque su código preferente es el jugar. Sin embargo algo nos dice cuando señala:  ”A las madres se las mata cuando hay rabia ", pues allí da cuenta de dos cosas a un tiempo:
  • el efecto que le produce la intervención de la analista (desde el lugar de tortuga-hijo)
  • la aptitud suya para desempeñar la función de interpretar (analizar).
***
En otra visión de la escena, Pablo se instala claramente en el vértice del triangulo edípico, ocupando sin tapujos el lugar del padre. Desde allí maneja en activo lo que sufre en pasivo y parece tener pocas consideraciones con el hijo (tortuga) que es alternadamente maltratado o cuidado y también exigido desde el lugar de un superyó cruel que él se arroga:
Pablo (hablando de la. tortuga-hijo); Dejá que yo la arreglo ¿cómo va a decir eso? Le pega, la pisa, la patea; A ver, ¿y ahora qué te dice?
Este abordaje podría dar para muchos comentarios pues abre una o varias líneas interpretativas, pero no es mi intención exponerlas sino plantear la siguiente interrogante: ¿con qué criterio, de los inagotables subrayados posibles que ofrece un material que, como el de los sueños, es insondable, elegiría yo el mío como analista de Pablo?
Esta cuestión siempre me ha preocupado y sólo he encontrado una respuesta provisoria teniendo en cuenta que al ser imposible usarlos todos y tener que elegir sólo uno, me restrinjo entonces a lo único posible: aquel subrayado que me atrevo a calificar como “fenómeno de interferencia”[16] producido sobre el campo del encuentro con mi paciente. Desde ese lugar puedo intentar hablar de lo ocurrido, decir algo de lo que le ocurre al paciente y que incluye lo que me ocurre a mí al escucharlo.
De esa "interferencia” (ese "llevar entre"), surgirán bandas de luz y oscuridad (como en la pantalla del físico), nuevos fenómenos que, por supuesto, no pueden ser calificados ni de verdaderos ni de falsos pues nuestra tarea no consiste en descubrir LA VERDAD sino generar nuevos sentidos compartidos.
Pero analista y analizando no trabajan en un campo cerrado, exclusivo, en una especie de "narcisismo gemelar", sino que allí mismo está abierto el lugar para un tercero, la introducción de un otro, la expansión hacia un otro que es hacia todos los otros. Creo estar refiriéndome con esto a. la transferencia (en su sentido estricto de "transferir"), transferencia venida del pasado que se expande en el presente y se proyecta en el futuro, transferencia de vínculos que también es transferencia de sentidos. Y además, pienso no sólo en la transferencia del analizando sino también en la del analista, en lo que podríamos llamar el campo común de la “intertransferencia", esa transferencia mutua, ese interjuego transferencial que es más que la suma de transferencia y contratransferencia.[17]
Me animo a representar estas ideas en la figura adjunta, con algunas aclaraciones:
a) las parábolas señalan, por su condición de abiertas, el carácter "insondable" de todo campo psicológico;[18]
b) el circulo I de superposición de las parábolas señala el campo común de encuentro donde surge el "fenómeno de interferencia.", generador de nuevos sentidos;
c) el campo del tercero señala la conexión del vínculo analizando-analizante con un otro (aquel "transferido", en la recién mencionada "intertransferencia"), es decir la inevitable condición triádica de toda estructura en acción. Ese otro será, tomando nuestro ejemplo, todos los otros relacionados con Pablo (incluyendo la. "presencia" de su madre muerta), la propia analista (y sus "otros") al escribir o repensar la sesión, los lectores o comentadores (como yo acá) de ese material y, lo que nos atañe en especial, la "supervisión" (visión sobre otra visión) que ejerce la "TEORIA" (precisa o imprecisa), voz de un tercero que se hace presente allí a través del "supervisor", el analista o el propio analizando.[19]


Creo que estas ideas podrían articularse de algún modo, de varios modos, con el planteo dialógico de Bajtin y con la noción de semiosis continua de Peirce, pero esto desbordaría el alcance de esta nota.

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En otro abordaje del material (que no será la búsqueda de otros sentidos -riquísima veta que nos atrapa pero que aquí dejaremos a un lado- sino la perfilación de la matriz por la que circulan dichos sentidos) nos detendremos ahora a pensar en el caleidoscopio de personajes de la sesión. Trataremos, pues, de captar algo del por qué Pablo elige este juego dramático como modo de expresarse tan habitual y a la vez tan particular (distinto de un expresarse "directo" y "objetivo" que no es un principio sino un fin de camino). Nadie podrá decir que se lo enseñaron pero tampoco nadie podrá negar que lo aprendió.
El aprendizaje de este jugar con personajes en acción va de la mano con el aprendizaje del habla, donde se fija la distribución pronominal (yo-tu-él y sus plurales) que a su vez va de la mano nada menos que con la adquisición de su identidad de persona con género ("yo, varón") y la inserción en una red de vínculos (que se espeja. en la red pronominal y viceversa).
Esta red de vínculos nos conduce inevitablemente, como lo descubrió Freud, a la estructura edípica, central en su presencia o en su ausencia, pues define, no sólo conflictos sino lugares, roles, jerarquías y, sobre todo, lazos de parentesco (y sus consecuentes identidades: el yo-tú-él enlazado al padre-madre-hijo) sostenidos por la ley que los funda (prohibición del incesto).
Como dijimos, no vamos a explayarnos aquí en la particular circunstancia de Pablo inmerso en su Edipo, sino a meditar el por qué Pablo (todos los Pablos) "habla" en ese "idioma" dramático. Y, simplemente, sólo se me ocurre una respuesta: porque, por ahora., no tiene otro. Junto a. su lengua materna fue "aprendiendo" sus lazos de parentesco, su identidad de persona (su ser yo), su identidad de género (su ser varón), su conciencia de sí pero también su situación "como si" en su micromundo familiar de donde emerge él bajo el complejísimo modo de "acción interiorizada" que es como Piaget define al pensamiento.
De modo que el jugar, ese lugar a mitad de camino entre el pensar y el actuar, que es un pensar-actuando y un actuar-pensando a un tiempo (ese "espacio transicional" que tan bien definió Winnicott) es nuestro modo más estrecho, más íntimo, más eficiente de comunicarnos con Pablo, y la analista nos lo muestra meridianamente.
Visto de este modo, parecería que hablarle a Pablo en nuestro idioma adulto (“objetivo", "racional", "en proceso secundario") y explicarle así "como son, en realidad, las cosas" que le ocurren, es un disparate. Bueno, creo que casi tan disparate como hablarle en términos de lógica algebraica. Pero es un disparate que los adultos cometemos de continuo y que no tiene mayores consecuencias simplemente porque Pablo ya está acostumbrado a ello (así es el mundo adulto que lo rodea) y él hace esfuerzos por entender y hablar así (que en eso radicará su progreso hacia la adultez) y, entre tanto, va descifrando los otros códigos con que acompañamos automáticamente nuestro discurso verbal (gestos, mímica, tono de la voz, etc.) y allí sí se conecta con nosotros.
Pero articularnos en un "idioma común" con Pablo no es un objetivo que nos proponemos simplemente para que “entienda" su circunstancia sino que tendrá consecuencias mucho más extensas (que siempre es conveniente averiguarlas). Y recién ahora arribo al punto que me sugirió el "caleidoscopio de personajes" y que está referido al impreciso, complejo tema de la identificación.
¿Qué es lo que esta haciendo la analista al contactar con Pablo, además de tratar que "entienda"?
Pues, se está ofreciendo como objeto identificatorio inevitablemente. Me refiero a todo aquello que llega al analizando desde la idiosincrasia del analista, idiosincrasia que lo impregna y lo conforma como persona distinta de las figuras transferidas. ¿Acaso no es esa distinción, esa diferencia, esa repetición no idéntica en la transferencia, como piensa Lacan, uno de los motores más poderosos de un posible cambio?
No me refiero a las masivas identificaciones "gemelares" o "en espejo", caricaturas al modo de Zelig,[20] pertenecientes a la patología de la identificación en sujetos de muy frágil estructuración personal o a momentos pasajeros de la niñez. O mejor dicho, sí me refiero a. ellas, pero no sólo a ellas sino a toda la red de identificaciones múltiples, diminutas, parciales, a menudo imperceptibles, que se integran a través de las corrientes que circulan (en ambas direcciones y tanto "positivas" -de amor- como "negativas" -de odio-) entre ambos participantes del encuentro analítico.
Todo este complejo juego interpersonal puede generar, en caso favorable, un cierto crecimiento, una mayor cohesión vincular, en fin, un "efecto constructivo”[21] a partir de la síntesis personal que impulsa el propio analizando. (Y sin olvidar que este efecto de cambio es de doble vía. y abarca, también inevitablemente, al analista).
Y si esto es así en el adulto, lo es mucho más en el niño, en quien los procesos constructivos de tipo identificatorio adquieren una importancia crucial para el desarrollo de la persona y la constitución del carácter y la identidad de género.
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Este primer resultado del trabajo de análisis que hemos definido como efecto constructivo del intercambio identificatorio está ligado inseparablemente (y el juego de Pablo lo señala) a una reformulación permanente del perfil de los personajes de la vida cotidiana del analizando.
En nuestro caso, en razón de la preservación del secreto, nos vemos faltos de contexto en ese sentido y quisiéramos saber mucho más de ese medio familiar: de ese padre (que él mismo se define como acompañante lejano del niño); de esa tía (madre sustituta no sólo de la madre muerta, sino de la madre ausente ya en los primeros meses de Pablo); de la madre (¿qué madre fue?  ¿por qué aquella ausencia?); de los hermanos… en fin, del interjuego de vínculos, roles y lugares de todos los personajes.
Creo que todos los que trabajan con niños pueden dar fe de la importancia de la inserción del analista en el medio familiar hasta llegar a ser “un miembro más" en el sentido que "conoce" y “se ubica" en ese contexto íntimo, pudorosamente velado, que es la familia y del cual el niño, como siempre se señala, es el “emergente", el "síntoma", la “tarjeta de presentación".
Me apresuro a hacer una acotación en este punto, referida a la validez o no de preocuparse por el perfil psicológico de las figuras y los vínculos más cercanos del analizando: ¿acaso no sería mejor preocuparse sólo por el paciente, su mundo "interno", sus conflictos, sus defensas, su modo de estar en el mundo, limitando en lo posible el análisis de sus vínculos al palpable, presente, asimétrico, contrastado vínculo transferencial con el analista?
Al fin, esta postura ha dado y sigue dando altos dividendos, pero sabemos lo que ocurre cuando es llevada hasta sus últimas consecuencias, en un pretendido aislamiento de variables que no por eso dejan de estar presentes y activas. Recordemos la exclamación de aquel paciente de un estricto analista kleiniano rioplatense (que muchos supimos ser): "¡Pero!... ¡siempre usted!... ¡en todos los guiones!..."
Reconozcamos, pues, la complejidad de nuestro objeto de estudio (que nos incluye, y así debe ser) y pensemos más bien que no estamos frente a un individuo aislado sino que somos una persona frente a otra persona y “persona" es, para nuestro oficio, nada más y nada menos que un idiosincrásico punto de reunión de una compleja red de vínculos, capaz de hablar o callar.
Perfilar, entonces, esa red de vínculos es parte insoslayable de nuestra tarea en tanto no persigamos la “objetividad" en nuestra descripción y análisis (tarea a todas luces imposible). Buscaremos más bien la continua reformulación, el permanente cambio de matiz que el trabajo de análisis produce (en analizando y analista) en la captación de los personajes y en el engarce de sus vínculos. Y esto es válido, vuelvo a destacarlo, no sólo para los escenarios presentes sino también para los pasados (aunque Pablo cuente aún con muy poco "pasado").
Me refiero así a ese constante rehacer la historia (la analista le reformula la muerte de su madre desde un lugar y bajo un ángulo muy diferentes) sabiendo que la historia vale por su continuo "acto de presencia" reformulada.
En esto consiste otro de los resultados mas notables del trabajo analítico (cuando ha echado a andar) pasando a formar parte del llamado "cambio" en psicoanálisis.
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Si bien en lo ya dicho está clara mi intención de mostrar la movilidad del campo del análisis, movilidad habitualmente mucho más acusada en el caso del niño por razones obvias, se me dirá con razón que igualmente persiste un conjunto de rasgos más o menos permanentes en las personas al que llamamos carácter.
Podré oponer a esto que Pablo es un carácter apenas en formación, que también este aspecto está muy móvil, pero me encontraré en seguida con el escollo del "temperamento", ese conjunto de rasgos propios que, ya desde el vamos, hace que ningún niño sea idéntico a otro (ni a su gemelo).
Diré, entonces, que justamente nuestro trabajo no pretende modificar esto, pues el temperamento así como su sucesor, el carácter (que articula la impronta heredada. con la impronta adquirida), es un núcleo intangible. Intangibilidad que debemos aprender a respetar, no sólo por lo aleatorio de los resultados si no se respeta, sino porque en la diversidad de núcleos del carácter se apoya justamente la riqueza de las variantes y la consecuente complementariedad entre las personas. En este aspecto, el trabajo de análisis apuntará entonces a iluminar la superficie exterior, cambiante, de ese núcleo del carácter y su resultado podrá ser: asperezas limadas, aristas tronchadas, concavidades y convexidades practicadas en esa superficie para un mejor ajuste de los vínculos.
Es un trabajo, lo recalcamos, que recae no sólo sobre el analizando sino también sobre su analista y que, con parcial "conciencia", es practicado por ambos. Es un trabajo no "sobre” sino "en” la transferencia o, mejor, en la "intertransferencia" y en el campo de "interferencia".[22]
En nuestro caso, con el escaso material a la vista y con la falta de una experiencia directa y continuada de contacto con Pablo, creemos prudente no hacer comentarios sobre lo particular de este aspecto, pero igualmente nos pareció importante señalar este tercer resultado del trabajo de análisis que sólo puede ser evaluado en el "largo tiempo" que inevitablemente conlleva dicho trabajo.
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Por último me quiero referir a un cuarto resultado que podríamos tipificar como el factor "estabilidad" que busca su expresión en la situación de análisis para extenderse luego fuera de ella.
Me refiero, por un lado, a. las vivencias de desamparo, separación, pérdida, abandono, soledad  y otras fragilidades (desorientación, confusión, inseguridad) que solicitan ser atendidas (la situación de Pablo es más que elocuente en este sentido). Y, como contrapartida, me refiero a las nociones de holding y handling (Winnicott), capacidad de rêverie y continente-contenido (Bion), empatía (Kohut), attachment (Bowlby) y varias otras, que recubren las actitudes que el analista se encuentra solicitado de proveer.
Estas vienen a constituir un cierto "piso" sobre el cual “construir”. Con esto quiero decir que muchas de las intervenciones del analista no tienen ninguna posibilidad de ser útiles en alguna medida si ese "piso" no ha sido de algún modo construido. No es piso fácil de construir porque no pertenece sólo al analizando sino a ambos (¿cuántas veces el analista se "tambalea" en los encuentros "difíciles”, máxime si es "tocado" en sus puntos sensibles, o en sus puntos ciegos?); y porque su construcción también está en manos de ambos (¿qué hacer por ejemplo, si el analizando rechaza la construcción de ese sostén y termina abandonando el análisis?).
En nuestro caso, vemos a la analista construyendo ese piso de variadas formas: hablándole en su idioma (“en uruguayo”), jugando, recibiéndolo en sus brazos, callando... Pablo a su vez, lo construye y ¡vaya si lo hace! cuando, por ejemplo, dice y repite “Gracias por jugar”.
Pero las cosas no siempre son así de positivas en el trabajo de análisis y cualquiera de ustedes podría traer numerosos ejemplos en los que predomine el ataque a este piso. Y los ataques despiertan contraataques (especialmente si las cosas corren por carriles inconcientes) lo que señala la dinámica compleja de la construcción de este piso que más bien es construcción-destrucción-reconstrucción permanentes.
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Recapitulando entonces sobre los cuatro resultados del trabajo de análisis que he señalado, los podría sintetizar así:
1-     Efecto "constructivo" del intercambio identificatorio (la construcción de la “persona").
2-      Reformulación continua de vínculos y personajes en escenarios presentes y pasados (la reformulación "histórica")
3-     Pulimiento “intertransferencial" de la periferia interactiva del carácter, respetando de su núcleo "intangible" (la articulación interpersonal).
4-     El factor “estabilidad" como cimiento o piso necesario (la armonía del encuentro).
Estos resultados (que yo tipifico así, pero que cada cual puede hacerlo a su modo), emergen de un aislamiento artificial de los procesos en juego, aislamiento necesario por aquello de la complejidad fenoménica, y basta detenerse un poco a meditar sobre ellos para notar que se implican e interactúan inseparablemente, Pero quiero destacar que ellos no son propósitos expresos u objetivos específicos del análisis sino sólo eso: resultados.
Es obvio que los mismos resultados se observan fuera de la situación analítica correspondiendo simplemente a los parámetros de desarrollo natural de y entre las "personas", viniendo entonces a constituirse muchas patologías vinculares sobre las distorsiones de dichos procesos.
Lo característico del análisis no son pues sus resultados o los procesos que convoca, que eso puede provenir de cualquier vínculo humano y, por ende, de variadas formas psicoterapéuticas, sino el procedimiento utilizado y el propio arte adquirido que tienden a ambientar, en lo posible y a su modo, la obtención de dichos resultados.
Ya he mencionado, aunque no desarrollado, algunos de estos aspectos de "arte y procedimiento" que ahora reformulo de forma muy sucinta. A título de ejemplos:
·  La asimetría del encuentro en el sentido que el exclusivo "material" a analizar deberá ser el del paciente. Sabemos que esto singulariza a la relación analítica (aunque no es exclusivo de ella) con respecto a las relaciones humanas corrientes, poniendo un límite que, a su vez, permite abrir un gran espacio de libertad para el advenimiento de lo más íntimo del otro.[23]·
·  La regularidad programada de los encuentros y sus particulares derivaciones que no desarrollaré.
·  La tan mentada neutralidad del analista que no refiere, obviamente, a. que no está en ningún campo, sino más bien a que está dispuesto a acompañar al analizando por cualquiera de los campos que transite ("atención flotante” incluida).
·  La particular posición del analista., simultáneamente como figura de "transferencia" y como figura de "identificación". Parecería que, desde su posición, el analista debe aprender a “jugar" todos los papeles que el analizando le adjudica en un "como si…" que, en cierto sentido, es también un "sin como si ", pues nadie puede negar (desde el lugar de analizando como del de analista) la "realidad"[24] que adquiere el analista para su paciente en sus distintos roles adjudicados y asumidos. Y su papel, si bien a veces será hablar sobre eso con el paciente, otras muchas será callar y asumir el papel adjudicado. Porque el paciente puede necesitarlo así, sobre todo en esos momentos donde no es posible renunciar al papel -a través de su interpretación- y más vale un silencio continente o empático.
·  Y sin olvidar, claro, su función de "intérprete" (etimológicamente "mediador") de varios “idiomas" (códigos), función que, como vimos, comparte con muchos "otros" (el analizando, la “supervisión", la "teoría", etc.) y que le sirve, además de su uso conocido, para cimentar la armonía del encuentro.
Febrero 1991
Resumen
A propósito de una sesión con un niño de cuatro años, material ofrecido por L. Bondnar, trato de definir no tanto las particularidades del análisis de niños, que están a la vista en el propio material, sino las similitudes que lo aproximan a cualquier análisis.
Este me lleva. a plantear los rasgos generales del encuentro en psicoanálisis y, de allí, de cualquier encuentro humano.
Asimismo trajo aparejado un movimiento, una especie de descentración de varios conceptos psicoanalíticos de su lugar de uso  habitual, con la idea de articularlos mejor en la síntesis buscada. Así sucede con las nociones de transferencia, neutralidad, identificación, asimetría, etc.
Además debí  ingresar algunos otros conceptos lo que me exigió acotarlos, como ser: armonía, interferencia, intertransferencia, estabilidad, persona, efecto constructivo, etc...
Creo que, en último término, el trabajo gira en torno al gran tema que atañe a toda meditación sobre nuestro oficio: el cambio en psicoanálisis.
Puse énfasis también (no sé si está logrado) en que los planteos quedaran de tal modo abiertos que propiciaran la discusión y el diálogo que todos necesitamos.

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[1] Este material –perteneciente a L. Bondnar- llegó a mí a través de mi inserción en un grupo de investigación sobre técnica de psicoterapia infantil en A.U.D.E.P.P. (Asociación Uruguaya de Psicoterapia. Psicoanalítica). El grupo estuvo integrado por: C Abal, A. Baranda, A. Barrios, L. Bondnar, A. Bogacz. P. Fiterman, E. Martinez, A. Mosca, M. Nilsen, E. Olagüe y A. Weigle.
[2] Si hay algo difícil en las sesiones con niños (y ésta es un buen ejemplo de ello) es el querer determinar, en cada momento, quién es quién y qué papel juega cada cual, pues la movilidad puede llegar a ser tan extrema en algunos casos (no justamente en éste) que la situación amenaza en convertirse en un caos. En otro extremo, la inmovilidad puede ser tal que la situación alcanza el límite de su anonadamiento.
Como se ve, decir esto es plantear el problema de las identificaciones, los roles, las identidades y los lugares en un encuentro, en todo encuentro y más allá de él.
[3] Si insisto en subrayar ARMONÍA es porque me parece el término más cercano a lo que quiero expresar acerca de un cierto “equilibrio entre partes”:
-Equilibrio; móvil, abierto, "inestable”.
-Partes: inter actuantes, variando en sus funciones y papeles según sus diversos "lugares" en el todo.
(Estas "partes" pueden estar referidas a personas, personajes, identificaciones, emociones, mensajes, instancias psíquicas, etc, según el campo que estemos considerando).
La procedencia musical del término me sirve a varias puntas:
1/ Para arrojar algo de luz sobre el notable fenómeno que constituye la música (manifestación específica humana presente en todas las culturas) al relacionar su estructura con la estructura de la persona (vínculos incluidos).
2/ Para enfocar desde otro lugar las ideas de normalidad y salud que, en última instancia, parecen referirse al logro de esa "ARMONÍA" (en los vínculos, en las emociones, en las conductas) música que nadie pide que sea continua y perfecta pero sí que sepa recuperarse de sus rupturas y extravíos al insistir en la creación de nuevas formas, como ha ocurrido en nuestro ejemplo.
3/ Para señalar la tempranísima aparición del fenómeno de armonía ya en lo que describió D. L. Stern (1974) a propósito de los ritmos y las sincronías madre-bebé.

[4] La función “analizar” (en su sentido estricto de efectuar un análisis de una trama compleja, oculta, disfrazada), aun con toda su importancia, es sólo una parte del encuentro psicoanalítico, como lo puntualizaremos luego.
[5]Winnicott destaca el efecto constructivo que puede tener para el sujeto el ejercicio, activo o reactivo, de la no-comunicación con el objeto. Es un modo de marcar una distancia (necesaria para preservar la singularidad personal) y de lograr una más plena comunicación consigo mismo (ego-relatedness).
[6] J. Bowly
[7] D. Winnicott y su concepto de “enfermedad materna primaria".  Eibl-Elbesfeldt y el cuidado de la prole (en "Amor y odio", 1987)
[8] En el sentido de J. Piaget
[9] Sobre el sentido que uso "persona", ver página 65 y not; (7), (8) y (9) de mi publicación “Comunicación, persona"E.P.P.A.L., 1990)
[10] Interpretación (deutung en el sentido de explicación, esclarecimiento) que posee la voz alemana sería aquel mensaje del analista, emergente de su "escucha” del material que el paciente le ofrece (texto verbal, silencios, actos, presentación, omisiones…). Pero no cualquier mensaje sino aquél que apunta a revelar lo velado -por encubierto, cifrado o simplemente ignorado- en la consabida función de hacer conciente lo inconciente.
Y, en definiciones más ambiciosas, una interpretación completa debe abarcar la indicación de los deseos inconcientes (libidinales y tanáticos) y de las operaciones defensivas inconcientes, sin descuidar el montaje de estos elementos sobre la repetición m la transferencia; y además, usando para elle, no cualquier formulación verbal teórica sino, en lo posible, aquella extraída el propio contexto (verbal o no) que ofrece el paciente. Sin olvidar la contratransferencia que, concientizada (y por ello neutralizada como repetición) puede convertirse en eficaz instrumento para la función de interpretar.
[11]Hay mensajes que sirven sobre todo para establecer, prolongar o interrumpir la comunicación, para_ cerciorarse que el canal de comunicación funciona (...) Esa orientación hacia el CONTACTO o, en términos de Malinowsky, la función FÁTICA, puede patentizarse a través de un intercambio profuso de fórmulas ritualizadas (...).
El interés por iniciar y mantener una comunicación es típico de los pájaros hablantes. La función fática del lenguaje es la única que comparten con los seres humanos. También es la primera función verbal que adquieren los niños; éstos gustan de comunicarse ya antes de que puedan emitir o captar una comunicación informativa” (R. Jackobson: "Ensayos de lingüística general", Planeta, 1985, pp. 356/7.)

[12] Por ese motivo nunca una computadora podría cumplir la función de un terapeuta por exactas que fueran sus respuestas, sólo que fuera tan acabada hasta llegar a ser…otro ser humano. Sin olvidar que, como ser humano, posea una PRIMERA herencia –filogenética- que lo lleva a compartir con otras especies, harto complejas formas de comunicación no simbólica como son, por ejemplo el cuidado de la prole, las conductas de apego (attachment), rituales de cortejo, de saludo, de alarde, reconocimiento de emociones en el otro, mensajes de sumisión o de ataque, establecimiento de jerarquías, defensa de territorio, la función fática verbal (como vimos en la nota precedente), etc., etc.
Y todas ellas refundidas luego, pero no desaparecidas, en el nuevo molde que les ofrece la comunicación simbólica, la cual, desde sus albores (en el segundo año de vida), aporta al niño una SEGUNDA herencia -no genética sino cultural- que le permite Ingresar, por ser humano, en la historia de un universo sígnico que todo lo va a reformular (hasta su estatuto como individuo en su pasaje a ser PERSONA).
[13] Esa intraducible expresión inglesa, referida al conocimiento profundo o percepción de la naturaleza interior de algo, parece ser una condensación de inside (interior) y sight que significa, entre otras cosas, poder de visión, percepción, conocimiento. El neologismo "introvisión” con que se traduce a veces, no cuenta con la decantación de uso de: la palabra inglesa y le falta la connotación de algo que se ilumina y emerge así de Ia oscuridad en que se hallaba. Conservando ese sentido, preferiría la palabra “revelación" pero... dejemos “insight”.
[14] No puedo menos que evocar, come lo he hecho otras veces, la notable cita de H. Poincaré a partir de la cual Bion acuña la noción de “hecho seleccionado" ("Aprendiendo de la experiencia", cap. XXIII). Dice Poincaré: Si un nuevo resultado ha de tener algún valor, debe unir elementos conocidos por mucho tiempo, pero que han estado hasta entonces dispersos y han sido aparentemente extraños entre sí y súbitamente introducir orden donde había la apariencia de desorden. Entonces eso nos permite ver de un vistazo cada uno de estos elementes en el lugar que ocupan en la totalidad. No sólo el nuevo hecho es valioso por sí mismo, sine que él solo da valor a los hechos anteriores que une”   etc.
Llamamos la atención sobre este enfoque estructural del siglo XIX y que, aplicado a la interpretación, resalta el valor estructurante de ésta más allá de la "teoría" que la defina.
[15] El hecho del “reconocimiento" mutuo está relacionado con la noción de símbolo que en griego se refiere al signo de reconocimiento formado por las dos mitades de un objeto quebrado que se aproximan. Visto así, el fenómeno del insight aparece como un caso particular más, aunque muy específico, de la función simbólica: entre dos se genera un nuevo modo de entender un conjunto de hechos, un nuevo modo de operar, un nuevo código...
[16] Uso "interferencia” en el sentido de la física ondulatoria pues, como ocurre con las ondas luminosas, los encuentros y desencuentros que se producen en una franja de superposición de ambas darán en la pantalla imágenes típicas (que varían de acuerdo a variaciones en longitud de onda, frecuencia, distancia de focos, etc.)  Destaco así el sentido etimológico (inter=entre y fere=llevar, llevar entre) y no el vulgar que asimila interferir a interponer, obstaculizar.
[17] Puede pensarse que éste es un uso abusivo del concepto de transferencia, si se considera el sentido original que Freud le dio al término. Pero pocos dudan ya que Freud, al descubrir la transferencia, asió la punta de una madeja que inevitablemente nos introduce en la comprensión de la red de vínculos fundante de la naturaleza propia de lo humano y generadora de la cultura.
[18] Todo campo psicológico personal (el llamado "mundo interno") denota este carácter de “insondab1e" apoyado en su modo especial de operar, a través de la condensación y el desplazamiento (metáfora y metonimia) lo que le permite una continua creación de escenas y sentidos (como en el soñar).
[19] Esta presencia del tercero (presencia” dentro" de la escena del análisis y también presencia "fuera” de ella, presencia presente y también pasada o futura) desliza hacia muchos temas específicamente humanos y sólo menciono algunos a título de ejemplo:
·        la invocación de la plegaria:
Defiéndeme, Señor (el vocativo
No implica a Nadie. Es sólo una palabra...”
J .L Borges, "Religio médici, l643".
·        Dios, en su atributo de tercero omnipresente (su "ojo").
·        la voz del oráculo,
·        el Destino.
·        y otros terceros que la teoría misma señala (v. gr. "el Nombre del Padre”)
[20] La memorable película de Woody Allen.
[21] En el sentido del constructivismo o estructuralismo genético de Piaget.
[22] Nadie podrá negar que Freud cambió, que modificó notablemente su trato con los pacientes luego de aprender de su experiencia con Dora y, aunque menos ostensible, con todos sus pacientes, que también fueron sus "analistas" aún en su posición de pacientes. Las consecuencias de la acción de Ana 0 como “analista” o "intérprete" (talking cure, chimney sweeping) fueron muy distintas en Freud que en Breuer pero eso sólo señala la variedad infinita de los encuentros y sus consecuencias.
[23] Esto me recuerda a las conocidas "confidencias a desconocidos" (en viajes u otras situaciones)y a su vez aclara algo respecto al impacto del encuentro con el analista fuera de la sesión (o con el analizando). Es notable de observar el mismo efecto de "inquietante extrañeza" en niños bastante pequeños que luego "olvidan" ese encuentro. Si bien el efecto se desgasta con su repetición frecuente, nunca desaparece totalmente.
[24] En este contexto uso “jugar" y "realidad" en el sentido de Winnicott.