viernes, 5 de julio de 2013

S. FREUD Esquema del psicoanálisis



Esquema del psicoanálisis. (1940 [1938])


Abriss der Psychoanalyse

Nota introductoria

Prólogo
    

El propósito de este breve trabajo es reunir los principios del psicoanálisis y exponerlos, por así decir, dogmáticamente -de la manera más concisa y en los términos más inequívocos-. Su designio no es, desde luego, el de compeler a la creencia o el de provocar convicción.

Las enseñanzas del psicoanálisis se basan en un número incalculable de observaciones y experiencias, y sólo quien haya repetido esas observaciones en sí mismo y en otros individuos está en condiciones de formarse un juicio propio sobre aquel.

Parte I. [La psique y sus operaciones]

I.                 El aparato psíquico

El psicoanálisis establece una premisa fundamental cuyo examen queda reservado al pensar filosófico y cuya justificación reside en sus resultados. De lo que llamamos nuestra psique (vida anímica), nos son consabidos dos términos: en primer lugar, el órgano corporal y escenario de ella' el encéfalo (sistema nervioso) y, por otra parte, nuestros actos de conciencia, que son dados inmediatamente y que ninguna descripción nos podría trasmitir. No nos es consabido, en cambio, lo que haya en medio; no nos es dada una referencia directa entre ambos puntos terminales de nuestro saber. Si ella existiera, a lo sumo brindaría una localización precisa de los procesos de conciencia, sin contribuir en nada a su inteligencia.

Nuestros dos supuestos se articulan con estos dos cabos o comienzos de nuestro saber. El primer supuesto atañe a la localización. Suponemos que la vida anímica es la función de un aparato al que atribuimos ser extenso en el espacio y estar compuesto por varias piezas; nos lo representamos, pues, semejante a un telescopio, un microscopio, o algo así. Si dejamos de lado cierta aproximación ya ensayada, el despliegue consecuente de esa representación es una novedad científica.

Hemos llegado a tomar noticia de este aparato psíquico por el estudio del desarrollo individual del ser humano. Llamamos ello a la más antigua de estas provincias o instancias psíquicas: su contenido es todo lo heredado, lo que se trae con el nacimiento, lo establecido constitucionalmente; en especial, entonces, las pulsiones que provienen de la organización corporal, que aquí [en el ello] encuentran una primera expresión psíquica, cuyas formas son desconocidas {no consabidas} para nosotros (ver nota).

Bajo el influjo del mundo exterior real-objetivo que nos circunda, una parte del ello ha experimentado un desarrollo particular; originaría m en te un estrato cortical dotado de los órganos para la recepción de estímulos y de los dispositivos para la protección frente a estos, se ha establecido una organización particular que en lo sucesivo media entre el ello y el mundo exterior. A este distrito de nuestra vida anímica le damos el nombre de yo.

Los caracteres principales del yo. A consecuencia del vínculo preformado entre percepción sensorial y acción muscular, el yo dispone respecto de los movimientos voluntarios. Tiene la tarea de la autoconservación, y la cumple tomando hacia afuera noticia de los estímulos, almacenando experiencias sobre ellos (en la memoria), evitando estímulos hiperintensos (mediante la huida), enfrentando estímulos moderados (mediante la adaptación) y, por fin, aprendiendo a alterar el mundo exterior de una manera acorde a fines para su ventaja (actividad); y hacia adentro, hacia el ello, ganando imperio sobre las exigencias pulsionales, decidiendo si debe consentírseles la satisfacción, desplazando esta última a los tiempos y circunstancias favorables en el mundo exterior, o sofocando totalmente sus excitaciones. En su actividad es guiado por las noticias de las tensiones de estímulo presentes o registradas dentro de él: su elevación es sentida en general como un displacer, y su rebajamiento, como placer. No obstante, es probable que lo sentido como placer y displacer no sean las alturas absolutas de esta tensión de estímulo, sino algo en el ritmo de su alteración. El yo aspira al placer, quiere evitar el displacer. Un acrecentamiento esperado, previsto, de displacer es respondido con la señal de angustia; y su ocasión, amenace ella desde afuera o desde adentro, se llama peligro. De tiempo en tiempo, el yo desata su conexión con el mundo exterior y se retira al estado del dormir, en el cual altera considerablemente su organización. Y del estado del dormir cabe inferir que esa organización consiste en una particular distribución de la energía anímica.

Como precipitado del largo período de infancia durante el cual el ser humano en crecimiento vive en dependencia de sus padres, se forma dentro del yo una particular instancia en la que se prolonga el influjo de estos. Ha recibido el nombre de superyó. En la medida en que este superyó se separa del yo o se contrapone a él, es un tercer poder que el yo se ve precisado a tomar en cuenta.

Así las cosas, una acción del yo es correcta cuando cumple al mismo tiempo los requerimientos del ello, del superyó y de la realidad objetiva, vale decir, cuando sabe reconciliar entre sí sus exigencias. Los detalles del vínculo entre yo y superyó se vuelven por completo inteligibles reconduciéndolos a la relación del niño con sus progenitores. Naturalmente, en el influjo de los progenitores no sólo es eficiente la índole personal de estos, sino también el influjo, por ellos propagado, de la tradición de la familia, la raza y el pueblo, así como los requerimientos del medio social respectivo, que ellos subrogan. De igual modo, en el curso del desarrollo individual el superyó recoge aportes de posteriores continuadores y personas sustitutivas de los progenitores, como pedagogos, arquetipos públicos, ideales venerados en la sociedad. Se ve que ello y superyó, a pesar de su diversidad fundamental, muestran una coincidencia en cuanto representan {repräsentieren} los influjos del pasado: el ello, los del pasado heredado; el superyó, en lo esencial, los del pasado asumido por otros. En tanto, el yo está comandado principalmente por lo que uno mismo ha vivenciado, vale decir, lo accidental y actual.

Este esquema general del aparato psíquico habrá de considerarse válido también para los animales superiores, semejantes al hombre en lo anímico. Cabe suponer un superyó siempre que exista un período prolongado de dependencia infantil, como en el ser humano. Y es inevitable suponer una separación de yo y ello. La psicología animal no ha abordado todavía la interesante tarea que esto le plantea.

II.             Doctrina de las pulsiones

El poder del ello expresa el genuino propósito vital del individuo. Consiste en satisfacer sus necesidades congénitas. Un propósito de mantenerse con vida y protegerse de peligros mediante la angustia no se puede atribuir al ello. Esa es la tarea del yo, quien también tiene que hallar la manera más favorable y menos peligrosa de satisfacción con miramiento por el mundo exterior. Aunque el superyó pueda imponer necesidades nuevas, su principal operación sigue siendo limitar las satisfacciones.

Llamamos pulsiones a las fuerzas que suponemos tras las tensiones de necesidad del ello. Representan {repräsentieren} los requerimientos que hace el cuerpo a la vida anímica. Aunque causa última de toda actividad, son de naturaleza conservadora; de todo estado alcanzado por un ser brota un afán por reproducir ese estado tan pronto se lo abandonó (¿Si estuvo en un momento de placer en cierta circunstancia o experincia vivida, desea volver a ese estado? O a que se refiere?). Se puede, pues, distinguir un número indeterminado de pulsiones, y así se acostumbra hacer. Para nosotros es sustantiva la posibilidad de que todas esas múltiples pulsiones se puedan reconducir a unas pocas pulsiones básicas. Hemos averiguado que las pulsiones pueden alterar su meta (por desplazamiento); también, que pueden sustituirse unas a otras al traspasar la energía de una pulsión sobre otra. Tras larga vacilación y oscilación, nos hemos resuelto a aceptar sólo dos pulsiones básicas: Eros y pulsión de destrucción. (La oposición entre pulsión de conservación de sí mismo y de conservación de la especie, así como la otra entre amor yoico y amor de objeto, se sitúan en el interior del Eros.) La meta de la primera es producir unidades cada vez más grandes y, así, conservarlas, o sea, una ligazón {Bindung}; la meta de la otra es, al contrario, disolver nexos y, así, destruir las cosas del mundo. Respecto de la pulsión de destrucción, podemos pensar que aparece como su meta última trasportar lo vivo al estado inorgánico; por eso también la llamamos pulsión de muerte. Si suponemos que lo vivo advino más tarde que lo inerte y se generó desde esto, la pulsión de muerte responde a la fórmula consignada, a saber, que una pulsión aspira al regreso a un estado anterior.

En cambio, no podemos aplicar a Eros (o pulsión de amor) esa fórmula. Ello presupondría que la sustancia viva fue otrora una unidad luego desgarrada y que ahora aspira a su reunificación (ver nota).

En las funciones biológicas, las dos pulsiones básicas producen efectos una contra la otra o se combinan entre sí. Así, el acto de comer es una destrucción del objeto con la meta última de la incorporación; el acto sexual, una agresión con el propósito de la unión más íntima. Esta acción conjugada y contraria de las dos pulsiones básicas produce toda la variedad de las manifestaciones de la vida. Y más allá del reino de lo vivo, la analogía de nuestras dos pulsiones básicas lleva a la pareja de contrarios atracción y repulsión, que gobierna en lo inorgánico (ver nota).

Alteraciones en la proporción de mezcla de las pulsiones tienen las más palpables consecuencias. Un fuerte suplemento de agresión sexual hace del amante un asesino con estupro; un intenso rebajamiento del factor agresivo lo vuelve timorato o impotente.

Ni hablar de que se pueda circunscribir una u otra de las pulsiones básicas a una de las provincias anímicas. Se las tiene que topar por, doquier. Nos representamos un estado inicial de la siguiente manera: la íntegra energía disponible de Eros, que desde ahora llamaremos libido, está presente en el yo-ello todavía indiferenciado [cf. AE, 23, pág. 148n.] y sirve para neutralizar las inclinaciones de destrucción simultáneamente presentes. (Carecemos de un término análogo a «libido» para la energía de la pulsión de destrucción.) En posteriores estados nos resulta relativamente fácil perseguir los destinos de la libido; ello es más difícil respecto de la pulsión de destrucción.

Mientras esta última produce efectos en lo interior como pulsión de muerte, permanece muda; sólo comparece ante nosotros cuando es vuelta hacia afuera como pulsión de destrucción. Que esto acontezca parece una necesidad objetiva para la conservación del individuo. El sistema muscular sirve a esta derivación. Con la instalación del superyó, montos considerables de la pulsión de agresión son fijados en el interior del yo y allí ejercen efectos autodestructivos. Es uno de los peligros para su salud que el ser humano toma sobre sí en su camino de desarrollo cultural. Retener la agresión es en general insano, produce un efecto patógeno (mortificación) {Kränkung}. El tránsito de una agresión impedida hacia una destrucción de sí mismo por vuelta de la agresión hacia la persona propia suele ilustrarlo una persona en el ataque de furia, cuando se mesa los cabellos y se golpea el rostro con los puños, en todo lo cual es evidente que ella habría preferido infligir a otro ese tratamiento. Una parte de destrucción de sí permanece en lo interior, sean cuales fueren las circunstancias, hasta que al fin consigue matar al individuo, quizá sólo cuando la libido de este se ha consumido o fijado de una manera desventajosa. Así, se puede conjeturar, en general, que el individuo muere a raíz de sus conflictos internos; la especie, en cambio, se extingue por su infructuosa lucha contra el mundo exterior, cuando este último ha cambiado de una manera tal que no son suficientes las adaptaciones adquiridas por aquella.

Es difícil enunciar algo sobre el comportamiento de la libido dentro del ello y dentro del superyó. Todo cuanto sabemos acerca de esto se refiere al yo, en el cual se almacena inicialmente todo el monto disponible de libido. Llamamos narcisismo primario absoluto a ese estado. Dura hasta que el yo empieza a investir con libido las representaciones de objetos, a trasponer libido narcisista en libido de objeto. Durante toda la vida, el yo sigue siendo el gran reservorio desde el cual investiduras libidinales son enviadas a los objetos y al interior del cual se las vuelve a retirar, tal como un cuerpo protoplasmático procede con sus seudópodos (ver nota). Sólo en el estado de un enamoramiento total se trasfiere sobre el objeto el monto principal de la libido, el objeto se pone {setzen sich} en cierta medida en el lugar del yo. Un carácter de importancia vital es la movilidad de la libido, la presteza con que ella traspasa de un objeto a otro objeto. En oposición a esto se sitúa la fijación de la libido en determinados objetos, que a menudo dura la vida entera.

Es innegable que la libido tiene fuentes somáticas, y afluye al yo desde diversos órganos y partes del cuerpo. Esto se ve de la manera más nítida en aquel sector de la libido que de acuerdo con su meta pulsional, se designa «excitación sexual». Entre los lugares del cuerpo de los que parte esa libido, los más destacados se señalan con el nombre de zonas erógenas, pero en verdad el cuerpo íntegro es una zona erógena tal. Lo mejor que sabemos sobre Eros, o sea sobre su exponente, la libido, se adquirió por el estudio de la función sexual, la cual en la concepción corriente -aunque no en nuestra teoría- se superpone con Eros. Pudimos formarnos una imagen del modo en que la aspiración sexual, que está destinada a influir de manera decisiva sobre nuestra vida, se desarrolla poco a poco desde las alternantes contribuciones de varias pulsiones parciales, subrogantes de determinadas zonas erógenas.

III.           El desarrollo de la función sexual      (Ver nota)

Según la concepción corriente, la vida sexual humana consistiría, en lo esencial, en el afán de poner en contacto los genitales propios con los de una persona del otro sexo. Besar, mirar y tocar ese cuerpo ajeno aparecen ahí como unos fenómenos concomitantes y unas acciones introductorias. Ese afán emergería con la pubertad -vale decir, a la edad de la madurez genésica- al servicio de la reproducción. No obstante, siempre fueron notorios ciertos hechos que no calzaban en el marco estrecho de esta concepción: 1) Curiosamente, hay personas para quienes sólo individuos del propio sexo y sus genitales poseen atracción. 2) Es también curioso que ciertas personas, cuyas apetencias se comportan en un todo como si fueran sexuales, prescinden por completo de las partes genésicas o de su empleo normal; a tales seres humanos se los llama «perversos». 3) Es llamativo, para concluir, que muchos niños, considerados por esta razón degenerados, muestren muy tempranamente un interés por sus genitales y por los signos de excitación de estos.

Bien se comprende que el psicoanálisis provocara escándalo y contradicción cuando, retomando en parte estos tres menospreciados hechos, contradijo todas las opiniones populares sobre la sexualidad. Sus principales resultados son los siguientes:

a. La vida sexual no comienza sólo con la pubertad, sino que se inicia enseguida después del nacimiento con nítidas exteriorizaciones.

b. Es necesario distinguir de manera tajante entre los conceptos de «sexual» y de «genital». El primero es el más extenso, e incluye muchas actividades que nada tienen que ver con los genitales.

e. La vida sexual incluye la función de la ganancia de placer a partir de zonas del cuerpo, función que es puesta con posterioridad {nachträglich} al servicio de la reproducción. Es frecuente que ambas funciones no lleguen a superponerse por completo.

El principal interés se dirige, desde luego, a la primera tesis, de todas la más inesperada. Se ha demostrado que, a temprana edad, el niño da señales de una actividad corporal a la que sólo un antiguo prejuicio pudo rehusar el nombre de sexual, y a la que se conectan fenómenos psíquicos que hallamos más tarde en la vida amorosa adulta; por ejemplo, la fijación a determinados objetos, los celos, etc. Pero se comprueba, además, que estos fenómenos que emergen en la primera infancia responden a un desarrollo acorde a ley, tienen un acrecentamiento regular, alcanzando un punto culminante hacia el final del quinto año de vida, a lo que sigue un período de reposo. En el curso de este se detiene el progreso, mucho es desaprendido e involuciona. Trascurrido este período, llamado «de latencia», la vida sexual prosigue con la pubertad; podríamos decir: vuelve a aflorar. Aquí tropezamos con el hecho de una acometida en dos tiempos de la vida sexual, desconocida fuera del ser humano y que, evidentemente, es muy importante para la hominización (ver nota). No es indiferente que los eventos de esta época temprana de la sexualidad sean víctima, salvo unos restos, de la amnesia infantil. Nuestras intuiciones sobre la etiología de las neurosis y nuestra técnica de terapia analítica se anudan a estas concepciones. El estudio de los procesos de desarrollo de esa época temprana también ha brindado pruebas para otras tesis.

El primer órgano que aparece como zona erógena y propone al alma una exigencia libidinosa es, a partir del nacimiento, la boca. Al comienzo, toda actividad anímica se acomoda de manera de procurar satisfacción a la necesidad de esta zona. Desde luego, ella sirve en primer término a la autoconservación por vía del alimento, pero no es lícito confundir fisiología con psicología. Muy temprano, en el chupeteo en que el niño persevera obstinadamente se evidencia una necesidad de satisfacción que -si bien tiene por punto de partida la recepción de alimento y es incitada por esta- aspira a una ganancia de placer independiente de la nutrición, y que por eso puede y debe ser llamada sexual.

Ya durante esta fase «oral» entran en escena, con la aparición de los dientes, unos impulsos sádicos aislados. Ello ocurre en medida mucho más vasta en la segunda fase, que llamamos «sádico-anal» porque aquí la satisfacción es buscada en la agresión y en la función excretoria. Fundamos nuestro derecho a anotar bajo el rótulo de la libido las aspiraciones agresivas en la concepción de que el sadismo es una mezcla pulsional de aspiraciones puramente libidinosas con otras destructivas puras, una mezcla que desde entonces no se cancela más (ver nota).

La tercera fase es la llamada «fálica», que, por así decir como precursora, se asemeja ya en un todo a la plasmación última de la vida sexual. Es digno de señalarse que no desempeñan un papel aquí los genitales de ambos sexos, sino sólo el masculino (falo). Los genitales femeninos permanecen por largo tiempo ignorados; el niño, en su intento de comprender los procesos sexuales, rinde tributo a la venerable ¿teoría de la cloaca?, que tiene su justificación genética (ver nota).

Con la fase fálica, y en el trascurso de ella, la sexualidad de la primera infancia alcanza su apogeo y se aproxima al sepultamiento. Desde entonces, varoncito y niña tendrán destinos separados. Ambos empezaron por poner su actividad intelectual al servicio de la investigación sexual, y ambos parten de la premisa de la presencia universal del pene. Pero ahora los caminos de los sexos se divorcian. El varoncito entra en la fase edípica, inicia el quehacer manual con el pene, junto a unas fantasías simultáneas sobre algún quehacer sexual de este pene en relación con la madre, hasta que el efecto conjugado de una amenaza de castración y la visión de la falta de pene en la mujer le hacen experimentar el máximo trauma de su vida, iniciador del período de latencia con todas sus consecuencias. La niña, tras el infructuoso intento de emparejarse al varón, vivencia el discernimiento de su falta de pene o, mejor, de su inferioridad clitorídea, con duraderas consecuencias para el desarrollo del carácter; y a menudo, a raíz de este primer desengaño en la rivalidad, reacciona lisa y llanamente con un primer extrañamiento de la vida sexual.

Se caería en un malentendido si se creyera que estas tres fases se relevan unas a otras de manera neta; una viene a agregarse a la otra, se superponen entre sí, coexisten juntas. En las fases tempranas, las diversas pulsiones parciales parten con recíproca independencia a la consecución de placer; en la fase fálica se tienen los comienzos de una organización que subordina las otras aspiraciones al primado de los genitales y significa el principio del ordenamiento de la aspiración general de placer dentro de la función sexual. La organización plena sólo se alcanza en la pubertad, en una cuarta fase, «genital». Así queda establecido un estado en que: 1) se conservan muchas investiduras libidinales tempranas; 2) otras son acogidas dentro de la función sexual como unos actos preparatorios, de apoyo, cuya satisfacción da por resultado el llamado «placer previo», y 3) otras aspiraciones son excluidas de la organización y son por completo sofocadas (reprimidas) o bien experimentan una aplicación diversa dentro del yo, forman rasgos de carácter, padecen sublimaciones con desplazamiento de meta.

Este proceso no siempre se consuma de manera impecable. Las inhibiciones en su desarrollo se presentan como las múltiples perturbaciones de la vida sexual. En tales casos han preexistido fijaciones de la libido a estados de fases más tempranas, cuya aspiración, independiente de la meta sexual normal, es designada perversión. Una inhibición así del desarrollo es, por ejemplo, la homosexualidad cuando es manifiesta. El análisis demuestra que una ligazón de objeto homosexual preexistía en todos los casos y, en la mayoría, se conservó latente. Las constelaciones se complican por el hecho de que, en general, no es que los procesos requeridos para producir el desenlace normal se consumen o estén ausentes a secas, sino que se consuman de manera parcial, de suerte que la plasmación final depende de estas relaciones cuantitativas. En tal caso, se alcanza, sí, la organización genital, pero debilitada en los sectores de libido que no acompañaron ese desarrollo y permanecieron fijados a objetos y metas pregenitales. Ese debilitamiento se muestra en la inclinación de la libido a retroceder hasta las investiduras pregenitales anteriores (regresión) en caso de no satisfacción genital o de dificultades objetivas.

Durante el estudio de las funciones sexuales pudimos obtener una primera y provisional convicción o, mejor dicho, una vislumbre de dos íntelecciones que más tarde se revelarán importantes por todo este ámbito. La primera, que los fenómenos normales y anormales que observamos (es decir, la fenomenología) demandan ser descritos desde el punto de vista de la dinámica y la economía (en nuestro caso, la distribución cuantitativa de la libido); y la segunda, que la etiología de las perturbaciones por nosotros estudiadas se halla en la historia de desarrollo, o sea, en la primera infancia del individuo.

IV.           Cualidades psíquicas

Hemos descrito el edificio del aparato psíquico, las energías o fuerzas activas en su interior, y con relación a un destacado ejemplo estudiamos el modo en que estas energías, principalmente la libido, se organizan en una función fisiológica al servicio de la conservación de la especie. Pero nada de ello subrogaba el carácter enteramente peculiar de lo psíquico, prescindiendo, desde luego, del hecho empírico de que ese aparato y esas energías están en la base de las funciones que llamamos nuestra vida anímica. Ahora pasamos a lo que es característico y único de eso psíquico, y aun, de acuerdo con una muy difundida opinión, coincide con lo psíquico por exclusión de lo otro.

El punto de partida para esta indagación lo da el hecho de la conciencia, hecho sin parangón, que desafía todo intento de explicarlo y describirlo. Y, sin embargo, sí uno habla de conciencia, sabe de manera inmediata y por su experiencia personal más genuina lo que se mienta con ello (ver nota). Muchos, situados tanto dentro de la ciencia como fuera de ella, se conforman con adoptar el supuesto de que la conciencia es, sólo ella, lo psíquico, y entonces en la psicología no resta por hacer más que distinguir en el interior de la fenomenología psíquica entre percepciones, sentimientos, procesos cognitivos y actos de voluntad. Ahora bien, hay general acuerdo en que estos procesos concientes no forman unas series sin lagunas, cerradas en sí mismas, de suerte que no habría otro expediente que adoptar el supuesto de unos procesos físicos o somáticos concomitantes de lo psíquico, a los que parece preciso atribuir una perfección mayor que a las series psíquicas, pues algunos de ellos tienen procesos concientes paralelos y otros no. Esto sugiere de una manera natural poner el acento, en psicología, sobre estos procesos somáticos, reconocer en ellos lo psíquico genuino y buscar una apreciación diversa para los procesos concientes. Ahora bien, la mayoría de los filósofos, y muchos otros aún, se revuelven contra esto y declaran que algo psíquico inconciente sería un contrasentido.

Sin embargo, tal es la argumentación que el psicoanálisis se ve obligado a adoptar, y este es su segundo supuesto fundamental [cf. AE, 23, pág. 143]. Declara que esos procesos concomitantes presuntamente somáticos son lo psíquico genuino, y para hacerlo prescinde al comienzo de la cualidad de la conciencia. Y no está solo en esto. Muchos pensadores, por ejemplo Theodor Lipps, han formulado lo mismo con iguales palabras, y el universal descontento con la concepción usual de lo psíquico ha traído por consecuencia que algún concepto de lo inconciente demandara, con urgencia cada vez mayor, ser acogido en el pensar psicológico, sí bien lo consiguió de un modo tan impreciso e inasible que no pudo cobrar influjo alguno sobre la ciencia (ver nota).

No obstante que en esta diferencia entre el psicoanálisis y la filosofía pareciera tratarse sólo de un desdeñable problema de definición sobre si el nombre de «psíquico» ha de darse a esto o a estotro, en realidad ese paso ha cobrado una significatividad enorme. Mientras que la psicología de la conciencia nunca salió de aquellas series lagunosas, que evidentemente dependen de otra cosa, la concepción según la cual lo psíquico es en sí inconciente permite configurar la psicología como una ciencia natural entre las otras. Los procesos de que se ocupa son en sí tan indiscernibles como los de otras ciencias, químicas o físicas, pero es posible establecer las leyes a que obedecen, perseguir sus vínculos recíprocos y sus relaciones de dependencia sin dejar lagunas por largos trechos -o sea, lo que se designa como entendimiento del ámbito de fenómenos naturales en cuestión-. Para ello, no puede prescindir de nuevos supuestos ni de la creación de conceptos nuevos, pero a estos no se los ha de menospreciar como testimonios de nuestra perplejidad, sino que ha de estimárselos como enriquecimientos de la ciencia; poseen títulos para que se les otorgue, en calidad de aproximaciones, el mismo valor que a las correspondientes construcciones intelectuales auxiliares de otras ciencias naturales, y esperan ser modificados, rectificados y recibir una definición más fina mediante una experiencia acumulada y tamizada. Por tanto, concuerda en un todo con nuestra expectativa que los conceptos fundamentales de la nueva ciencia, sus principios (pulsión, energía nerviosa, entre otros), permanezcan durante largo tiempo tan imprecisos como los de las ciencias más antiguas (fuerza, masa, atracción).

Todas las ciencias descansan en observaciones y experiencias mediadas por nuestro aparato psíquico; pero como nuestra ciencia tiene por objeto a ese aparato mismo, cesa la analogía. Hacemos nuestras observaciones por medio de ese mismo aparato de percepción, justamente con ayuda de las lagunas en el interior de lo psíquico, en la medida en que completamos lo faltante a través de unas inferencias evidentes y lo traducimos a material conciente. De tal suerte, establecemos, por así decir, una serie complementaria conciente de lo psíquico inconciente. Sobre el carácter forzoso de estas inferencias reposa la certeza relativa de nuestra ciencia psíquica. Quien profundice en este trabajo hallará que nuestra técnica resiste cualquier crítica.

En el curso de ese trabajo se nos imponen los distingos que designamos como cualidades psíquicas. En cuanto a lo que llamamos «conciente», no hace falta que lo caractericemos; es lo mismo que la conciencia de los filósofos y de la opinión popular. Todo lo otro psíquico es para nosotros lo «inconciente». Enseguida nos vemos llevados a suponer dentro de eso inconciente una importante separación. Muchos procesos nos devienen con facilidad concientes, y si luego no lo son más, pueden devenirlo de nuevo sin dificultad; como se suele decir, pueden ser reproducidos o recordados. Esto nos avisa que la conciencia en general no es sino un estado en extremo pasajero. Lo que es conciente, lo es sólo por un momento. Si nuestras percepciones no corroboran esto, no es más que una contradicción aparente; se debe a que los estímulos de la percepción pueden durar un tiempo más largo, siendo así posible repetir la percepción de ellos. Todo este estado de cosas se vuelve más nítido en torno de la percepción conciente de nuestros procesos cognitivos, que por cierto también perduran, pero de igual modo pueden discurrir en un instante. Entonces, preferimos llamar «susceptible de conciencia» o preconciente a todo lo inconciente que se comporta de esa manera -o sea, que puede trocar con facilidad el estado inconciente por el estado conciente-. La experiencia nos ha enseñado que difícilmente exista un proceso psíquico, por compleja que sea su naturaleza, que no pueda permanecer en ocasiones preconciente aunque por regla general se adelante hasta la conciencia, como lo decimos en nuestra terminología. Otros procesos psíquicos, otros contenidos, no tienen un acceso tan fácil al devenir-conciente, sino que es preciso inferirlos de la manera descrita, colegirlos y traducirlos a expresión conciente. Para estos reservamos el nombre de «lo inconciente genuino».

Así pues, hemos atribuido a los procesos psíquicos tres cualidades: ellos son concientes, preconcientes o inconcientes. La separación entre las tres clases de contenidos que llevan esas cualidades no es absoluta ni permanente. Lo que es preconciente deviene conciente, según vemos, sin nuestra colaboración; lo inconciente puede ser hecho conciente en virtud de nuestro empeño, a raíz de lo cual es posible que tengamos a menudo la sensación de haber vencido unas resistencias intensísimas. Cuando emprendemos este intento en otro individuo, no debemos olvidar que el llenado conciente de sus lagunas perceptivas, la construcción que le proporcionamos, no significa todavía que hayamos hecho conciente en él mismo el contenido inconciente en cuestión. Es que este contenido al comienzo está presente en él en una fijación doble: una vez, dentro de la reconstrucción conciente que ha escuchado, y, además, en su estado inconciente originario. Luego, nuestro continuado empeño consigue las más de las veces que eso inconciente le devenga conciente a él mismo, por obra de lo cual las dos fijaciones pasan a coincidir. La medida de nuestro empeño, según la cual estimamos nosotros la resistencia al devenir-conciente, es de magnitud variable en cada caso. Por ejemplo, lo que en el tratamiento analítico es el resultado de nuestro empeño puede acontecer también de una manera espontánea, un contenido de ordinario inconciente puede mudarse en uno preconciente y luego devenir conciente, como en vasta escala sucede en estados psicóticos. De esto inferimos que el mantenimiento de ciertas resistencias internas es una condición de la normalidad. Un relajamiento así de las resistencias, con el consecuente avance de un contenido inconciente, se produce de manera regular en el estado del dormir, con lo cual queda establecida la condición para que se formen sueños. A la inversa, un contenido preconciente puede ser temporariamente inaccesible, estar bloqueado por resistencias, como ocurre en el olvido pasajero (escaparse algo de la memoria), o aun cierto pensamiento preconciente puede ser trasladado temporariamente al estado inconciente, lo que parece ser la condición del chiste. Veremos que una mudanza hacia atrás como esta, de contenidos (o procesos) preconcientes al estado inconciente, desempeña un gran papel en la causación de perturbaciones neuróticas.

Expuesta así, con esa generalidad y simplificación, la doctrina de las tres cualidades de lo psíquico más parece una fuente de interminables confusiones que un aporte al esclarecimiento. Pero no se olvide que en verdad no es una teoría, sino una primera rendición de cuentas sobre los hechos de nuestras observaciones; ella se atiene con la mayor cercanía posible a esos hechos, y no intenta explicarlos. Y acaso las complicaciones que pone en descubierto permitan aprehender las particulares dificultades con que tiene que luchar nuestra investigación. Pero cabe conjeturar que esta doctrina se nos hará más familiar cuando estudiemos los vínculos que se averiguan entre las cualidades psíquicas y las provincias o instancias del aparato psíquico, por nosotros supuestas. Es cierto que tampoco estos vínculos tienen nada de simples.

El devenir-conciente se anuda, sobre todo, a las percepciones que nuestros órganos sensoriales obtienen del mundo exterior. Para el abordaje tópico, por tanto, es un fenómeno que sucede en el estrato cortical más exterior del yo. Es cierto que también recibirnos noticias concientes del interior del cuerpo, los sentimientos, y aun ejercen estos un influjo más imperioso sobre nuestra vida anímica que las percepciones externas; además, bajo ciertas circunstancias, también los órganos de los sentidos brindan sentimientos, sensaciones de dolor, diversas de sus percepciones específicas. Pero dado que estas sensaciones, como se las llama para distinguirlas de las percepciones concientes, parten también de los órganos terminales, y a todos estos los concebimos como prolongación, como unos emisarios del estrato cortical, podemos mantener la afirmación anterior. La única diferencia sería que para los órganos terminales, en el caso de las sensaciones y sentimientos, el cuerpo mismo sustituiría al mundo exterior.

Unos procesos concientes en la periferia del yo, e inconciente todo lo otro en el interior del yo: ese sería el más simple estado de cosas que deberíamos adoptar como supuesto. Acaso sea la relación que efectivamente exista entre los animales; en el hombre se agrega una complicación en virtud de la cual también procesos interiores del yo pueden adquirir la cualidad de la conciencia. Esto es obra de la función del lenguaje, que conecta con firmeza los contenidos del yo con restos mnémicos de las percepciones visuales, pero, en particular, de las acústicas. A partir de ahí, la periferia percipiente del estrato cortical puede ser excitada desde adentro en un radio mucho mayor, pueden devenir concientes procesos internos, así como decursos de representación y procesos cognitivos, y es menester un dispositivo particular que diferencie entre ambas posibilidades, el llamado examen de realidad: La equiparación percepción = realidad objetiva (mundo exterior) se ha vuelto cuestionable. Errores que ahora se producen con facilidad, y de manera regular en el sueño, reciben el nombre de alucinaciones.

El interior del yo, que abarca sobre todo los procesos cognitivos, tiene la cualidad de lo preconciente. Esta cualidad es característica del yo, le corresponde sólo a él. Sin embargo, no sería correcto hacer de la conexión con los restos mnémicos del lenguaje la condición del estado preconciente; antes bien, este es independiente de aquella, aunque la presencia de esa conexión permite inferir con certeza la naturaleza preconciente del proceso. No obstante, el estado preconciente, singularizado por una parte en virtud de su acceso a la conciencia y, por la otra, merced a su enlace con los restos de lenguaje, es algo particular, cuya naturaleza estos dos caracteres no agotan. La prueba de ello es que grandes sectores del yo, sobre todo del superyó -al cual no se le puede cuestionar el carácter de lo preconciente-, las más de las veces permanecen inconcientes en el sentido fenomenológico. No sabemos por qué es preciso que sea así. Más adelante intentaremos abordar el problema de averiguar la efectiva naturaleza de lo preconciente.

Lo inconciente es la cualidad que gobierna de manera exclusiva en el interior del ello. Ello e inconciente se co-pertenecen de manera tan íntima como yo y preconciente, y aun la relación es en el primer caso más excluyente aún. Una visión retrospectiva sobre la historia de desarrollo de la persona y su aparato psíquico nos permite comprobar un sustantivo distingo en el interior del ello. Sin duda que en el origen todo era ello; el yo se ha desarrollado por el continuado influjo del mundo exterior sobre el ello. Durante ese largo desarrollo, ciertos contenidos del ello se mudaron al estado preconciente y así fueron recogidos en el yo. Otros permanecieron inmutados dentro del ello como su núcleo, de difícil acceso. Pero en el curso de ese desarrollo, el yo joven y endeble devuelve hacia atrás, hacia el estado inconciente, ciertos contenidos que ya había acogido, los abandona, y frente a muchas impresiones nuevas que habría podido recoger se comporta de igual modo, de suerte que estas, rechazadas, sólo podrían dejar como secuela una huella en el ello. A este último sector del ello lo llamamos, por miramiento a su génesis, lo reprimido (esforzado al desalojo}. Importa poco que no siempre podamos distinguir de manera tajante entre estas dos categorías en el interior del ello. Coinciden, aproximadamente, con la separación entre lo congénito originario y lo adquirido en el curso del desarrollo yoico.

Ahora bien, si nos hemos decidido a la descomposición tópica del aparato psíquico en yo y ello, con la cual corre paralelo el distingo de la cualidad de preconciente e inconciente, y hemos considerado esta cualidad sólo como un indicio del distingo, no como su esencia, ¿en qué consiste la naturaleza genuina del estado que se denuncia en el interior del ello por la cualidad de lo inconciente, y en el interior del yo por la de lo preconciente, y en qué consiste el distingo entre ambos?

Pues bien; sobre eso nada sabemos, y desde el trasfondo de esta ignorancia, envuelto en profundas tinieblas, nuestras escasas intelecciones se recortan harto mezquinas. Nos hemos aproximado aquí al secreto de lo psíquico, en verdad todavía no revelado. Suponemos, según estamos habituados a hacerlo por otras ciencias naturales, que en la vida anímica actúa una clase de energía, pero nos falta cualquier asidero para acercarnos a su conocimiento por analogía con otras formas de energía. Creemos discernir que la energía nerviosa o psíquica se presenta en dos formas, una livianamente móvil y una más bien ligada; hablamos de investiduras y sobreinvestiduras de los contenidos, y aun aventuramos la conjetura de que una «sobreinvestidura» establece una suerte de síntesis de diversos procesos, en virtud de la cual la energía libre es traspuesta en energía ligada(Que quiere decir?). Si bien no hemos avanzado más allá de ese punto, sostenemos la opinión de que el distingo entre estado inconciente y preconciente se sitúa en constelaciones dinámicas de esa índole, lo cual permitiría entender que uno de ellos pueda ser trasportado al otro de manera espontánea o mediante nuestra colaboración.

Tras todas estas incertidumbres se asienta, empero, un hecho nuevo cuyo descubrimiento debemos a la investigación psicoanalítica. Hemos averiguado que los procesos de lo inconciente o del ello obedecen a leyes diversas que los producidos en el interior del yo preconciente. A esas leyes, en su totalidad, las llamamos proceso primario, por oposición al proceso secundario que regula los decursos en lo preconciente, en el yo. De este modo, pues, el estudio de las cualidades psíquicas no se habría revelado infecundo a la postre.

V.             Un ejemplo:   La interpretación de los sueños

La indagación de estados normales, estables, en los que las fronteras del yo respecto del ello están aseguradas mediante resistencias (contrainvestiduras), en los que esas fronteras no se han movido y el superyó no se distingue del yo pues ambos trabajan de consuno, una indagación así, decimos, nos aportaría escaso esclarecimiento. Sólo podrán hacernos adelantar los estados de conflicto y de sublevación, cuando el contenido del ello inconciente tiene perspectivas de penetrar en la conciencia y el yo ha vuelto a ponerse en guardia contra su intrusión. Sólo bajo estas condiciones podemos hacer las observaciones que confirmen o rectifiquen nuestras noticias sobre ambos copartícipes. Ahora bien, un estado así es el dormir nocturno, y por eso mismo la actividad psíquica en el dormir, que percibimos como sueño, es nuestro objeto de estudio más propicio. Además, de ese modo evitamos el reproche, oído con tanta frecuencia, de que nosotros construiríamos la vida anímica normal siguiendo los hallazgos de la patología; en efecto, el sueño es un suceso regular en la vida de los seres humanos normales, aun cuando sus caracteres se puedan distinguir de las producciones de nuestra vida de vigilia. El sueño, como es de todos consabido, puede ser confuso, ininteligible, sin sentido alguno; llegado el caso, sus indicaciones contradicen todo nuestro saber de la realidad, y nos comportamos como unos enfermos mentales pues, mientras soñamos, atribuimos a los contenidos del sueño una realidad objetiva.

Echamos a andar por el camino hacía el entendimiento («interpretación») del sueño si suponemos que aquello por nosotros recordado como sueño tras el despertar no es el proceso onírico efectivo y real, sino sólo una fachada tras la cual el sueño se oculta. Es nuestro distingo entre un contenido manifiesto del sueño y los pensamientos oníricos latentes. Y llamamos trabajo del sueño al proceso que de los segundos hace surgir el primero. El estudio del trabajo del sueño nos enseña, mediante un destacado ejemplo, cómo un material inconciente, un material originario y reprimido, se impone al yo, deviene preconciente y en virtud de la revuelta del yo experimenta las alteraciones que conocemos como desfiguración onírica. Ninguno de los caracteres del sueño deja de hallar esclarecimiento de esta manera.

Lo mejor es empezar comprobando que hay dos clases de ocasiones para la formación del sueño. O bien una moción pulsional de ordinario sofocada (un deseo inconciente) ha hallado mientras uno duerme la intensidad que le permite hacerse valer en el interior del yo, o bien una aspiración que quedó pendiente de la vida de vigilia, una ilación de pensamiento preconciente con todas las mociones conflictivas que de ella dependen, ha hallado en el dormir un refuerzo por un elemento inconciente. Vale decir, sueños desde el ello o desde el yo. El mecanismo de la formación del sueño es para ambos casos el mismo, y también la condición dinámica es idéntica. El yo prueba su tardía génesis a partir del ello suspendiendo temporariamente sus funciones y permitiendo el regreso a un estado anterior. Esto acontece de la manera correcta cuando interrumpe sus vínculos con el mundo exterior y retira sus investiduras de los órganos de los sentidos. Uno puede decir, con derecho, que al nacer se ha engendrado una pulsión a regresar a la vida intrauterina abandonada, una pulsión de dormir. El dormir es un regreso tal al seno materno. Como el yo de la vigilia gobierna la motilidad, esta función está paralizada en el estado del dormir y, por eso, se vuelven superfluas buena parte de las inhibiciones que pesaban sobre el ello inconciente. De esta manera, el recogimiento o rebajamiento de esas «contrainvestiduras» permite al ello una medida de libertad que ahora es inocua.

Las pruebas de la participación del ello inconciente en la formación del sueño son abundantes y de fuerza demostrativa. a) La memoria del sueño es mucho más amplia que la del estado de vigilia. El sueño trae recuerdos que el soñante ha olvidado y le eran inasequibles en la vigilia. b) El sueño usa sin restricción alguna unos símbolos lingüísticos cuyo significado el soñante la mayoría de las veces desconoce. Empero, mediante nuestra experiencia podemos corroborar su sentido. Es probable que provengan de fases anteriores del desarrollo del lenguaje. c) La memoria del sueño reproduce muy a menudo impresiones de la primera infancia del soñante, de las cuales podemos aseverar de manera precisa que no sólo han sido olvidadas, sino que devinieron inconcientes por obra de la represión. Sobre esto se basa la ayuda, indispensable las más de las veces, que el sueño presta para reconstruir la primera infancia del soñante, cosa que nosotros intentamos en el tratamiento analítico de las neurosis. d) Además, el sueño saca a la luz contenidos que no pueden provenir de la vida madura ni de la infancia olvidada del soñante. Nos vemos obligados a considerarlos parte de la herencia arcaica que el niño trae congénita al mundo, antes de cualquier experiencia propia, influido por el vivenciar de los antepasados. Y luego hallamos el pendant de ese material filogenético en las sagas más antiguas de la humanidad y en las supervivencias de la costumbre. El sueño se erige así, respecto de la prehistoria humana, en una fuente no despreciable.

Ahora bien, lo que vuelve al sueño tan inestimable para nuestra intelección es la circunstancia de que el material inconciente trae consigo, cuando penetra en el yo, sus modalidades de trabajo. Esto quiere decir que los pensamientos preconcientes en los cuales halló su expresión son tratados, en el curso del trabajo del sueño, como si fueran sectores inconcientes del ello; y, en el otro caso de formación del sueño, los pensamientos preconcientes que consiguieron un refuerzo de la moción pulsional inconciente son degradados al estado inconciente. Sólo por este camino averiguamos las leyes del decurso en el interior de lo inconciente, y aquello que las distingue de las reglas, por nosotros consabidas, del pensar de vigilia. El trabajo del sueño es, pues, en lo esencial, un caso de elaboración inconciente de procesos de pensamiento preconcientes. Para tomar un símil de la historia: Los conquistadores que penetran con violencia en un país no lo tratan según el derecho que ahí encuentran, sino de acuerdo con el suyo propio. Sin embargo, el resultado del trabajo del sueño es inequívocamente un compromiso. En la desfiguración impuesta al material inconciente y en los intentos, harto a menudo insuficientes, por dar al todo una forma todavía aceptable para el yo (elaboración secundaria), se discierne el influjo de la organización yoica aún no paralizada. Es, en nuestro símil, la expresión de la resistencia que signen ofreciendo los sometidos.

Las leyes del decurso en lo inconciente que de este modo salen a la luz son asaz raras y bastan para explicar la mayor parte de lo que en el sueño nos parece ajeno. Hay, sobre todo, una llamativa tendencia a la condensación, una inclinación a formar nuevas unidades con elementos que en el pensar de vigilia habríamos mantenido sin duda separados. A consecuencia de ello, un único elemento del sueño manifiesto suele subrogar a todo un conjunto de pensamientos oníricos latentes como si fuera una alusión común a estos, y, en general, la extensión del sueño manifiesto está extraordinariamente abreviada por comparación al rico material del cual surgió. Otra propiedad del trabajo del sueño, no del todo independiente de la primera, es la presteza para el desplazamiento de intensidades psíquicas (investiduras) de un elemento sobre otro, de suerte que a menudo en el sueño manifiesto un elemento aparece como el más nítido y, por ello, como el más importante, pese a que en los pensamientos oníricos era accesorio; y a la inversa, elementos esenciales de los pensamientos oníricos son subrogados en el sueño manifiesto sólo por unos indicios mínimos. Además, al trabajo del sueño le bastan, las más de las veces, unas relaciones de comunidad harto ínfimas para sustituir un elemento por otro en todas las operaciones ulteriores. Bien se advierte cuánto habrán de dificultar estos mecanismos de la condensación y el desplazamiento la interpretación del sueño y el descubrimiento de los vínculos entre sueño manifiesto y pensamientos oníricos latentes. De la prueba de estas dos tendencias a la condensación y el desplazamiento, nuestra teoría deduce que en el ello inconciente la energía se encuentra en un estado de movilidad más libre, y que al ello le importa, más que nada, la posibilidad de la descarga para cantidades de excitación (vere nota); así, nuestra teoría emplea ambas propiedades para caracterizar el proceso primario atribuido al ello.

Por el estudio del trabajo del sueño hemos tomado noticia de muchas otras particularidades, tan asombrosas como importantes, de los procesos que ocurren en el interior de lo inconciente. Aquí hemos de mencionar sólo algunas. Las reglas decisorias de la lógica no tienen validez alguna en lo inconciente; se puede decir que es el reino de la alógica. Aspiraciones de metas contrapuestas coexisten lado a lado en lo inconciente sin mover a necesidad alguna de compensarlas. O bien no se influyen para nada entre si, o, si ello ocurre, no se produce ninguna decisión, sino un compromiso que se vuelve disparatado por incluir juntos unos elementos inconciliables. Con esto se relaciona que los opuestos no se separen, sino que sean tratados como idénticos, de suerte que en el sueño manifiesto cada elemento puede significar también su contrario. Algunos lingüistas han discernido que en las lenguas más antiguas sucedía lo mismo, y opuestos como fuerte-débil, claro-oscuro, alto-profundo se expresaban originariamente por medio de una misma raíz, hasta que dos diversas modificaciones de la palabra primordial separaron entre sí ambos significados. Restos del doble sentido originario se conservarían en una lengua tan evolucionada como el latín, en el uso de «altus» («alto» y «profundo»), «sacer» («sagrado» e «impío»), etc. (ver nota).

En vista de la complicación y la multivocidad {Vieldeutigkeit; «indicación múltiple»} de los vínculos entre el sueño manifiesto y el contenido latente, que tras aquel yace, es desde luego legítimo preguntar por el camino siguiendo el cual se consigue derivar lo uno de lo otro, y si para esto sólo dependemos de la suerte que tengamos en colegirlo, apoyándonos acaso en la traducción de los símbolos que aparecen en el sueño manifiesto. Se está autorizado a informar lo siguiente: En la gran mayoría de los casos esa tarea admite solución satisfactoria, pero ello sólo con ayuda de las asociaciones que el soñante mismo brinde para los elementos del contenido manifiesto. Cualquier otro procedimiento será arbitrario y no proporcionará seguridad alguna. Pues bien, las asociaciones del soñante traen a la luz los eslabones intermedios que insertamos en las lagunas entre ambos [el contenido manifiesto y el latente] y con cuyo auxilio restablecemos el contenido latente del sueño, podemos «interpretar» el sueño. No es asombroso que en ocasiones este trabajo de interpretación, contrapuesto al trabajo del sueño, no alcance la certeza plena.

Nos queda todavía por dar el esclarecimiento dinámico de la razón por la cual el yo durmiente asume la tarea del trabajo del sueño. Por suerte, es fácil descubrirlo. Todo sueño en tren de formación eleva al yo, con el auxilio de lo inconciente, una demanda de satisfacer una pulsión, si proviene del ello; de solucionar un conflicto, cancelar una duda, establecer un designio, si proviene de un resto de actividad preconciente en la vida de vigilia. Ahora bien, el yo durmiente está acomodado para retener con firmeza el deseo de dormir, siente esa demanda como una perturbación y procura eliminarla. Y el yo lo consigue mediante un acto de aparente condescendencia, contraponiendo a la demanda, para cancelarla, un cumplimiento de deseo que es inofensivo bajo esas circunstancias. Esta sustitución de la demanda por un cumplimiento de deseo constituye la operación esencial del trabajo del sueño. Quizá no huelgue ilustrar esto con tres ejemplos simples: un sueño de hambre, uno de comodidad y uno de necesidad sexual. En el soñante, dormido, se anuncia una necesidad de comer, sueña con un soberbio banquete y sigue durmiendo. Desde luego, tenía la opción entre despertarse para comer o continuar su dormir. Se decidió por esto último y satisfizo su hambre mediante el sueño. Al menos por un rato; si el hambre persiste, no tendrá más remedio que despertar. El otro caso: el soñante (es médico y} debe despertar a fin de encontrarse en la clínica a cierta hora. Pero sigue durmiendo y sueña que ya está ahí, es verdad que como paciente, y entonces no necesita abandonar su lecho. O bien por la noche se mueve en él la añoranza de gozar de un objeto sexual prohibido, la esposa de un amigo. Sueña que mantiene comercio sexual, no con esa persona, ciertamente, pero sí con otra que lleva igual nombre, por más que esta le resulta indiferente. O su revuelta se exterioriza en permanecer la amada en total anonimato.

Desde luego que no todos los casos se presentan tan simples; en particular, en los sueños que parten de restos diurnos no tramitados y no han hecho sino procurarse en el estado del dormir un refuerzo inconciente, suele no ser fácil poner en descubierto la fuerza pulsional inconciente y su cumplimiento de deseo, pero es lícito suponer su presencia en todos los casos. La tesis de que el sueño es un cumplimiento de deseo será recibida con incredulidad si se recuerda cuántos sueños poseen un contenido directamente penoso o aun hacen que el soñante despierte presa de angustia, para no hablar de los tantísimos sueños que carecen de un tono de sentimiento definido. Pero la objeción del sueño de angustia no resiste al análisis. No se debe olvidar que el sueño es en todos los casos el resultado de un conflicto, una suerte de formación de compromiso. Lo que para el ello inconciente es una satisfacción puede ser para el yo, y por eso mismo, ocasión de angustia.

Según ande el trabajo del sueño, unas veces lo inconciente se habrá abierto paso mejor, y otras el yo se habrá defendido con más energía. Los sueños de angustia son casi siempre aquellos cuyo contenido ha experimentado la desfiguración mínima. Si la demanda de lo inconciente se vuelve demasiado grande, a punto tal que el yo durmiente ya no sea capaz de defenderse de ella con los medios de que dispone, este resignará el deseo de dormir y regresará a la vida despierta. Se dará razón de todas las experiencias diciendo que el sueño es siempre un intento de eliminar la perturbación del dormir por medio de un cumplimiento de deseo; que es, por tanto, el guardián del dormir. Ese intento puede lograrse de manera más o menos perfecta; también puede fracasar, y entonces el durmiente despierta, en apariencia por obra de ese mismo sueño. De igual modo, el valiente guardián nocturno cuya misión es velar por el reposo de la pequeña ciudad no tiene más remedio, en ciertas circunstancias, que armar alboroto y despertar a los ciudadanos que duermen.

Para concluir estas elucidaciones, asentemos la comunicación que justificará el habernos demorado tanto en el problema de la interpretación de los sueños. Ha resultado que los mecanismos inconcientes que hemos discernido merced al estudio del trabajo del sueño, y que nos explicaron la formación de este, permiten también inteligir las enigmáticas formaciones de síntoma en virtud de las cuales las neurosis y psicosis reclaman nuestro interés. Una coincidencia como esta no puede menos que despertar en nosotros grandes esperanzas.

Parte II. La tarea práctica

VI.           La técnica psicoanalítica

El sueño es, pues, una psicosis, con todos los despropósitos, formaciones delirantes y espejismos sensoriales que ella supone. Por cierto que una psicosis de duración breve, inofensiva, hasta encargada de una función útil; es introducida con la aquiescencia de la persona, y un acto de su voluntad le pone término. Pero es, con todo, una psicosis, y de ella aprendemos que incluso una alteración tan profunda de la vida anímica puede ser deshecha, puede dejar sitio a la función normal. Así las cosas, ¿es osado esperar que haya de ser posible someter a nuestro influjo, y aportar curación, a las enfermedades espontáneas de la vida anímica, incluso las más temidas?

Sabemos ya mucho para preparar esta empresa. Según nuestra premisa, el yo tiene la tarea de obedecer a sus tres vasallajes -de la realidad objetiva, del ello y del superyó- y mantener pese a todo su organización, afirmar su autonomía. La condición de los estados patológicos mencionados sólo puede consistir en un debilitamiento relativo o absoluto del yo, que le imposibilita cumplir sus tareas. El más duro reclamo para el yo es probablemente sofrenar las exigencias pulsionales del ello, para lo cual tiene que solventar grandes gastos de contrainvestiduras. Ahora bien, también la exigencia del superyó puede volverse tan intensa e implacable que el yo se quede como paralizado frente a sus otras tareas. En los conflictos económicos que de ahí resultan vislumbramos que a menudo ello y superyó hacen causa común contra el oprimido yo, quien para conservar su norma quiere aferrarse a la realidad objetiva. Si los dos primeros devienen demasiado fuertes, consiguen menguar y alterar la organización del yo hasta el punto de perturbar, o aun cancelar, su vínculo correcto con la realidad objetiva. Lo hemos visto en el caso del sueño; cuando el yo se desase de la realidad del mundo exterior, cae en la psicosis bajo el influjo del mundo interior.

Sobre estas intelecciones fundamos nuestro plan terapéutico. El yo está debilitado por el conflicto interior, y nosotros tenemos que acudir en su ayuda. Es como una guerra civil destinada a ser resuelta mediante el auxilio de un aliado de afuera. El médico analista y el yo debilitado del enfermo, apuntalados en el mundo exterior objetivo {real}, deben formar un bando contra los enemigos, las exigencias pulsionales del ello y las exigencias de conciencia moral del superyó. Celebramos un pacto {Vertrag; «contrato»}. El yo enfermo nos promete la más cabal sinceridad, o sea, la disposición sobre todo el material que su percepción de sí mismo le brinde, y nosotros le aseguramos la más estricta discreción y ponemos a su servicio nuestra experiencia en la interpretación del material influido por lo inconciente. Nuestro saber debe remediar su no saber, debe devolver al yo del paciente el imperio sobre jurisdicciones perdidas de la vida anímica. En este pacto consiste la situación analítica.

Enseguida de dar este paso nos espera ya la primera desilusión, el primer llamado a la modestia. Para que el yo del enfermo sea un aliado valioso en nuestro trabajo común tiene que conservar, desafiando toda la apretura a que lo someten los poderes enemigos de él, cierto grado de coherencia, alguna intelección para las demandas de la realidad efectiva. Pero no se puede esperar eso del yo del psicótico, incapaz de cumplir un pacto así, y apenas de concertarlo. Pronto habrá arrojado a nuestra persona y el auxilio que le ofrecemos a los sectores del mundo exterior que ya no significan nada para él. Discernimos, pues, que se nos impone la renuncia a ensayar nuestro plan curativo en el caso del psicótico. (Entonces el psicoanilis no trata con psicotico? No puede con ellos’) Y esa renuncia puede ser definitiva o sólo temporaria, hasta que hallemos otro plan más idóneo para él.

Existe, sin embargo, otra clase de enfermos psíquicos, evidentemente muy próximos a los psicóticos: el enorme número de los neuróticos de padecimiento grave. Las condiciones de la enfermedad, así como los mecanismos patógenos, por fuerza serán en ellos los mismos o, al menos, muy semejantes. Pero su yo ha mostrado ser capaz de mayor resistencia, se ha desorganizado menos. Muchos de ellos pudieron afianzarse en la vida real a despecho de todos sus achaques y de las insuficiencias por estos causadas. Acaso estos neuróticos se muestren prestos a aceptar nuestro auxilio. A ellos limitaremos nuestro interés, y probaremos hasta dónde, y por cuáles caminos, podemos «curarlos».

Con los neuróticos, entonces, concertamos aquel pacto: sinceridad cabal a cambio de una estricta discreción. Esto impresiona como si buscáramos la posición de un confesor profano. Pero la diferencia es grande, ya que no sólo queremos oír de él lo que sabe y esconde a los demás, sino que debe referirnos también lo que no sabe. Con este propósito, le damos una definición más precisa de lo que entendemos por sinceridad. Lo comprometemos a observar la regla fundamental del psicoanálisis, que en el futuro debe {sollen} gobernar su conducta hacia nosotros. No sólo debe comunicarnos lo que él diga adrede y de buen grado, lo que le traiga alivio, como en una confesión, sino también todo lo otro que se ofrezca a su observación de sí, todo cuanto le acuda a la mente, aunque sea desagradable decirlo, aunque le parezca sin importancia y hasta sin sentido. Si tras esta consigna consigue desarraigar su autocrítica, nos ofrecerá una multitud de material, pensamientos, ocurrencias, recuerdos, que están ya bajo el influjo de lo inconciente, a menudo son sus directos retoños, y así nos permiten colegir lo inconciente reprimido en él y, por medio de nuestra comunicación, ensanchar la noticia que su yo tiene sobre su inconciente.

Pero el papel de su yo no se limita a brindarnos, en obediencia pasiva, el material pedido y a dar crédito a nuestra traducción de este. Nada de eso. Muchas otras cosas suceden; de ellas, algunas que podíamos prever y otras que por fuerza nos sorprenden. Lo más asombroso es que el paciente no se reduce a considerar al analista, a la luz de la realidad objetiva, como el auxiliador y consejero a quien además se retribuye por su tarea, y que de buena gana se conformaría con el papel, por ejemplo, de guía para una difícil excursión por la montaña; no, sino que ve en él un retorno -reencarnación- de una persona importante de su infancia de su pasado, y por eso trasfiere sobre él sentimientos y reacciones que sin duda se referían a ese arquetipo. Este hecho de la trasferencia pronto demuestra ser un factor de insospechada significatividad: por un lado, un recurso auxiliar de valor insustituible; por el otro, una fuente de serios peligros. Esta trasferencia es ambivalente, incluye actitudes positivas, tiernas, así como negativas, hostiles, hacia el analista, quien por lo general es puesto en el lugar de un miembro de la pareja parental, el padre o la madre. Mientras es positiva nos presenta los mejores servicios. Altera la situación analítica entera, relega el propósito, acorde a la ratio, de sanar y librarse del padecimiento. En su lugar, entra en escena el propósito de agradar al analista, ganar su aprobación, su amor. Se convierte en el genuino resorte que pulsiona la colaboración del paciente; el yo endeble deviene fuerte, bajo el influjo de ese propósito obtiene logros que de otro modo le habrían sido imposibles, suspende sus síntomas, se pone sano en apariencia; sólo por amor al analista. Y este habrá de confesarse, abochornado, que inició una difícil empresa sin vislumbrar siquiera los extraordinarios y potentes recursos de que dispondría.

La relación trasferencial conlleva, además, otras dos ventajas. Si el paciente pone al analista en el lugar de su padre (o de su madre), le otorga también el poder que su superyó ejerce sobre su yo, puesto que estos progenitores han sido el origen del superyó. Y entonces el nuevo superyó tiene oportunidad para una suerte de poseducación del neurótico, puede corregir desaciertos en que incurrieran los padres en su educación. Es verdad que cabe aquí la advertencia de no abusar del nuevo influjo. Por tentador que pueda resultarle al analista convertirse en maestro, arquetipo e ideal de otros, crear seres humanos a su imagen y semejanza, no tiene permitido olvidar que no es esta su tarea en la relación analítica, e incluso sería infiel a ella si se dejara arrastrar por su inclinación. No haría entonces sino repetir un error de los padres, que con su influjo ahogaron la independencia del niño, y sustituir aquel temprano vasallaje por uno nuevo. Es que el analista debe, no obstante sus empeños por mejorar y educar, respetar la peculiaridad del paciente. La medida de influencia que haya de considerar legítima estará determinada por el grado de inhibición del desarrollo que halle en el paciente. Algunos neuróticos han permanecido tan infantiles que aun en el análisis sólo pueden ser tratados como unos niños.

Otra ventaja de la trasferencia es que en ella el paciente escenifica ante nosotros, con plástica nitidez, un fragmento importante de su biografía, sobre el cual es probable que en otro caso nos hubiera dado insuficiente noticia. Por así decir, actúa {agieren} ante nosotros, en lugar de informarnos.

Pasemos ahora al otro lado de la relación. Puesto que la trasferencia reproduce el vínculo con los padres, asume también su ambivalencia. Difícilmente se pueda evitar que la actitud positiva hacia el analista se trueque de golpe un día en la negativa, hostil. También esta es de ordinario una repetición del pasado. La obediencia al padre (si de este se trataba), el cortejamiento de su favor, arraigaba en un deseo erótico dirigido a su persona. En algún momento esa demanda esfuerza también para salir a la luz dentro de la trasferencia y reclama satisfacción. En la situación analítica sólo puede tropezar con una denegación. Vínculos sexuales reales entre paciente y analista están excluidos, y aun las modalidades más finas de la satisfacción, como la preferencia, la intimidad, etc., son consentidas por el analista sólo mezquinamente. Tal desaire es tomado como ocasión para aquella trasmudación; probablemente así ocurriera en la infancia del enfermo.

Los resultados curativos producidos bajo el imperio de la trasferencia positiva están bajo sospecha de ser de naturaleza sugestiva. Si la trasferencia negativa llega a prevalecer, serán removidos como briznas por el viento. Uno repara, espantado, en que fueron vanos todo el empeño y el trabajo anteriores. Y aun lo que se tenía derecho a considerar una ganancia duradera para el paciente, su inteligencia del psicoanálisis, su fe en la eficacia de este, han desaparecido de pronto. Se comporta como el niño que no posee juicio propio y cree a ciegas a quien cuenta con su amor, nunca al extraño. Es evidente que el peligro de este estado trasferencial consiste en que el paciente desconozca su naturaleza y lo considere como unas nuevas vivencias objetivas, en vez de espejamientos del pasado. Si él (o ella) registra la fuerte necesidad erótica que se esconde tras la trasferencia positiva, creerá haberse enamorado con pasión; si la trasferencia sufre un súbito vuelco, se considerará afrentado y desdeñado, odiará al analista como a su enemigo y estará pronto a resignar el análisis. En ambos casos extremos habrá olvidado el pacto que aceptó al comienzo del tratamiento, se habrá vuelto inepto para proseguir el trabajo en común. El analista tiene la tarea de arrancar al paciente en cada caso de esa peligrosa ilusión, de mostrarle una y otra vez que es un espejismo del pasado lo que él considera una nueva vida real-objetiva. Y a fin de que no caiga en un estado que lo vuelva inaccesible a todo medio de prueba, uno procura que ni el enamoramiento ni la hostilidad alcancen una altura extrema. Se lo consigue si desde temprano se lo prepara para tales posibilidades y no se dejan pasar sus primeros indicios. Este cuidado en el manejo de la trasferencia suele ser ricamente recompensado. Y si se logra, como las más de las veces ocurre, adoctrinar al paciente sobre la real y efectiva naturaleza de los fenómenos trasferenciales, se habrá despojado a su resistencia de un arma poderosa y mudado peligros en ganancias, pues el paciente no olvida más lo que ha vivenciado dentro de las formas de la trasferencia, y tiene para él una fuerza de convencimiento mayor que todo lo adquirido de otra manera.

Es muy indeseable para nosotros que el paciente, fuera de la trasferencia, actúe en lugar de recordar; la conducta ideal para nuestros fines sería que fuera del tratamiento él se comportara de la manera más normal posible y exteriorizara sus reacciones anormales sólo dentro de la trasferencia.

Nuestro camino para fortalecer al yo debilitado parte de la ampliación de su conocimiento de sí mismo. Sabemos que esto no es todo, pero es el primer paso. La pérdida de ese saber importa para el yo menoscabos de poder y de influjo, es el más palpable indicio de que está constreñido y estorbado por los reclamos del ello y del superyó. De tal suerte, la primera pieza de nuestro auxilio terapéutico es un trabajo intelectual y una exhortación al paciente para que colabore en él. Sabemos que esta primera actividad debe facilitarnos el camino hacia otra tarea, más difícil. Ni siquiera durante la introducción debemos perder de vista la parte dinámica de esta última. En cuanto al material para nuestro trabajo, lo obtenemos de fuentes diversas: lo que sus comunicaciones y asociaciones libres nos significan, lo que nos muestra en sus trasferencias, lo que extraemos de la interpretación de sus sueños, lo que él deja traslucir por sus operaciones fallidas. Todo ello nos ayuda a establecer unas construcciones sobre lo que le ha sucedido en el pasado y olvidó, así como sobre lo que ahora sucede en su interior y él no comprende. Y en esto, nunca omitimos mantener una diferenciación estricta entre nuestro saber y su saber. Evitamos comunicarle enseguida lo que hemos colegido a menudo desde muy temprano, o comunicarle todo cuanto creemos haber colegido. Meditamos con cuidado la elección del momento en que hemos de hacerlo consabedor de una de nuestras construcciones; aguardamos hasta que nos parezca oportuno hacerlo, lo cual no siempre es fácil decidirlo. Como regla, posponemos el comunicar una construcción, dar el esclarecimiento, hasta que él mismo se haya aproximado tanto a este que sólo le reste un paso, aunque este paso es en verdad la síntesis decisiva. Si procediéramos de otro modo, si lo asaltáramos con nuestras interpretaciones antes que él estuviera preparado, la comunicación sería infecunda o bien provocaría un violento estallido de resistencia, que estorbaría la continuación del trabajo o aun la haría peligrar. En cambio, si lo hemos preparado todo de manera correcta, a menudo conseguimos que el paciente corrobore inmediatamente nuestra construcción y él mismo recuerde el hecho íntimo o externo olvidado. Y mientras más coincida la construcción con los detalles de lo olvidado, tanto más fácil será la aquiescencia del paciente. En tal caso, nuestro saber sobre esta pieza ha devenido también su saber.

Con la mención de la resistencia hemos llegado a la segunda parte, la más importante, de nuestra labor. Tenemos ya sabido que el yo se protege mediante unas contrainvestiduras de la intrusión de elementos indeseados oriundos del ello inconciente y reprimido; que estas contrainvestiduras permanezcan intactas es una condición para la función normal del yo. Ahora bien, mientras más constreñido se sienta el yo, más convulsivamente se aferrará, por así decir intimidado, a esas contrainvestiduras a fin de proteger lo que le resta frente a ulteriores asaltos. Sucede que esa tendencia defensiva en modo alguno armoniza con los propósitos de nuestro tratamiento. Nosotros, al contrario, queremos que el yo, tras cobrar osadía por la seguridad de nuestra ayuda, arriesgue el ataque para reconquistar lo perdido. Y en este empeño registramos la intensidad de esas contrainvestiduras como unas resistencias a nuestro trabajo. El yo se amilana ante tales empresas, que parecen peligrosas y amenazan con un displacer, y es preciso alentarlo y calmarlo de continuo para que no se nos rehuse. A esta resistencia, que persiste durante todo el tratamiento y se renueva a cada nuevo tramo del trabajo, la llamamos, no del todo correctamente, resistencia de represión. Como luego averiguaremos, no es la única que nos aguarda. Es interesante que, en esta situación, la formación de los bandos en cierta medida se invierta: el yo se revuelve contra nuestra incitación, mientras que lo inconciente, de ordinario nuestro enemigo, nos presta auxilio, pues tiene una natural «pulsión emergente» {«Auftrieb»}, nada le es más caro que adelantarse al interior del yo y hasta la conciencia cruzando las fronteras que le son puestas. La lucha que se traba si alcanzamos nuestro propósito y podemos mover al yo para que venza sus resistencias se consuma bajo nuestra guía y con nuestro auxilio. Su desenlace es indiferente: ya sea que el yo acepte tras nuevo examen una exigencia pulsional hasta entonces rechazada, o que vuelva a desestimarla {verwerfen}, esta vez de manera definitiva, en cualquiera de ambos casos queda eliminado un peligro duradero, ampliada la extensión del yo, y en lo sucesivo se torna innecesario un costoso gasto.

Vencer las resistencias es la parte de nuestro trabajo que demanda el mayor tiempo y la máxima pena. Pero también es recompensada, pues produce una ventajosa alteración del yo, que se conserva independientemente del resultado de la trasferencia y se afirma en la vida. Y simultáneamente hemos trabajado para eliminar aquella alteración del yo que se había producido bajo el influjo de lo inconciente, pues toda vez que pudimos pesquisar dentro del yo los retoños de aquello, señalamos su origen ¡legítimo e incitamos al yo a desestimarlos. Recordemos que una precondición para nuestra operación terapéutica contractual era que esa alteración del yo debida a la intrusión de elementos inconcientes no hubiera superado cierta medida.

Mientras más progrese nuestro trabajo y a mayor profundidad se plasme nuestra intelección de la vida anímica del neurótico, con nitidez tanto mayor se impondrán a nuestro saber otros dos factores que reclaman la máxima atención como fuentes de la resistencia. El enfermo los desconoce por completo a ambos, y no pudieron ser tomados en cuenta cuando concertamos nuestro pacto; además, tampoco tienen por punto de partida el yo del paciente. Se los puede reunir bajo el nombre común de «necesidad de estar enfermo o de padecer», pero son de origen diverso, si bien de naturaleza afín en lo demás. El primero de estos dos factores es el sentimiento de culpa o conciencia de culpa, como se lo llama, pese a que el enfermo no lo registra ni lo discierne. Es, evidentemente, la contribución que presta a la resistencia un superyó que ha devenido muy duro y cruel. El individuo no debe sanar, sino permanecer enfermo, pues no merece nada mejor. Es cierto que esta resistencia no perturba nuestro trabajo intelectual, pero sí lo vuelve ineficaz, y aun suele consentir que nosotros cancelemos una forma del padecer neurótico pero está pronta a sustituirla enseguida por otra; llegado el caso, por una enfermedad somática. Por otra parte, esta conciencia de culpa explica también la curación o mejoría de neurosis graves en virtud de infortunios reales, que en ocasiones se ha observado; en efecto, sólo importa que uno se sienta miserable, no interesa de qué modo. Es muy asombrosa, pero también delatora, la resignación sin quejas con que tales personas suelen sobrellevar su duro destino. Para defendernos de esta resistencia, estamos limitados a hacerla conciente y al intento de desmontar poco a poco ese superyó hostil.

Menos fácil es demostrar la existencia de la otra, para combatir la cual nos vemos con una particular deficiencia. Entre los neuróticos hay personas en quienes, a juzgar por todas sus reacciones, la pulsión de autoconservación ha experimentado ni más ni menos que un trastorno (Verkehrung}. Parecen no perseguir otra cosa que dañarse y destruirse a sí mismos. Quizá pertenezcan también a este grupo las personas que al fin perpetran realmente el suicidio. Suponemos que en ellas han sobrevenido vastas desmezclas de pulsión a consecuencia de las cuales se han liberado cantidades hipertróficas de la pulsíón de destrucción vuelta hacia adentro. Tales pacientes no pueden tolerar ser restablecidos por nuestro tratamiento, lo contrarían por todos los medios. Pero, lo confesamos, este es un caso que todavía no se ha conseguido esclarecer del todo.

Volvamos a echar ahora una ojeada panorámica sobre la situación en que hemos entrado con nuestro intento de aportar auxilio al yo neurótico. Este yo no puede ya cumplir las tareas que el mundo exterior, incluida la sociedad humana, le impone. No es dueño de todas sus experiencias, buena parte de su tesoro mnémico le es escamoteado. Su actividad está inhibida por unas rigurosas prohibiciones del superyó, su energía se consume en vanos intentos por defenderse de las exigencias del ello, Además, por las continuas invasiones del ello, está dañado en su organización, escindido en el interior de sí; no produce ya ninguna síntesis en regla, está desgarrado por aspiraciones que se contrarían unas a otras, por conflictos no tramitados, dudas no resueltas. Al comienzo hacemos participar a este yo debilitado del paciente en un trabajo de interpretación puramente intelectual, que aspira a un llenado provisional de las lagunas dentro de sus dominios anímicos; hacemos que se nos trasfiera la autoridad de su superyó, lo alentamos a aceptar la lucha en torno de cada exigencia del ello y a vencer las resistencias que así se producen. Y al mismo tiempo restablecemos el orden dentro de su yo pesquisando contenidos y aspiraciones que penetran desde lo inconciente, y despejando el terreno para la crítica por reconducción a su origen. En diversas funciones servimos al paciente como autoridad y sustituto de los progenitores, como maestro y educador, y habremos hecho lo mejor para él si, como analistas, elevamos los procesos psíquicos dentro de su yo al nivel normal, mudamos en preconciente lo devenido inconciente y lo reprimido, y, de ese modo, reintegramos al yo lo que le es propio(que ocurre cuando lo que esta oculto es tan espantoso para el paciente, que incluso peligrara su vida si lo recuerda? Aun asi el analista lo guia a que lo recuerde?). Por el lado del paciente, actúan con eficacia en favor nuestro algunos factores ajustados a la ratio, como la necesidad de curarse motivada en su padecer y el interés intelectual que hemos podido despertarle hacía las doctrinas y revelaciones del psicoanálisis, pero, con fuerzas mucho más potentes, la trasferencia positiva con que nos solicita. Por otra parte, pugnan contra nosotros la trasferencia negativa, la resistencia de represión del yo (vale decir, su displacer de exponerse al difícil trabajo que se le propone), el sentimiento de culpa oriundo de la relación con el superyó y la necesidad de estar enfermo anclada en unas profundas alteraciones de su economía pulsional, De la participación de estos dos últimos factores depende que tildemos de leve o grave a nuestro caso. Independientes de estos, se pueden discernir algunos otros factores que intervienen en sentido favorable o desfavorable. Una cierta inercia psíquica, una cierta pesantez en el movimiento de la libido, que no quiere abandonar sus fijaciones, no puede resultarnos bienvenida; la aptitud de la persona para la sublimación pulsional desempeña un gran papel, lo mismo que su capacidad para elevarse sobre la vida pulsional grosera, y el poder relativo de sus funciones intelectuales.

No nos desilusiona, sino que lo hallamos de todo punto concebible, arribar a la conclusión de que el desenlace final de la lucha que hemos emprendido depende de relaciones cuantitativas, del monto de energía que en el paciente podamos movilizar en favor nuestro, comparado con la suma de energías de los poderes que ejercen su acción eficaz en contra. También aquí Dios está de parte de los batallones más fuertes; es verdad que no siempre triunfamos, pero al menos podemos discernir, la mayoría de las veces, por qué se nos negó la victoria. Quien haya seguido nuestras puntualizaciones sólo por interés terapéutico acaso nos dé la espalda con menosprecio tras esta confesión nuestra. Pero la terapia nos ocupa aquí únicamente en la medida en que ella trabaja con medios psicológicos; por el momento no tenemos otros. Quizás el futuro nos enseñe a influir en forma directa, por medio de sustancias químicas específicas, sobre los volúmenes de energía y sus distribuciones dentro del aparato anímico. Puede que se abran para la terapia otras insospechadas posibilidades; por ahora no poseemos nada mejor que la técnica psicoanalítica, razón por la cual no se debería despreciarla a pesar de sus limitaciones.

VII.        Una muestra de trabajo psicoanalítico

Nos hemos procurado una noticia general sobre el aparato psíquico, sobre las partes, órganos, instancias de que está compuesto, sobre las fuerzas eficaces en su interior, las funciones de que sus partes están encargadas. Las neurosis y psicosis son los estados en que se procuran expresión las perturbaciones funcionales del aparato. Escogimos las neurosis como nuestro objeto de estudio porque sólo ellas parecen asequibles a los métodos psicológicos de nuestra intervención. Mientras nos empeñamos en influir sobre ellas, recogemos las observaciones que nos proporcionan una imagen de su proceso y de las modalidades de su génesis.

Encabecemos la exposición con uno de nuestros principales resultados. Las neurosis no tienen (a diferencia, por ejemplo, de las enfermedades infecciosas) causas patógenas específicas. Sería ocioso buscar en ellas unos excitadores de la enfermedad. Mediante transiciones fluidas se conectan con la llamada «norma», y, por otra parte, es difícil que exista un estado reconocido como normal en que no se pudieran rastrear indicios de rasgos neuróticos. Los neuróticos conllevan más o menos las mismas disposiciones {constitucionales} que los otros seres humanos, vivencian lo mismo, las tareas que deben tramitar no son diversas. ¿Por qué, entonces, su vida es tanto peor y más difícil, y en ella sufren más sensaciones displacenteras, angustia y dolores?

No necesitamos quedar debiendo la respuesta a estas preguntas, A unas desarmonías cuantitativas hay que imputar la insuficiencia y el padecer de los neuróticos. En efecto, la causación de todas las plasmaciones de la vida humana ha de buscarse en la acción recíproca entre predisposiciones congénitas y vivencias accidentales. Y bien; cierta pulsión puede ser constitucionalmente demasiado fuerte o demasiado débil, cierta aptitud estar atrofiada o no haberse plasmado en la vida de manera suficiente; y, por otra parte, las impresiones y vivencias externas pueden plantear a los se res humanos individuales demandas de diversa intensidad, y lo que la constitución de uno es capaz de dominar puede ser todavía para otro una tarea demasiado pesada. Estas diferencias cuantitativas condicionarán la diversidad del desenlace.

Enseguida hemos de decirnos, sin embargo, que esta explicación no es satisfactoria. Es excesivamente general, explica demasiado. La indicada etiología vale para todos los casos de pena, miseria y parálisis anímicas, pero no todos esos estados pueden llamarse neuróticos. Las neurosis tienen caracteres específicos, son una miseria de índole particular. Así, por fuerza esperaremos hallar para ellas unas causas específicas, o bien podemos formarnos la representación de que entre las tareas que la vida anímica debe dominar hay algunas en las que es fácil fracasar, de suerte que de esto derivaría la particularidad de los a menudo muy asombrosos fenómenos neuróticos, sin que nos viéramos precisados a retractarnos de nuestras aseveraciones anteriores. Si es correcto que las neurosis no se distancian de la norma en nada esencial, su estudio promete brindarnos unos valiosos aportes para el conocimiento de esa norma. De tal modo, quizá descubramos los «puntos débiles» de toda organización normal.

La conjetura que acabamos de formular se confirma. Las experiencias analíticas nos enseñan que real y efectivamente existe una exigencia pulsional cuyo dominio en principio fracasa o se logra sólo de manera incompleta, y una época de la vida que cuenta de manera exclusiva o prevaleciente para la génesis de una neurosis. Estos dos factores, naturaleza pulsional y época de la vida, demandan ser abordados por separado, aunque tienen bastante que ver entre sí.

Acerca del papel de la época de la vida podemos manifestarnos con bastante certidumbre. Al parecer, únicamente en la niñez temprana (hasta el sexto año) pueden adquirirse neurosis, si bien es posible que sus síntomas sólo mucho más tarde salgan a la luz. La neurosis de la infancia puede devenir manifiesta por breve lapso o aun pasar inadvertida. La posterior contracción de neurosis se anuda en todos los casos a aquel preludio infantil. Quizá la neurosis llamada «traumática» (por terror hiperintenso, graves conmociones somáticas debidas a choques ferroviarios, enterramiento por derrumbe, etc.) constituya una excepción en este punto; sus nexos con la condición infantil se han sustraído a la indagación hasta hoy. La prioridad etiológica de la primera infancia es fácil de fundamentar. Las neurosis son, como sabemos, unas afecciones del yo, y no es asombroso que el yo, mientras todavía es endeble, inacabado e incapaz de resistencia, fracase en el dominio {BewäItigung} de tareas que más tarde podría tramitar jugando. (Las exigencias pulsionales de adentro, así como las excitaciones del mundo exterior, ejercen en tal caso el efecto de unos «traumas», en particular si son solicitadas por ciertas predisposiciones.) El yo desvalido se defiende de ellas mediante unos intentos de huida (represiones {esfuerzos de desalojo}) que más tarde resultan desacordes al fin y significan unas limitaciones duraderas para el desarrollo ulterior. Los deterioros del yo por sus primeras vivencias nos aparecen desproporcionadamente grandes, pero no hay más que recurrir a esta analogía: considérese, como en los experimentos de Roux, la diferencia del efecto si se dirige un alfilerazo sobre un conjunto de células germinales en proceso de división, en lugar de hacerlo sobre el animal acabado que se desarrolló desde ellas. A ningún individuo humano le son ahorradas tales vivencias traumáticas, ninguno se libra de las represiones por estas incitadas. Estas cuestionables reacciones del yo quizá sean indispensables para el logro de otra meta fijada a esa misma época de la vida. El pequeño primitivo debe devenir en pocos años una criatura civilizada, recorrer, en abreviación casi ominosa, un tramo enormemente largo del desarrollo de la cultura. Si bien esto es facilitado por una predisposición hereditaria {heriditäre Disposition}, casi nunca puede prescindir del auxilio de la educación, del influjo de los progenitores, el cual, como precursor del superyó, limita la actividad del yo mediante prohibiciones y castigos, y promueve que se emprendan represiones u obliga a esto. Por eso no es lícito olvidar la inclusión del influjo cultural entre las condiciones de la neurosis. Discernimos que al bárbaro le resulta fácil ser sano; para el hombre de cultura, es una tarea dura. Puede parecernos concebible la añoranza de un yo fuerte, desinhibido; pero (la época presente nos lo enseña) ella es enemiga de la cultura en el más profundo sentido. Y como las exigencias de la cultura están subrogadas por la educación dentro de la familia, nos vemos precisados a incluir también en la etiología de las neurosis este carácter biológico de la especie humana: el largo período de dependencia infantil.

Por lo que atañe al otro punto, el factor pulsional específico, descubrimos aquí una interesante disonancia entre teoría y experiencia. En lo teórico, no hay objeción alguna contra el supuesto de que cualquier clase de exigencia pulsional pueda dar ocasión a las mismas represiones con sus consecuencias. Sin embargo, nuestra observación nos muestra de manera regular, hasta donde podemos apreciarlo, que las excitaciones a que corresponde ese papel patógeno proceden de pulsiones parciales de la vida sexual. Los síntomas de las neurosis son de cabo a rabo, se diría, una satisfacción sustitutiva de algún querer-alcanzar sexual o bien unas medidas para estorbarlas, por lo general unos compromisos entre ambas cosas, como los que se producen entre opuestos siguiendo las leyes que rigen para lo inconciente. Esa laguna dentro de nuestra teoría no se puede llenar por el momento; la decisión se dificulta porque la mayoría de las aspiraciones de la vida sexual no son de naturaleza puramente erótica, sino que surgen de unas aleaciones de partes eróticas con partes de la pulsión de destrucción. Comoquiera que sea, no puede caber ninguna duda de que las pulsiones que se dan a conocer fisiológicamente como sexualidad desempeñan un papel sobresaliente e inesperadamente grande en la causación de las neurosis; queda sin resolver si ese papel es exclusivo. Es preciso ponderar también que ninguna otra función ha experimentado como la sexual, justamente, un rechazo tan enérgico y tan vasto en el curso del desarrollo cultural. La teoría tendrá que conformarse con algunas referencias que denuncian un nexo más profundo: que el período de la primera infancia, en el trascurso del cual el yo empieza a diferenciarse del ello, es también la época del temprano florecimiento sexual al que pone término el período de latencia; que difícilmente se deba al azar que esa prehistoria significativa caiga luego bajo la amnesia infantil; y, por último, que unas alteraciones biológicas dentro de la vida sexual como lo son la acometida de la función en dos tiempos, la pérdida del carácter de la periodicidad en la excitación sexual y la mudanza en la relación entre la menstruación femenina y la excitación masculina, que estas innovaciones dentro de la sexualidad, decíamos, no pueden menos que haber sido muy significativas para el desarrollo del animal al ser humano. Queda reservado a la ciencia del futuro componer en una nueva unidad los datos que hoy siguen aislados. No es la psicología, sino la biología, la que muestra aquí una laguna. Quizá no andemos errados si decimos que el punto débil en la organización del yo se situaría en su conducta frente a la función sexual, como si la oposición biológica entre conservación de si y conservación de la especie se hubiera procurado en este punto una expresión psicológica.

Si la experiencia analítica nos ha convencido sobre el pleno acierto de la tesis, a menudo formulada, según la cual el niño es psicológicamente el padre del adulto, y las vivencias de sus primeros años poseen una significación inigualada para toda su vida posterior, presentará para nosotros un interés particular que exista algo que sea lícito designar la vivencia central de este período de la infancia. Nuestra atención es atraída en primer lugar por los efectos de ciertos influjos que no alcanzan a todos los niños, aunque se presentan con bastante frecuencia, como el abuso sexual contra ellos cometido por adultos, su seducción por otros niños poco mayores (hermanos y hermanas) y, cosa bastante inesperada, su conmoción al ser partícipes de testimonios auditivos y visuales de procesos sexuales entre adultos (los padres), las más de las veces en una época en que no se les atribuye interés ni inteligencia para tales impresiones, ni la capacidad de recordarlas más tarde. Es fácil comprobar en cuán grande extensión la sensibilidad sexual del niño es despertada por tales vivencias, y es esforzado su querer-alcanzar sexual por unas vías que ya no podrá abandonar. Dado que estas impresiones caen bajo la represión enseguida, o bien tan pronto quieren retornar como recuerdo, establecen la condición para la compulsión neurótica que más tarde imposibilitará al yo gobernar la función sexual y probablemente lo mueva a extrañarse de ella de manera permanente. Esta última reacción tendrá por consecuencia una neurosis; si falta, se desarrollarán múltiples perversiones o una rebeldía total de esta función, cuya importancia es inconmensurable no sólo para la reproducción, sino para la configuración de la vida en su totalidad.

Por instructivos que sean estos casos, merece nuestro interés en grado todavía más alto el influjo de una situación por la que todos los niños están destinados a pasar y que deriva de manera necesaria del factor de la crianza prolongada y de la convivencia con los progenitores. Me refiero al complejo de Edipo, así llamado porque su contenido esencial retorna en la saga griega del rey Edipo, cuya figuración por un gran dramaturgo afortunadamente ha llegado a nosotros. El héroe griego mata a su padre y toma por esposa a su madre. Que lo haga sin saberlo, pues no los reconoce como sus padres, es una desviación respecto del estado de cosas en el análisis, una desviación que comprendemos bien y aun reconocemos como forzosa.

Aquí tenemos que describir por separado el desarrollo de varoncito y niña -hombre y mujer-, pues ahora la diferencia entre los sexos alcanza su primera expresión psicológica. El hecho de la dualidad de los sexos se levanta ante nosotros a modo de un gran enigma, una ultimidad para nuestro conocimiento, que desafía ser reconducida a algo otro. El psicoanálisis no ha aportado nada para aclarar este problema, que, manifiestamente, pertenece por entero a la biología(Cosas que no explica se las deja a la biología). En la vida anímica sólo hallamos reflejos de aquella gran oposición, interpretar la cual se vuelve difícil por el hecho, vislumbrado de antiguo, de que ningún individuo se limita a los modos de reacción de un solo sexo, sino que de continuo deja cierto sitio a los del contrapuesto, tal como su cuerpo conlleva, junto a los órganos desarrollados de uno de los sexos, también los mutilados rudimentos del otro, a menudo devenidos inútiles. Para distinguir lo masculino de lo femenino en la vida anímica nos sirve una ecuación convencional y empírica, a todas luces insuficiente. Llamamos «masculino» a todo cuanto es fuerte y activo, y «femenino» a lo débil y pasivo. Este hecho de la bisexualidad, también psicológica, entorpece todas nuestras averiguaciones y dificulta su descripción.

El primer objeto erótico del niño es el pecho materno nutricio; el amor se engendra apuntalado en la necesidad de nutrición satisfecha. Por cierto que al comienzo el pecho no es distinguido del cuerpo propio, y cuando tiene que ser divorciado del cuerpo, trasladado hacia «afuera» por la frecuencia con que el niño lo echa de menos, toma consigo, como «objeto», una parte de la investidura libidinal originariamente narcisista. Este primer objeto se completa luego en la persona de la madre, quien no sólo nutre, sino también cuida, y provoca en el niño tantas otras sensaciones corporales, así placenteras como displacenteras. En el cuidado del cuerpo,, ella deviene la primera seductora del niño. En estas dos relaciones arraiga la significatividad única de la madre, que es incomparable y se fija inmutable para toda la vida, como el primero y más intenso objeto de amor, como arquetipo de todos los vínculos posteriores de amor. . . en ambos sexos. Y en este punto el fundamento filogenético prevalece tanto sobre el vivenciar personal accidental que no importa diferencia alguna que el niño mame efectivamente del pecho o se lo alimente con mamadera, y así nunca haya podido gozar de la ternura del cuidado materno. Su desarrollo sigue en ambos casos el mismo camino, y quizás en el segundo la posterior añoranza crezca tanto más. Y en la medida en que en efecto haya sido amamantado en el pecho materno, tras el destete siempre abrigará la convicción de que aquello fue demasiado breve y escaso.

Esta introducción no es superflua: puede aguzar nuestra inteligencia de la intensidad del complejo de Edipo. Cuando el varoncito (a partir de los dos o los tres años) ha entrado en la fase fálica de su desarrollo libidinal, ha recibido sensaciones placenteras de su miembro sexual y ha aprendido a procurárselas a voluntad mediante estimulación manual, deviene el amante de la madre. Desea poseerla corporalmente en las formas que ha colegido por sus observaciones y vislumbres de la vida sexual, y procura seducirla mostrándole su miembro viril, de cuya posesión está orgulloso. En suma, su masculinidad de temprano despertar busca sustituir junto a ella al padre, quien hasta entonces ha sido su envidiado arquetipo por la fuerza corporal que en él percibe y la autoridad con que lo encuentra revestido. Ahora el padre es su rival, le estorba el camino y le gustaría quitárselo de en medio. Si durante una ausencia del padre le es permitido compartir el lecho de la madre, de donde es de nuevo proscrito tras el regreso de aquel, la satisfacción al desaparecer el padre y el desengaño cuando reaparece le significan unas vivencias que calan en lo hondo. Este es el contenido del complejo de Edipo, que la saga griega ha traducido del mundo de la fantasía del niño a una presunta realidad objetiva. En nuestras constelaciones culturales, por regla general se le depara un final terrorífico.

La madre ha comprendido muy bien que la excitación sexual del varoncito se dirige a su propia persona. En algún momento medita entre sí que no es correcto consentirla. Cree hacer lo justo si le prohibe el quehacer manual con su miembro. La prohibición logra poco, a lo sumo produce una modificación en la manera de la autosatisfacción. Por fin, la madre echa mano del recurso más tajante: amenaza quitarle la cosa con la cual él la desafía. Por lo común, cede al padre la ejecución de la amenaza, para hacerla más terrorífica y creíble: se lo dirá al padre y él le cortará el miembro. Asombrosamente, esta amenaza sólo produce efectos si antes o después se cumple otra condición. En sí, al muchacho le parece demasiado inconcebible que pueda suceder algo semejante. Pero si a raíz de esa amenaza puede recordar la visión de unos genitales femeninos o poco después le ocurre verlos, unos genitales a los que les falta esa pieza apreciada por encima de todo, entonces cree en la seriedad de lo que ha oído y vivencia, al caer bajo el influjo del complejo de castración, el trauma más intenso de su joven vida (ver nota).

Los efectos de la amenaza de castración son múltiples e incalculables; atañen a todos los vínculos del muchacho con padre y madre, y luego con hombre y mujer en general. Las más de las veces, la masculinidad del niño no resiste esta primera conmoción. Para salvar su miembro sexual, renuncia de manera más o menos completa a la posesión de la madre, y a menudo su vida sexual permanece aquejada para siempre por esa prohibición. Si está presente en él un fuerte componente femenino, según lo hemos expresado, este cobra mayor intensidad por obra del amedrentamiento de la masculinidad. El muchacho cae en una actitud pasiva hacia el padre, como la que atribuye a la madre. Es cierto que a consecuencia de la amenaza resignó la masturbación, pero no la actividad fantaseadora que la acompaña. Al contrario, esta, siendo la única forma de satisfacción sexual que le ha quedado, es cultivada más que antes y en tales fantasías él sin duda se identificará todavía con el padre, pero también al mismo tiempo, y quizá de manera predominante, con la madre. Retoños y productos de trasmudación de estas fantasías onanistas tempranas suelen procurarse el ingreso en su yo posterior y consiguen tomar parte en la formación de su carácter. Independientes de tal promoción de su feminidad, la angustia ante el padre y el odio contra él experimentarán un gran acrecentamiento. La masculinidad del muchacho se retira, por así decir, a una postura de desafío al padre, que habrá de gobernar compulsivamente su posterior conducta en la comunidad humana. Como resto de la fijación erótica a la madre suele establecerse una hipertrófica dependencia de ella, que se prolongará más tarde como servidumbre hacia la mujer (ver nota). Ya no osa amar a la madre, pero no puede arriesgar no ser amado por ella, pues así correría el peligro de ser denunciado por ella al padre y quedar expuesto a la castración. La vivencia íntegra, con todas sus condiciones previas y sus consecuencias, de la cual nuestra exposición sólo pudo ofrecer una selección, cae bajo una represión de extremada energía y, como lo permiten las leyes del ello inconciente, todas las mociones de sentimiento y todas las reacciones en recíproco antagonismo, en aquel tiempo activadas, se conservan en lo inconciente y están prontas a perturbar el posterior desarrollo yoico tras la pubertad. Cuando el proceso somático de la maduración sexual reanima las viejas fijaciones libidinales en apariencia superadas, la vida sexual se revelará inhibida, desunida, y se fragmentará en aspiraciones antagónicas entre sí.

Por cierto que la injerencia de la amenaza de castración dentro de la vida sexual germinal del varoncito no siempre tiene esas temibles consecuencias. También aquí dependerá de unas relaciones cuantitativas la medida del daño que se produzca o se ahorre. Todo el episodio -en el que es lícito ver la vivencia central de la infancia, el máximo problema de la edad temprana y la fuente más poderosa de una posterior deficiencia- es olvidado de una manera tan radical que su reconstrucción dentro del trabajo analítico choca con la más decidida incredulidad del adulto. Más aún: el extrañamiento llega hasta acallar toda mención del asunto prohibido y hasta desconocer, con un raro enceguecimiento intelectual, las más evidentes recordaciones de él. Así, se ha podido oír la objeción de que la saga del rey Edipo en verdad no tiene nada que ver con la construcción del análisis: ella sería un caso por entero diverso, pues Edipo no sabía que era su padre aquel a quien daba muerte y su madre aquella a quien desposaba. Pero con ello se descuida que semejante desfiguración es indispensable si se intenta una plasmación poética del material, y que esta no introduce nada ajeno, sino que se limita a valorizar con destreza los factores dados en el tema. La condición de no sapiencia {Unwissenbeit} de Edipo es la legítima figuración de la condición de inconciente {Unbewusstheit} en que toda la vivencia se ha hundido para el adulto, y la compulsión del oráculo, que libra de culpa al héroe o está destinada a quitársela, es el reconocimiento de lo inevitable del destino que ha condenado a los hijos varones a vivir todo el complejo de Edipo. Cuando en otra ocasión se hizo notar desde el campo del psicoanálisis qué fácil solución hallaba el enigma de otro héroe de la creación literaria, el irresoluto Hamlet pintado por Shakespeare, refiriéndolo al complejo de Edipo -pues el príncipe fracasa en la tarea de castigar en otro lo que coincide con el contenido de sus propios deseos edípicos-, la universal incomprensión del mundo literario mostró cuán pronta estaba la masa de los hombres a retener sus represiones infantiles (ver nota).

Y, no obstante, más de un siglo antes de la emergencia del psicoanálisis, el francés Diderot había dado testimonio sobre la significación del complejo de Edipo expresando el distingo entre prehistoria y cultura en estos términos: «Si le petit sauvage était abandonné á luimeme, qu'il conservát toute son imbécillité, et qu'il réunit au peu de raison de Venlant au berceau la violence des passions de l’homme de trente ans, il tordrait le col á son pere et coucherait avec sa mére» (ver nota y traducción).  Me atrevo a decir que si el psicoanálisis no pudiera gloriarse de otro logro que haber descubierto el complejo de Edipo reprimido, esto solo sería mérito suficiente para que se lo clasificara entre las nuevas adquisiciones valiosas de la humanidad.

Los efectos del complejo de castración son más uniformes en la niña pequeña, y no menos profundos. Desde luego, ella no tiene que temer la pérdida del pene, pero no puede menos que reaccionar por no haberlo recibido. Desde el comienzo envidia al varoncito por su posesión; se puede decir que todo su desarrollo se consuma bajo el signo de la envidia del pene. Al principio emprende vanas tentativas por equipararse al muchacho y, más tarde, con mejor éxito, unos empeños por resarcirse de su defecto, empeños que, en definitiva, pueden conducir a la actitud femenina normal. Si en la fase fálica intenta conseguir placer como el muchacho, por estimulación manual de los genitales, suele no conseguir una satisfacción suficiente y extiende el juicio de la inferioridad de su mutilado pene a su persona total. Por regla general, abandona pronto la masturbación, porque no quiere acordarse de la superioridad de su hermano varón o su compañerito de juegos, y se extraña por completo de la sexualidad.

Si la niña pequeña persevera en su primer deseo de convertirse en un «varón», en el caso extremo terminará como una homosexual manifiesta; de lo contrarío, expresará en su posterior conducta de vida unos acusados rasgos masculinos, escogerá una profesión masculina, etc. El otro camino pasa por el desasimiento de la madre amada, a quien la hija, bajo el influjo de la envidia del pene, no puede perdonar que la haya echado al mundo tan defectuosamente dotada. En la inquina por ello, resigna a la madre y la sustituye por otra persona como objeto de amor: el padre. Cuando uno ha perdido un objeto de amor, la reacción inmediata es identificarse con él, sustituirlo mediante tina identificación desde adentro, por así decir. Este mecanismo acude aquí en socorro de la niña pequeña. La identificación-madre puede relevar ahora a la ligazón-madre. La hijita se pone en el lugar de la madre, tal como siempre lo ha hecho en sus juegos; quiere sustituirla al lado del padre, y ahora odia a la madre antes amada, con una motivación doble: por celos y por mortificación a causa del pene denegado. Su nueva relación con el padre puede tener al principio por contenido el deseo de disponer de su pene, pero culmina en otro deseo: recibir el regalo de un hijo de él. Así, el deseo del hijo ha remplazado al deseo del pene o, al menos, se ha escindido de este.

Es interesante que en la mujer la relación entre complejo de Edipo y complejo de castración se plasme de manera tan diversa, y aun contrapuesta, que en el varón. En este, según hemos averiguado, la amenaza de castración pone fin al complejo de Edipo; y en el caso de la mujer nos enteramos de que ella, al contrario, es esforzada hacia su complejo de Edipo por el efecto de la falta de pene. Para la mujer conlleva mínimos daños permanecer en su postura edípica femenina (se ha propuesto, para designarla, el nombre de «complejo de Electra»). Escogerá a su marido por cualidades paternas y estará dispuesta a reconocer su autoridad. Su añoranza de poseer un pene, añoranza en verdad insaciable, puede llegar a satisfacerse si ella consigue totalizar {vervollständigen} el amor por el órgano como amor por el portador de este, como en su tiempo aconteció con el progreso del pecho materno a la persona de la madre.

Si se demanda al analista que diga, guiándose por su experiencia, qué formaciones psíquicas de sus pacientes se han demostrado menos asequibles al influjo, la respuesta será: En la mujer, el deseo del pene; en el varón, la actitud femenina hacia el sexo propio, que tiene por premisa la pérdida del pene (ver nota).

Parte III. La ganancia teórica

VIII.      El aparato psíquico y el mundo exterior

Todas las intelecciones y premisas generales que hemos expuesto en nuestro primer capítulo se obtuvieron, desde luego, por medio de un laborioso y paciente trabajo de detalle, del cual hemos dado una muestra en el capítulo precedente. Acaso nos tiente ahora examinar qué enriquecimiento para nuestro saber hemos adquirido mediante ese trabajo y qué caminos para un ulterior progreso se nos han abierto. Es lógico que nos sorprenda el hecho de que tan a menudo nos viéramos precisados a aventurarnos más allá de las fronteras de la ciencia psicológica. Los fenómenos que nosotros elaborábamos no pertenecen sólo a la psicología: tienen también un lado orgánico-biológico, y, en consonancia con ello, en nuestros empeños en torno de la edificación del psicoanálisis hemos hecho también sustantivos hallazgos biológicos y no pudimos evitar nuevos supuestos en esa materia.

Pero permanezcamos, en principio, en la psicología: Hemos discernido que el deslinde de la norma psíquica respecto de la anormalidad no se puede trazar científicamente, de suerte que a ese distingo debe adjudicársele sólo un valor convencional, a despecho de su importancia práctica. Con ello hemos fundado el derecho a comprender la vida anímica normal desde sus perturbaciones, lo cual no sería lícito si esos estados patológicos, neurosis y psicosis, tuvieran causas específicas que obraran al modo de unos cuerpos extraños.

El estudio de una perturbación del alma que sobreviene mientras se duerme, pasajera, inofensiva, y que aun responde a una función útil, nos proporcionó la clave para entender las enfermedades anímicas permanentes y dañinas para la vida. Y ahora, osemos aseverarlo: la psicología de la conciencia no era más idónea para entender la función anímica normal que para comprender el sueño. Los datos de la percepción conciente de sí, los únicos de que ella disponía, se han revelado dondequiera insuficientes para penetrar la plenitud y la maraña de los procesos anímicos, poner de manifiesto sus nexos y, así, discernir las condiciones bajo las cuales son perturbados.

Nuestro supuesto de un aparato psíquico extendido en el espacio, compuesto con arreglo a fines, desarrollado en virtud de las necesidades de la vida, aparato que sólo en un lugar preciso y bajo ciertas condiciones da origen al fenómeno de la conciencia, nos ha habilitado para erigir la psicología sobre parecidas bases que cualquier otra ciencia natural, por ejemplo la física. Aquí como allí, la tarea consiste en descubrir, tras las propiedades del objeto investigado que le son dadas directamente a nuestra percepción (las cualidades), otras que son independientes de la receptividad particular de nuestros órganos sensoriales y están más próximas al estado de cosas objetivo conjeturado. Pero a este mismo no esperamos poder alcanzarlo, pues vemos que a todo lo nuevo por nosotros deducido estamos precisados a traducirlo, a su turno, al lenguaje de nuestras percepciones, del que nunca podemos liberarnos. Ahora bien: esos son, justamente, la naturaleza y el carácter limitado de nuestra ciencia. Como diríamos en física: si tuviéramos una vista aguzadísima hallaríamos que los cuerpos en apariencia sólidos consisten en partículas de tal y cual figura, magnitud y situación recíproca. Entretanto, ensayamos acrecentar al máximo la capacidad de operación de nuestros órganos sensoriales mediante unos recursos auxiliares artificiales, pero es lícita la expectativa de que al fin tales empeños no harán variar la situación. Lo real-objetivo permanecerá siempre «no discernible». La ganancia que el trabajo científico produce respecto de nuestras percepciones sensoriales primarias consiste en la intelección de nexos y relaciones de dependencia que están presentes en el mundo exterior, que en el mundo interior de nuestro pensar pueden ser reproducidos o espejados de alguna manera confiable, y cuya noticia nos habilita para «comprender» algo en el mundo exterior, preverlo y, si es posible, modificarlo. De manera en un todo semejante procedemos en el psicoanálisis. Hemos hallado el recurso técnico para llenar las lagunas de nuestros fenómenos de conciencia, y de él nos valemos como los físicos de la experimentación. Por este camino inferimos cierto número de procesos que en sí y por sí son «no discernibles», los interpolamos dentro de los que nos son concientes y cuando decimos, por ejemplo: «Aquí ha intervenido un recuerdo inconciente», esto quiere decir: «Aquí ha ocurrido algo por completo inaprehensible para nosotros, pero que si nos hubiera llegado a la conciencia sólo habríamos podido describirlo así y así».

Desde luego que en cada caso singular queda sujeto a la crítica averiguar con qué derecho y con qué grado de certeza emprendemos tales inferencias e interpolaciones, y no se puede desconocer que la decisión ofrece a menudo grandes dificultades, que se expresan en la falta de acuerdo entre los analistas. Ha de hacerse responsable de ello a la novedad de la tarea, también a la falta de capacitación, pero además a un factor particular inherente al asunto mismo, a saber: que en la psicología no siempre se trata, como en la física, de cosas del mundo que podrían despertar sólo un frío interés científico. Así, uno no se asombrará demasiado si una analista que no está suficientemente convencida sobre su propio deseo del pene no aprecia como es debido este factor en sus pacientes, Sin embargo, tales fuentes de error, que provienen de la ecuación personal, no habrán de significar mucho en definitiva. Si uno lee viejos manuales de microscopismo, se enterará con sorpresa de los requerimientos extraordinarios que en aquel tiempo se hacían a la personalidad de quien observara por ese instrumento, cuando esa técnica era todavía joven, mientras que hoy ni se habla de nada de eso.

No podemos proponernos la tarea de esbozar aquí un cuadro completo del aparato psíquico y sus operaciones; nos lo estorbaría también la circunstancia de que el psicoanálisis no ha tenido tiempo aún de estudiar en igual medida todas las funciones. Por eso nos conformaremos con repetir en detalle ciertos señalamientos de nuestro capítulo introductorio.

El núcleo de nuestro ser está constituido, pues, por el oscuro ello, que no comercia directamente con el mundo exterior y, además, sólo es asequible a nuestra noticia por la mediación de otra instancia. Dentro del ello ejercen su acción eficiente las pulsiones orgánicas, ellas mismas compuestas de mezclas de dos fuerzas primordiales (Eros y destrucción) en variables proporciones, y diferenciadas entre sí por su referencia a órganos y sistemas de órgano. Lo único que estas pulsiones quieren alcanzar es la satisfacción, que se espera de precisas alteraciones en los órganos con auxilio de objetos del mundo exterior. Pero una satisfacción pulsional instantánea y sin miramiento alguno, tal como el ello la exige, con harta frecuencia llevaría a conflictos peligrosos con el mundo exterior y al aniquilamiento. El ello no conoce prevención alguna por la seguridad de la pervivencia, ninguna angustia; o quizá sería más acertado decir que puede desarrollar, sí, los elementos de sensación de la angustia, pero no valorizarlos. Los procesos que son posibles en los elementos psíquicos supuestos en el interior del ello y entre estos (proceso primario) se distinguen en vasta medida de aquellos que nos son consabidos por una percepción concíente dentro de nuestra vida intelectual y de sentimientos; por otra parte, no valen para ellos las limitaciones críticas de la lógica, que desestima y quiere anular {des-hacer} por inadmisible una parte de estos procesos.

El ello, cortado del mundo exterior, tiene su propio mundo de percepción. Registra con extraordinaria agudeza ciertas alteraciones sobrevenidas en su interior -en particular, las oscilaciones en la tensión de necesidad de sus pulsiones-, las que devienen concientes como sensaciones de la serie placer-displacer. Desde luego que es difícil indicar los caminos por los cuales se producen estas percepciones y los órganos terminales sensibles con cuyo auxilio ocurren. Pero queda en pie que las percepciones de sí mismo -sentimientos generales y sensaciones de placer-displacer- gobiernan, con despótico imperio, los decursos en el interior del ello. El ello obedece al intransigente principio de placer. Pero no el ello solamente. Parece que tampoco la actividad de las otras instancias psíquicas es capaz de cancelar el principio de placer, sino sólo de modificarlo, y sigue siendo una cuestión de la más alta importancia teórica, que en el presente no se puede responder, averiguar cuándo y cómo se logra en general vencer al principio de placer. La reflexión de que el principio de placer demanda un rebajamiento, quizás en el fondo una extinción, de las tensiones de necesidad (Nirvana), lleva a unas vinculaciones no apreciadas todavía del principio de placer con las dos fuerzas primordiales: Eros y pulsión de muerte.

La otra instancia psíquica que creemos conocer mejor y en la cual nos discernimos por excelencia a nosotros mismos, el llamado yo, se ha desarrollado a partir del estrato cortical del ello, que por su dispositivo para recibir estímulos y apartarlos permanece en contacto directo con el mundo exterior (la realidad objetiva). Partiendo de la percepción conciente, ha sometido a su influjo distritos cada vez más amplios, y estratos más profundos, del ello; y el vasallaje en que se mantiene respecto del mundo exterior muestra el sello imborrable de su origen (como si fuera su «made in Germany»). Su operación psicológica consiste en elevar los decursos del ello a un nivel dinámico más alto (p. ej., en mudar energía libremente móvil en energía ligada, como corresponde al estado preconciente); y su operación constructiva, en interpolar entre exigencia pulsional y acción satisfaciente la actividad del pensar, que trata de colegir el éxito de las empresas intentadas mediante unas acciones tentaleantes, tras orientarse en el presente y valorizar experiencias anteriores, De esta manera, el yo decide si el intento desembocará en la satisfacción o debe ser desplazado, o si la exigencia de la pulsión no tiene que ser sofocada por completo como peligrosa (principio de realidad). Así como el ello se agota con exclusividad en la ganancia de placer, el yo está gobernado por el miramiento de la seguridad. El yo se ha propuesto la tarea de la autoconservación, que el ello parece desdeñar. Se vale de las sensaciones de angustia como de una señal que indica los peligros amenazadores para su integridad. Puesto que unas huellas mnémicas pueden devenir concientes lo mismo que unas percepciones, en particular por su asociación con restos de lenguaje, surge aquí la posibilidad de una confusión que llevaría a equivocar la realidad objetiva. El yo se protege contra esa confusión mediante el dispositivo del examen de realidad, que puede estar ausente en el sueño en virtud de las condiciones del estado del dormir. Al yo, que quiere afirmarse en un medio circundante de poderes mecánicos hiperpotentes, le amenazan peligros, ante todo desde la realidad objetiva, pero no sólo desde ahí. El ello propio es una fuente de parecidos peligros, y con dos diversos fundamentos. En primer lugar, intensidades pulsionales hipertróficas pueden dañar al yo de manera semejante que los «estímulos» hipertróficos del mundo exterior. Es verdad que no son capaces de aniquilarlo, pero sí de destruir la organización dinámica que le es propia, de mudar de nuevo al yo en una parte del ello. En segundo lugar, la experiencia puede haber enseñado al yo que satisfacer una exigencia pulsional no intolerable en sí misma conllevaría peligros en el mundo exterior, de suerte que esa modalidad de exigencia pulsional deviene ella misma un peligro. Así, el yo combate en dos frentes: tiene que defender su existencia contra un mundo exterior que amenaza aniquilarlo, así como contra un mundo interior demasiado exigente. Y contra ambos aplica los mismos métodos defensivos, pero la defensa contra el enemigo interior es deficiente de una manera particular. A consecuencia de la originaria identidad y de la posterior íntima convivencia, es difícil escapar de los peligros interiores. Ellos perduran como unas amenazas, aunque temporariamente puedan ser sofrenados.

Tenemos sabido que el yo endeble e inacabado de la primera infancia recibe unos daños permanentes por los esfuerzos que se le imponen para defenderse de los peligros propios de este período de la vida, De los peligros con que amenaza el mundo exterior, el niño es protegido por la providencia de los progenitores: expía esta seguridad con la angustia ante la pérdida de amor, que lo dejaría expuesto inerme a tales peligros. Este factor exterioriza su influjo decisivo sobre el desenlace del conflicto cuando el varoncito cae en la situación del complejo de Edipo, dentro de la cual se apodera de él la amenaza a su narcisismo por la castración, una amenaza reforzada desde el tiempo primordial. Debido a la acción conjugada de ambos influjos, el peligro objetivo actual y el peligro recordado de fundamento filogenético, el niño se ve constreñido a emprender sus intentos defensivos -represiones {esfuerzos de desalojo y suplantación}-, que, si bien son acordes al fin para ese momento, se revelan psicológicamente insuficientes cuando la posterior reanimación de la vida sexual refuerza las exigencias pulsionales en aquel tiempo rechazadas. El abordaje biológico no puede sino declarar, entonces, que el yo fracasa en la tarea de dominar las excitaciones de la etapa sexual temprana, en una época en que su inacabamiento lo inhabilita para lograrlo. En este retraso del desarrollo yoico respecto del desarrollo libidinal discernimos la condición esencial de la neurosis, y no podemos eludir la conclusión de que esta última se evitaría sí al yo infantil se lo dispensase de esa tarea, vale decir, se consintiese libremente la vida sexual infantil, como acontece entre muchos primitivos. Muy posiblemente, la etiología de la. contracción de neurosis sea más compleja de lo que hemos consignado aquí, pero al menos extrajimos una pieza esencial del anudamiento etiológico. No podemos olvidar tampoco los influjos filogenéticos, que de algún modo están subrogados en el interior del ello en unas formas todavía no asibles para nosotros, y que sin duda serán más eficaces sobre el yo en aquella época temprana que luego. Y, por otro lado, vislumbramos la intelección de que un intento tan temprano de endicar la pulsión sexual, una toma de partido tan decidida del yo joven en favor del mundo exterior por oposición al mundo interior, como la que se produce por la prohibición de la sexualidad infantil, no puede dejar de ejercer efecto sobre el posterior apronte del individuo para la cultura. Las exigencias pulsionales, esforzadas a apartarse de una satisfacción directa, son constreñidas a internarse por nuevas vías que llevan a la satisfacción sustitutiva, y en el curso de estos rodeos pueden ser desexualizadas y aflojada su conexión con sus metas pulsionales originarias. Con ello anticipamos la tesis de que buena parte de nuestro tan estimado patrimonio cultural fue adquirido a expensas de la sexualidad, por limitación de unas fuerzas pulsionales sexuales.

Si hasta aquí tuvimos que insistir una y otra vez en que el yo debe su génesis, así como los más importantes de sus caracteres adquiridos, al vínculo con el mundo exterior real, estamos ya preparados para el supuesto de que los estados patológicos del yo, en los que él vuelve a acercarse en grado máximo al ello, se fundan en una cancelación o en un aflojamiento de este vínculo con el mundo exterior. Con esto armoniza muy bien lo que la experiencia clínica nos enseña: la ocasión para el estallido de una psicosis es que la realidad objetiva se haya vuelto insoportablemente dolorosa, o bien que las pulsiones hayan cobrado un refuerzo extraordinario, lo cual, a raíz de las demandas rivales del ello y el mundo exterior, no puede menos que producir el mismo efecto en el yo. El problema de la psicosis sería sencillo y trasparente si el desasimiento del yo respecto de la realidad objetiva pudiera consumarse sin dejar rastros. Pero, al parecer, esto sólo ocurre rara vez, quizá nunca. Aun en el caso de estados que se han distanciado tanto de la realidad efectiva del mundo exterior como ocurre en una confusión alucinatoria (amentia), uno se entera, por la comunicación de los enfermos tras su restablecimiento, de que en un rincón de su alma, según su propia expresión, se escondía en aquel tiempo una persona normal, la cual, como un observador no participante, dejaba pasearse frente a sí al espectro de la enfermedad. No sé sí sería lícito suponer que es así en general, pero puedo informar algo semejante sobre otras psicosis de trayectoria menos tormentosa. Me viene a la memoria un caso de paranoia crónica en el que, tras cada ataque de celos, un sueño anoticiaba al analista sobre su ocasión, figurándola de una manera correcta y por entero exenta de delirio (ver nota). Así resultaba una interesante oposición: si de ordinario colegimos a partir de los sueños del neurótico los celos ajenos a su vida de vigilia, aquí, en el psicótico, el delirio que lo gobernaba durante el día era rectificado mediante el sueño. Probablemente tengamos derecho a conjeturar, con universal validez, que lo sobrevenido en tales casos es una escisión psíquica. Se forman dos posturas psíquicas en vez de una postura única: la que toma en cuenta la realidad objetiva, la normal, y otra que bajo el influjo de lo pulsional desaseal yo de la realidad. Las dos coexisten una junto a la otra. El desenlace depende de la fuerza relativa de ambas. Si la segunda es o deviene la más poderosa, está dada la condición de la psicosis. Si la proporción se invierte, el resultado es una curación aparente de la enfermedad delirante. Pero en la realidad efectiva ella sólo se ha retirado a lo inconciente, así como de numerosas observaciones no se puede menos que inferir que el delirio estaba formado y listo desde largo tiempo atrás, antes de advenir a la irrupción manifiesta.

El punto de vista que postula en todas las psicosis una escisión del yo no tendría títulos para reclamar tanta consideración si no demostrara su acierto en otros estados más semejantes a las neurosis y, en definitiva, en estas mismas. Me he convencido de ello sobre todo en casos de fetichismo. Esta anormalidad, que es lícito incluir entre las perversiones, tiene su fundamento, como es notorio, en que el paciente (masculino casi siempre) no reconoce la falta de pene de la mujer, que, como prueba de la posibilidad de su propia castración, le resulta en extremo indeseada. Por eso desmiente la percepción sensorial genuina que le ha mostrado la falta de pene en los genitales femeninos, y se atiene a la convicción contraria. Pero la percepción desmentida no ha dejado de ejercer influjo, pues él no tiene la osadía de aseverar que vio efectivamente un pene. Antes bien, recurre a algo otro, una parte del cuerpo o una cosa, y le confiere el papel del pene que no quiere echar de menos. Las más de las veces es algo que en efecto ha visto en aquel momento, cuando vio los genitales femeninos, o algo que se presta como sustituto simbólico del pene. Ahora bien, sería desacertado llamar «escisión del yo» a lo que sobreviene a raíz de la formación del fetiche; es una formación de compromiso con ayuda de un desplazamiento {descentramiento}, según se nos ha vuelto notorio por el sueño. Y nuestras observaciones nos muestran algo más todavía. La creación del fetiche ha obedecido al propósito de destruir la prueba de la posibilidad de la castración, de suerte que uno pudiera escapar a la angustia de castración. Si la mujer posee un pene como otros seres vivos, no hace falta que uno tiemble por la posesión permanente del pene propio. Sin embargo, encontramos fetichistas que han desarrollado la misma angustia de castración que los no fetichistas, y reaccionaron frente a ella de igual manera. Por tanto, en su comportamiento se expresan al mismo tiempo dos premisas contrapuestas. Por un lado, desmienten el hecho de su percepción, a saber, que en los genitales femeninos no han visto pene alguno; por el otro, reconocen la falta de pene de la mujer y de ahí extraen las conclusiones correctas. Las dos actitudes subsisten una junto a la otra durante toda la vida sin influirse recíprocamente. Es lo que se tiene derecho a llamar una escisión del yo. Este estado de cosas nos permite comprender también que con tanta frecuencia el fetichismo alcance sólo una plasmación parcial. No gobierna la elección de objeto de una manera excluyente, sino que deja espacio para una extensión mayor o menor de conducta sexual normal, y aun muchas veces se retira a un papel modesto o a la condición de mero indicio. Por tanto, los fetichistas nunca han logrado el completo desasimiento del yo respecto de la realidad objetiva del mundo exterior.

No se crea que el fetichismo constituiría una excepción con respecto a la escisión del yo; no es más que un objeto particularmente favorable para el estudio de esta. Recurramos a nuestro anterior señalamiento: que el yo infantil, bajo el imperio del mundo real-objetivo, tramita unas exigencias pulsionales desagradables mediante las llamadas represiones. Y completémoslo ahora mediante esta otra comprobación: que el yo, en ese mismo período de la vida, con harta frecuencia da en la situación de defenderse de una admonición del mundo exterior sentida como penosa, lo cual acontece mediante la desmentida de las percepciones que anotician de ese reclamo de la realidad objetiva. Tales desmentidas sobrevienen asaz a menudo, no sólo en fetichistas; y toda vez que tenemos oportunidad de estudiarlas se revelan como unas medidas que se tomaron a medias, unos intentos incompletos de desasirse de la realidad objetiva. La desautorización es complementada en todos los casos por un reconocimiento; se establecen siempre dos posturas opuestas, independientes entre si, que arrojan por resultado la situación de una escisión del yo. También aquí, el desenlace dependerá de cuál de las dos pueda arrastrar hacia sí la intensidad más grande. [Cf. AE, 23, pág. 166, n. 1.]

Los hechos de la escisión del yo que hemos descrito no son tan nuevos ni tan extraños como a primera vista pudiera parecer, Que con respecto a una determinada conducta subsistan en la vida anímica de la persona dos posturas diversas, contrapuestas una a la otra e independientes entre sí, he ahí un rasgo universal de las neurosis; sólo que en este caso una pertenece al yo, y la contrapuesta, como reprimida, al ello. El distingo entre ambos casos es, en lo esencial, tópico o estructural, y no siempre resulta fácil decidir frente a cuál de esas dos posibilidades se está. Ahora bien, lo importante que ambas tienen en común reside en lo siguiente: No interesa qué emprenda el yo en su afán defensivo, sea que quiera desmentir un fragmento del mundo exterior real y efectivo o rechazar una exigencia pulsional del mundo interior, el resultado nunca es perfecto, sin residuo, sino que siempre se siguen de allí dos posturas opuestas, de las cuales también la subyacente, la más débil, conduce a ulterioridades psíquicas. Para concluir, sólo se requiere señalar cuán poco de todos estos procesos nos deviene consabido por percepción conciente (ver nota).

IX.           El mundo interior

Para dar noticia de una coexistencia compleja no tenemos otro camino que describirla en sucesión, y por eso todas nuestras exposiciones pecan al comienzo de simplificación unilateral y esperan ser completadas, que se corone su edificio y, así, se las rectifique.

La representación de un yo que media entre ello y mundo exterior, que asume las exigencias pulsionales de aquel para conducirlas a su satisfacción y lleva a cabo percepciones en este, valorizándolas como recuerdos; que, preocupado por su autoconservación, se pone en guardia frente a exhortaciones hipertróficas de ambos lados, al tiempo que es guiado, en todas sus decisiones, por las indicaciones de un principio de placer modificado: esta representación, digo, en verdad sólo es válida para el yo hasta el final del primer período de la infancia (cerca de los cinco años). Hacia esa época se ha consumado una importante alteración. Un fragmento del mundo exterior ha sido resignado como objeto, al menos parcialmente, y a cambio (por identificación) fue acogido en el interior del yo, o sea, ha devenido un ingrediente del mundo interior. Esta nueva instancia psíquica prosigue las funciones que habían ejercido aquellas personas [los objetos abandonados] del mundo exterior; observa al yo, le da órdenes, lo juzga y lo amenaza con castigos, en un todo como los progenitores, cuyo lugar ha ocupado. Llamamos superyó a esa instancia, y la sentimos, en sus funciones de juez, como nuestra conciencia moral. Algo notable: el superyó a menudo despliega una severidad para la que los progenitores reales no han dado el modelo. Y es notable, también, que no pida cuentas al yo sólo a causa de sus acciones, sino de sus pensamientos y propósitos incumplidos, que parecen serle consabidos. Esto nos trae a la memoria que también el héroe de la saga de Edipo se siente culpable a causa de sus acciones, y se somete a un autocastigo, cuando la compulsión del oráculo debiera proclamarlo libre de culpa tanto a juicio nuestro como a juicio de él. De hecho, el superyó es el heredero del complejo de Edipo y sólo se impone {einsetzen} tras la tramitación de este. Por eso su hiperseveridad no responde a un arquetipo objetivo, sino que corresponde a la intensidad de la defensa gastada contra la tentación del complejo de Edipo. Una vislumbre de esta relación de cosas yace sin duda en el fondo {zu Grunde} de lo que aseveran filósofos y creyentes, a saber, que el sentido moral no es instilado al hombre por la educación, ni lo adquirieron por la vida comunitaria, sino que les ha sido implantado desde un lugar más elevado.


Mientras el yo trabaja en pleno acuerdo con el superyó, no es fácil distinguir las exteriorizaciones de ambos, pero las tensiones y enajenaciones entre ellos se hacen notar con mucha nitidez. El martirio de los reproches de la conciencia moral responde exactamente a la angustia del niño por la pérdida de amor, angustia que fue sustituida en él por la instancia moral. Por otro lado, cuando el yo ha sustituido con éxito una tentación de hacer algo que sería chocante para el superyó, se siente elevado en su sentimiento de sí y reafirmado en su orgullo, como si hubiera logrado una valiosa conquista. De tal manera, el superyó sigue cumpliendo para el yo el papel de un mundo exterior, aunque haya devenido una pieza del mundo interior. Para todas las posteriores épocas de la vida subroga el influjo de la infancia del individuo, el cuidado del niño, la educación y la dependencia -de los progenitores de esa infancia que en el ser humano se prolonga tanto por la convivencia dentro de familias-. Y, con ello, no sólo adquieren vigencia las cualidades personales de esos progenitores, sino también todo cuanto haya ejercido efectos de comando sobre ellos mismos, las inclinaciones y requerimientos del estado social en que viven, las disposiciones y tradiciones de la raza de la cual descienden. Sí uno es afecto a las comprobaciones generales y las separaciones tajantes, puede decir que el mundo exterior, donde el individuo se hallará expuesto {aussetzen} tras su desasimiento de los padres, representa {reprüsentieren} el poder del presente; su ello, con sus tendencias heredadas, el pasado orgánico, y el superyó, que viene a sumarse más tarde, el pasado cultural ante todo, que el niño debe por así decir revivenciar en los pocos años de su edad temprana. No es fácil que tales generalidades sean universalmente correctas. Una parte de las conquistas culturales sin duda ha dejado como secuela su precipitado dentro del ello, mucho de lo que el superyó trae despertará un eco en el ello, y no poco de lo que el niño vivencia como nuevo experimentará un refuerzo porque repite un ancestral vivenciar filogenético. («Lo que has heredado de tus padres, adquiérelo para poseerlo»). De este modo, el superyó ocupa una suerte de posición media entre ello y mundo exterior, reúne en sí los influjos del presente y el pasado. En la institución del superyó uno vivencia, digamos así, un ejemplo del modo en que el presente es traspuesto en pasado. ( ... )

S. FREUD Algunas lecciones elementales...



Algunas lecciones elementales sobre psicoanálisis. (1940 [1938])
«Some Elementary Lessons in Psycho-Analysis»

Nota introductoria

Cuando uno quiere exponer determinado ámbito del saber. -o, dicho en términos más modestos, de la investigación- para los profanos, es evidente que puede escoger entre dos métodos o técnicas. Uno sería partir de lo que todo el mundo sabe o cree saber y considera cosa evidente, sin contradecirlo en principio. Enseguida se hallará oportunidad de llamar la atención del profano sobre unos hechos de ese mismo ámbito, de los cuales él sin duda tiene noticia, pero que hasta entonces ha descuidado o no apreció lo suficiente. Y a continuación se puede familiarizarlo con otros hechos de los que él nada sabía, y así prepararlo para la necesidad objetiva de ir de más allá del juicio que hasta entonces tenía, buscar nuevos puntos vista y prestar oídos a nuevos supuestos explicativos. De esta manera, el otro participa en la edificación de una teoría nueva sobre el asunto y puede tramitar sus objeciones a ella ya en el curso del trabajo en común.

Una exposición así merece el nombre de genética: repite el camino recorrido antes por el propio investigador. No obstante sus ventajas, le es inherente el defecto de no hacer suficiente impresión sobre el aprendiz. Algo que él ha visto nacer y crecer en medio de dificultades no se le impondrá, ni con mucho, como algo que surja frente a él en forma acabada, en apariencia cerrado en sí mismo.

La otra explicación, que consigue precisamente esto último, es la dogmática; ella anticipa sus resultados, demanda atención y creencia para sus premisas, da pocas informaciones para su fundamentación. Es cierto que de ese modo se engendra el peligro de que un oyente crítico diga, sacudiendo la cabeza: « ¡Qué raro que suena todo esto! ¿Y de dónde lo sabrá nuestro hombre?».

En mi exposición no utilizaré ninguno de esos métodos, sino que seguiré ora uno, ora el otro. No me engaño acerca de la dificultad de mi tarea. El psicoanálisis tiene pocas perspectivas de ser bien visto o popular. Y no sólo porque muchos de sus contenidos afrentan los sentimientos de numerosas personas; casi igual efecto perturbador produce el hecho de incluir nuestra ciencia algunos supuestos -uno no sabe si contarlos entre los resultados de nuestro trabajo o entre sus premisas (ver nota)- que no pueden sino parecer en grado sumo ajenos al pensar ordinario de la multitud y contradicen de manera radical ciertas opiniones dominantes. No hay remedio: con la elucidación de dos de estos delicados supuestos tenemos que inaugurar la serie de nuestros breves estudios.

La naturaleza de lo psíquico

El psicoanálisis es una parte de la ciencia sobre el alma, de la psicología. También se lo llama «psicología de lo profundo»; luego averiguaremos la razón de ello. Si alguien preguntara qué es propiamente lo psíquico, fácil sería responderle remitiéndolo a sus contenidos. Nuestras percepciones, representaciones, recuerdos, sentimientos y actos de voluntad, todo esto pertenece a lo psíquico. Pero si esa inquisición prosiguiera, y ahora quisiera saber si todos esos procesos poseen un carácter común que nos permitiera asir de una manera más ceñida la naturaleza o, como también se dice, la esencia de lo psíquico, sería más difícil dar una respuesta.

Si se hubiera dirigido una pregunta análoga a un físico (p. ej., acerca de la esencia de la electricidad), su respuesta -hasta hace muy poco tiempo- habría sido: «Para explicar ciertos fenómenos suponemos unas fuerzas eléctricas que son inherentes a las cosas y parten de ellas, Estudiamos estos fenómenos, hallamos sus leyes y aun logramos aplicaciones prácticas. Provisionalmente nos basta. En cuanto a la esencia de la electricidad, no la conocemos; quizá más tarde, en el progreso de nuestro trabajo, habremos de averiguarla. Confesamos que nuestra ignorancia atañe, justamente, a lo más importante e interesante de todo el asunto, pero ello no nos turba por ahora, Nunca ha sido de otro modo en las ciencias naturales».

La psicología es también una ciencia natural. ¿Qué otra cosa puede ser? Pero su caso es de diverso orden. No cualquiera osa formular juicios sobre cosas físicas, pero todos -el filósofo tanto como el hombre de la calle- tienen su opinión sobre cuestiones psicológicas y se comportan como si fueran al menos unos psicólogos aficionados. Y aquí viene lo asombroso: que todos -o casi todos- están de acuerdo en que lo psíquico posee efectivamente un carácter común en que se expresa su esencia. Es el carácter único, indescriptible pero que tampoco ha menester de descripción alguna, de la condición de conciente. Se dice que todo lo conciente es psíquico, y también, a la inversa, que todo lo psíquico es conciente. Que sería algo evidente, y un disparate contradecirlo. Ahora bien, no puede aseverarse que con esta decisión se arroje mucha luz sobre la esencia de lo psíquico; en efecto, ante la condición de conciente, uno de los hechos fundamentales de nuestra vida, se detiene la investigación como frente a un muro. No halla camino alguno que lleve a otra parte. Y además, la equiparación de lo anímico con lo conciente producía la insatisfactoria consecuencia de desgarrar los procesos psíquicos del nexo del acontecer universal, y así contraponerlos, como algo ajeno, a todo lo otro. Pero esto no era aceptable, pues no se podía ignorar por largo tiempo que los fenómenos psíquicos dependen en alto grado de influjos corporales y a su vez ejercen los más intensos efectos sobre procesos somáticos. Si el pensar humano ha entrado alguna vez en un callejón sin salida, es este. Para hallar una salida, los filósofos debieron por lo menos adoptar el supuesto de que existían procesos orgánicos paralelos a los psíquicos concientes, ordenados con respecto a ellos de una manera difícil de explicar, que, según se suponía, mediaban la acción recíproca entre «cuerpo y alma» y reinsertaban lo psíquico dentro de la ensambladura de la vida. Pero esta solución seguía siendo insatisfactoria.

El psicoanálisis se sustrajo de estas dificultades contradiciendo con energía la igualación de lo psíquico con lo conciente. No; la condición de conciente no puede ser la esencia de lo psíquico, sólo es una cualidad suya, y por añadidura una cualidad inconstante, más a menudo ausente que presente. Lo psíquico en sí, cualquiera que sea su naturaleza, es inconciente, probablemente del mismo modo que todos los otros procesos de la naturaleza de los cuales hemos tomado noticia.

Para fundar su enunciado, el psicoanálisis invoca una serie de hechos, de los cuales se ofrece una selección en lo que sigue.

Se conocen las llamadas «ocurrencias», unos pensamientos que afloran a la conciencia de pronto y ya acabados, sin que uno tenga noticia de sus preparativos, pero que, no obstante, tienen que haber sido actos psíquicos, Así es; puede acontecer que de esa manera uno reciba la solución de un difícil problema intelectual, sobre el cual un rato antes se devanaba los sesos en vano. Habían escapado de la conciencia todos los complicados procesos de selección, desestimación y decisión, que llenaron el intervalo. No creamos ninguna teoría nueva si decimos que han sido inconcientes, y acaso lo siguieron siendo.

En segundo lugar, he escogido, de un grupo enormemente grande de fenómenos, un ejemplo destinado a subrogarnos todos los demás (ver nota). El presidente de un cuerpo colegiado (la Cámara de Diputados de Austria) abrió cierta vez las sesiones con las siguientes palabras: «Compruebo la presencia en el recinto de un número suficiente de señores diputados, y por tanto declaro cerrada la sesión». Fue un caso de desliz en el habla; no hay duda de que el presidente quiso decir: «la declaro abierta». Entonces, ¿por qué dijo lo contrario? Uno está preparado a oír esta respuesta: Fue un error casual, un yerro de la intención, como es tan fácil que suceda bajo toda clase de influjos; no tiene por qué significar nada, y además es muy sencillo que los contrarios, justamente, se permuten entre sí. No obstante, si uno examina la situación en la cual ocurrió el desliz en el habla, se inclinará a preferir otra concepción. Muchas sesiones anteriores de la Cámara habían trascurrido en medio de unas tormentas poco edificantes e infructuosas; era asaz comprensible que el presidente pensara, pues, en el momento de la apertura: «Ojalá la sesión que debe empezar ahora ya hubiera pasado. Antes preferiría cerrarla que abrirla». Cuando comenzó a hablar, es probable que este deseo no le fuera presente, conciente, pero sin duda había estado presente y consiguió abrirse paso, contra el propósito del hablante, en su aparente error. En esta oscilación nuestra, entre dos explicaciones tan diversas, difícilmente pueda decidir un caso aislado. Pero, ¿y si todos los otros casos de desliz en el habla admitieran un mismo esclarecimiento, como así también los parecidos errores en la escritura, la lectura, la audición y el trastrocar las cosas confundido? ¿Y si en todos estos casos -en verdad, sin excepción- se pudiera rastrear un acto psíquico, un pensamiento, un deseo, un propósito, capaz de justificar el supuesto error, y este fuera inconciente en el momento en que exteriorizó su efecto, aunque hubiera podido ser conciente antes? Entonces, en realidad, ya no se podría cuestionar que existen actos psíquicos que son inconcientes, más aún, que pueden devenir activos en el intervalo en que son inconcientes, y en ese intervalo son aun capaces de vencer a unos propósitos concientes. El individuo mismo se puede comportar de diversos modos ante semejante operación fallida. Puede ignorarla por completo, o reparar él mismo en ella; quedar turbado, avergonzarse de ella. Pero, en general, no es capaz de hallar por sí mismo la explicación del error; para ello ha menester de una ayuda, y a menudo se revuelve, al menos por un rato, contra la solución que se le comunica.

Y en tercer lugar: en personas hipnotizadas se puede demostrar experimentalmente que existen actos psíquicos inconcientes, y que la condición de conciente no es indispensable para la actividad [psíquica]. Quien haya asistido a un experimento tal habrá recibido una impresión inolvidable y adquirido una inconmovible convicción. Sucede más o menos así: El médico entra en la habitación de los enfermos en el hospital, deja su paraguas en un rincón, pone en estado de hipnosis a uno de los pacientes, y le dice: «Ahora yo me retiro; cuando regrese, usted me saldrá al encuentro con el paraguas abierto, y lo sostendrá sobre mi cabeza». Tras ello, médico y acompañante abandonan la habitación. Tan pronto regresan, el enfermo ahora despierto realiza justamente aquello que se le ordenó en la hipnosis. El médico le increpa: «¿Pero qué hace usted?. ¿Qué sentido tiene esto?». El paciente queda evidentemente turbado, balbucea algo así como: «Sólo pensé, doctor, que llovía afuera, y entonces usted abriría el paraguas antes de salir de la habitación». Un subterfugio a todas luces insuficiente, inventado en el momento para motivar de algún modo su comportamiento sin sentido. Pero para los espectadores es claro que él no tiene noticia de su motivo real y efectivo. Nosotros lo conocemos, pues estábamos presentes cuando éI recibió la sugestión que ahora ha obedecido, si bien nada sabe de su existencia dentro de él (er nota).

Ahora consideramos tramitada la pregunta por la relación de lo conciente con lo psíquico: la conciencia es sólo una cualidad (propiedad) -inconstante, por lo demás- de lo psíquico. Todavía tenemos que defendernos de una objeción. Ella nos dice que, a pesar de los hechos mencionados, no es necesario resignar la identidad de lo conciente con lo psíquico. Y que los llamados procesos psíquicos inconcientes serían, justamente, los procesos orgánicos paralelos de lo anímico, hace mucho admitidos. Es verdad que esto reduciría nuestro problema a una cuestión de definición en apariencia indiferente. He aquí nuestra respuesta: Sería injustificado, y muy inadecuado, destruir la unidad de la vida anímica en aras de una definición, cuando nosotros vemos, al contrario, que la conciencia sólo puede brindarnos unas series incompletas y lagunosas de fenómenos. Y, por otra parte, difícilmente se deba al azar que sólo tras el cambio en la definición de lo psíquico se volviera posible crear una teoría abarcadora y coherente de la vida anímica.

No es lícito creer, además, que esta otra concepción de lo psíquico sea una innovación debida al psicoanálisis. Un filósofo alemán, Theodor Lipps, ha proclamado de manera tajante que lo psíquico es en sí inconciente, que lo inconciente es lo psíquico genuino. Hacía mucho tiempo que el concepto de lo inconciente golpeaba a las puertas de la psicología para ser admitido. Filosofía y literatura jugaron con él harto a menudo, pero la ciencia no sabía emplearlo. El psicoanálisis se ha apoderado de este concepto, lo ha tomado en serio, lo ha llenado con un contenido nuevo. Sus investigaciones dieron noticia sobre unos caracteres hasta hoy insospechados de lo psíquico inconciente, descubrieron algunas de las leyes que lo gobiernan. Pero con todo ello no se dice que la cualidad de la condición de conciente haya perdido su significatividad para nosotros. Sigue siendo la única luz que nos alumbra y guía en la oscuridad de la vida anímica. A consecuencia de la naturaleza particular de nuestro discernimiento, nuestro trabajo científico en la psicología consistirá en traducir procesos inconcientes a procesos concientes, y de tal modo llenar las lagunas de la percepción conciente. (...)





S. FREUD 31ª conferencia

31ª conferencia. La descomposición de la personalidad psíquica

(Ver nota(43)

Señoras y señores: Sé que en sus vínculos con personas o cosas ustedes advierten la significación del punto de partida. Le ocurrió también al psicoanálisis: en modo alguno fue indiferente para su ulterior desarrollo, ni para la acogida que tuvo, iniciar su trabajo por el síntoma, lo más ajeno al yo que se encuentre en el interior del alma. El síntoma proviene de lo reprimido, es por así decir su subrogado ante el yo; ahora bien, lo reprimido es para el yo tierra extranjera, una tierra extranjera interior, así como la realidad -permítanme la expresión insólitaes tierra extranjera exterior. Desde el síntoma, el sendero llevó a lo inconciente, a la vida pulsional, a la sexualidad, y fue la época en que el psicoanálisis tuvo que oír las agudas objeciones de que el ser humano no es mera criatura sexual, conoce también mociones más nobles y elevadas. Habríase podido agregar que empinándose en la conciencia de esas mociones superiores se arroga hartas veces la facultad de pensar dislates y descuidar hechos. Ustedes tienen un mejor conocimiento; desde el comienzo mismo se sostuvo entre nosotros que el ser humano enferma a raíz del conflicto entre las exigencias de la vida pulsional y la resistencia que dentro de él se eleva contra ellas, y en ningún momento habíamos olvidado a esa instancia que resiste, rechaza, reprime, a la que imaginábamos dotada de sus fuerzas particulares, las pulsiones yoicas, y que coincidía justamente con el yo de la psicología popular. Sólo que en el arduo progresar del trabajo científ ico tampoco el psicoanálisis pudo estudiar todos los campos de manera simultánea ni pronunciarse de un solo aliento sobre todos los problemas. Al fin se hubo avanzado lo suficiente para apartar la atención de lo reprimido y dirigirla a lo represor; entonces nos enfrentamos a ese yo, que parecía ser tan evidente, con la expectativa cierta de hallar también ahí cosas para las cuales uno no podía estar preparado. Pero no fue fácil hallar un primer acceso. Sobre esto quiero informarles hoy. Debo, sin embargo, formular mi conjetura de que esta exposición mía de la psicología del yo les producirá un efecto diverso que su antecesora, la introducción en el mundo psíquico subterráneo. No sé con certeza por qué habría de ser así. En primer lugar, hallarán, creo, que antes les informé sobre todo acerca de hechos, si bien ajenos y raros, mientras que esta vez escucharán principalmente concepciones, o sea especulaciones. Pero esto no da en el blanco; considerándolo mejor, debo afirmar que la parte del procesamiento conceptual del material de hechos no es mucho mayor en nuestra psicología del yo de lo que fue en la psicología de las neurosis. También me vi forzado a desestimar otros fundamentos posibles de mi expectativa; ahora creo que ello se debe de algún modo al carácter del material mismo y a nuestra falta de costumbre de tratar con él. Comoquiera que fuese, no me asombrará que se muestren ustedes en su juicio todavía más reservados y prudentes que hasta el momento.


La situación en que nos hallamos al comienzo de nuestra indagación debe enseñarnos por sí misma el camino. Queremos tomar como asunto de ella al yo, a nuestro yo más propio. Pero, ¿es posible hacerlo? El yo es por cierto el sujeto más genuino: ¿cómo podría devenir objeto? Ahora bien, sin duda ello es posible. El yo puede tomarse a sí mismo por objeto, tratarse como a los otros objetos, observarse, criticarse, y Dios sabe cuántas otras cosas podrá emprender consigo mismo. Para ello, una parte del yo se contrapone al resto. El yo es entonces escindible, se escinde en el curso de muchas de sus funciones, al menos provisionalmente. Los fragmentos parcelados pueden reunificarse luego. Esto no es ninguna novedad, acaso no es sino una desacostumbrada insistencia en cosas consabidas. Por otra parte, estamos familiarizados con la concepción de que la patología, mediante sus aumentos y engrosamientos, puede llamarnos la atención sobre constelaciones normales que de otro modo se nos escaparían. Toda vez que nos muestra una ruptura o desgarradura, es posible que normalmente preexistiera una articulación. Si arrojamos un cristal al suelo se hace añicos, pero no caprichosamente, sino que se fragmenta siguiendo líneas de escisión cuyo deslinde, aunque invisible, estaba comandado ya por la estructura del cristal. Unas tales estructuras desgarradas y hechas añicos son también los enfermos mentales. Tampoco nosotros podemos denegarles algo del horror reverencial que los pueblos antiguos testimoniaban a los locos. Ellos se han extrañado de la realidad exterior, pero justamente por eso saben más de la realidad interior, psíquica, y pueden revelarnos muchas cosas que de otra manera nos resultarían inaccesibles. De un grupo de estos enfermos decimos que padecen el delirio de ser observados. Se nos quejan de que sin cesar, y hasta en su obrar más íntimo, son fastidiados por la observación de unos poderes desconocidos, aunque probablemente se trata de personas; y por vía alucinatoria oyen cómo esas personas anuncian los resultados de su observación: «Ahora va a decir eso, se viste para salir, etc.». Esa observación no es por cierto idéntica a una persecución, pero no está muy lejos de esta; presupone que se desconfía de ellos, que se espera sorprenderlos en acciones prohibidas por las que deben ser castigados. ¿Qué tal si estos locos tuvieran razón, si en todos nosotros estuviera presente dentro del yo una instancia así, que observa y amenaza con castigos, con la sola diferencia de que en ellos se habría separado más tajantemente del yo y desplazado de manera errónea a la realidad exterior? No sé si a ustedes les pasa lo mismo que a mí. Después que bajo la fuerte impresión de este cuadro patológico hube concebido la idea de que la separación de una instancia observadora del resto del yo podía ser un rasgo regular dentro de la estructura del yo, esa idea no me abandonó más, y me vi empujado a investigar los otros caracteres y nexos de la instancia así separada. Enseguida se da el paso siguiente. Ya el contenido del delirio de observación sugiere que el observar no es sino una preparación del enjuiciar y castigar, y así colegimos que otra función de esa instancia tiene que ser lo que llamamos nuestra conciencia moral. No parece que dentro de nosotros haya algo que separemos de nuestro yo de manera tan regular y lo contrapongamos a él tan fácilmente como lo hacemos con nuestra conciencia moral. Siento la inclinación de hacer algo que me promete un placer, pero lo omito con el fundamento de que mi conciencia moral no lo permite. 0 bien la hipertrófica expectativa de placer me movió a hacer algo contra lo cual elevó su veto la voz de la conciencia moral, y tras el acto ella me castiga con penosos reproches, me hace sentir el arrepentimiento por él. Podría decir simplemente que la instancia particular que empiezo a distinguir dentro del yo es la conciencia moral, pero es más prudente considerar autónoma esa instancia, una de cuyas funciones sería la conciencia moral y otra la observación de sí, indispensable como premisa de la actividad enjuiciadora de la conciencia moral. Y como cumple al reconocimiento de una existencia separada dar a la cosa un nombre propio, designaré en lo sucesivo «superyó» a esa instancia situada en el interior del yo. Ahora estoy preparado para que me pregunten irónicamente si nuestra psicología del yo se limita a tomar al pie de la letra abstracciones en uso y engrosarlas, mudarlas de conceptos en cosas, con lo cual no se ganaría mucho. Respondo que en la psicología del yo será difícil evitar lo consabido; se tratará más de concepciones y ordenamientos novedosos que de nuevos descubrimientos. Quédense por ahora con su crítica desvalorizadora, y esperen los próximos desarrollos. Los hechos de la patología proporcionan a nuestros empeños un cañamazo que en vano buscarían ustedes en la psicología popular. Prosigo, pues. No bien nos hemos familiarizado con la idea de un superyó así concebido, que goza de cierta autonomía, persigue sus propios propósitos y es independiente del yo en cuanto a su patrimonio energético, se nos impone un cuadro patológico que ilustra de manera patente la severidad, hasta la crueldad, de esa instancia, así como las mudanzas de su vínculo con el yo. Me refiero al estado de la melancolía(44) más precisamente del ataque melancólico, del cual ustedes sin duda habrán oído bastante aunque no sean psiquiatras. El rasgo más llamativo de esta enfermedad, acerca de cuya causación y mecanismo sabemos muy poco, es el modo en que el superyó -digan ustedes sólo para sí: la conciencia moral- trata al yo. Mientras que en sus períodos sanos el melancólico puede ser más o menos severo consigo mismo, como cualquier otra persona, en el ataque melancólico el superyó se vuelve hipersevero, insulta, denigra, maltrata al pobre yo, le hace esperar los más graves castigos, lo reprocha por acciones de un lejano pasado que en su tiempo se tomaron a la ligera, como si durante todo ese intervalo se hubiera dedicado a reunir acusaciones y sólo aguardara su actual fortalecimiento para presentarse con ellas y sobre esa base formular una condena. El superyó aplica el más severo patrón moral al yo que se le ha entregado inerme, y hasta subroga la exigencia de la moralidad en general; así, aprehendemos con una mirada que nuestro sentimiento de culpa moral expresa la tensión entre el yo y el superyó. Es una experiencia muy asombrosa ver como un fenómeno periódico [en dichos pacientes] a esa moralidad que supuestamente nos ha sido otorgada e implantada tan hondo por Dios. En efecto, trascurrido cierto número de meses el alboroto moral pasa, la crítica del superyó calla, el yo es rehabilitado y vuelve a gozar de todos los derechos humanos hasta ¿I próximo ataque. Y aun en muchas formas de la enfermedad se produce en los períodos intermedios algo contrario; el yo se encuentra en un estado de embriaguez beatífica, triunfa como si el superyó hubiera perdido toda fuerza o hubiera confluido con el yo, y este yo liberado, maníaco, se permite de hecho, desinhibidamente, la satisfacción de todas sus concupiscencias. He ahí unos procesos que rebosan de enigmas irresueltos. Esperarán ustedes, por cierto, algo más que una mera ilustración si les anuncio que hemos aprendido muchas cosas acerca de la formación del superyó, o sea, sobre la génesis de la conciencia moral. Apoyándose en una famosa sentencia de Kant, que pone en relación la conciencia moral en nosotros con el cielo estrellado (ver nota(45)), una persona piadosa muy bien podría sentir la tentación de venerar a ambos como las piezas maestras de la Creación. Las estrellas son sin duda algo grandioso, pero por lo que atañe a la conciencia moral, Dios ha realizado un trabajo desigual y negligente, pues una gran mayoría de los seres humanos no la han recibido sino en escasa medida, o no en la suficiente para que valga la pena hablar de ella. En modo alguno desconocemos la parte de verdad psicológica contenida en la afirmación de que la conciencia moral es de origen divino, pero la tesis requiere interpretación. Si la conciencia moral es sin duda algo «en nosotros», no lo es desde el comienzo. Es en esto un opuesto de la vida sexual, que efectivamente está ahí desde el comienzo de la vida y no viene a agregarse sólo más tarde. Pero el niño pequeño es notoriamente amoral, no posee inhibiciones internas contra sus impulsos que quieren alcanzar placer. El papel que luego adopta el superyó es desempeñado primero por un poder externo, la autoridad parental. El influjo de los progenitores rige al niño otorgándole pruebas de amor y amenazándolo con castigos que atestiguan la pérdida de ese amor y no pueden menos que temerse por sí mismos. Esta angustia realista es la precursora de la posterior angustia moral(46); mientras gobierna, no hace falta hablar de superyó ni de conciencia moral. Sólo más tarde se forma la situación secundaria que estamos demasiado inclinados a considerar la normal: en el lugar de la instancia parental aparece el superyó que ahora observa al yo, lo guía y lo amenaza, exactamente como antes lo hicieron los padres con el niño. Ahora bien, el superyó, que de ese modo toma sobre sí el poder, la operación y hasta los métodos de la instancia parental, no es sólo el sucesor de ella, sino de hecho su legítimo heredero. Proviene de ella en línea directa; pronto averiguaremos mediante qué proceso. Pero antes debemos considerar una discordancia entre ambos. El superyó, en una elección unilateral, parece haber tomado sólo el rigor y la severidad de los padres, su función prohibidora y punitoria, en tanto que su amorosa tutela no encuentra recepción ni continuación algunas. Si los padres ejercieron de hecho un severo gobierno, creemos lógico hallar que también en el niño se ha desarrollado un superyó severo, pero la experiencia enseña, contra nuestra expectativa, que el superyó puede adquirir ese mismo carácter de rigor despiadado aunque la educación fuera indulgente y benévola, y evitara en lo posible amenazas y castigos. Volveremos sobre esta contradicción más adelante, cuando tratemos acerca de las trasposiciones pulsionales en la formación del superyó. En cuanto a la trasmudación del vínculo parental en el superyó no puedo decirles tanto como me gustaría, en parte porque ese proceso es tan enmarañado que su exposición no cabe en los marcos de una introducción como esta que pretendo ofrecerles, y en parte porque nosotros mismos no creemos haberlo penetrado por completo. Confórmense entonces con las siguientes indicaciones. La base de este proceso es lo que se llama una «identificación», o sea una asimilación de un yo a un yo ajeno, a consecuencia de la cual ese primer yo se comporta en ciertos aspectos como el otro, lo imita, por así decir lo acoge dentro de sí. Se ha comparado la identificación, y no es desatino, con la incorporación oral, canibálica, de la persona ajena. La identificación es una forma muy importante de la ligazón con el prójimo, probablemente la más originaria; no es lo mismo que una elección de objeto. Podemos expresar la diferencia más o menos así: cuando el varoncito se ha identificado con el padre, quiere ser como el padre; cuando lo ha hecho objeto de su elección, quiere tenerlo, poseerlo. En el primer caso su yo se alterará siguiendo el arquetipo del padre; en el segundo, ello no es necesario. Identificación y elección de objeto son en vasta medida independientes entre sí; empero, uno puede identificarse con la misma persona a quien se tomó, por ejemplo, como objeto sexual, alterar su yo de acuerdo con ella. Suele decirse que el influjo del objeto sexual sobre el yo se produce con particular frecuencia en las mujeres y es característico de la feminidad. En cuanto al que es con mucho el más instructivo de los nexos entre identificación y elección de objeto, ya tengo que haberles hablado en las anteriores conferencias. Es que se lo observa con harta facilidad así en niños como en adultos, en personas normales como en enfermas. Si uno ha perdido un objeto o se ve precisado a resignarlo, es muy común que uno se resarza identificándose con él, erigiéndolo de nuevo dentro de su yo, de suerte que aquí la elección de objeto regresa, por así decir, a la identificación (ver nota(47)). Ni yo mismo estoy del todo satisfecho con estas puntualizaciones acerca de la identificación, pero basta con que les parezca posible concederme que la institución del superyó se describa como un caso logrado de identificación con la instancia parental. Ahora bien, el hecho decisivo en favor de esta concepción es que esa creación nueva de una instancia superior dentro del yo se enlaza de la manera más íntima con el destino del complejo de Edipo, de modo que el superyó aparece como el heredero de esta ligazón de sentimientos tan sustantiva para la infancia. Lo comprendemos: con la liquidación {Auflassen} del complejo de Edipo el niño se vio precisado a renunciar también a las intensas investiduras de objeto que había depositado en los progenitores, y como resarcimiento por esta pérdida de objeto se refuerzan muchísimo dentro de su yo las identificaciones con los progenitores que, probablemente, estuvieron presentes desde mucho tiempo atrás. Tales identificaciones, en su condición de precipitados de investiduras de objeto resignadas, se repetirán luego con mucha frecuencia en la vida del niño; pero responde por entero al valor de sentimiento de ese primer caso de una tal trasposición que su resultado llegue a ocupar una posición especial dentro del yo. Una indagación más honda nos enseña también que el superyó resulta mutilado en su fuerza y configuración cuando el complejo de Edipo se ha superado sólo de manera imperfecta. En el curso del desarrollo, el superyó cobra, además, los influjos de aquellas personas que han pasado a ocupar el lugar de los padres, vale decir, educadores, maestros, arquetipos ideales. Lo normal es que se distancie cada vez más de los individuos parentales originarios, que se vuelva por así decir más y más impersonal. No olvidemos tampoco que el niño aprecia a sus padres de manera diferente en diversos períodos de su vida. En la época en que el complejo de Edipo deja el sitio al superyó, ellos son algo enteramente grandioso; más tarde menguan mucho. También con estos padres posteriores se producen después identificaciones, pero lo común es que ellas brinden importantes contribuciones a la formación del carácter; en tal caso, afectan sólo al yo, y no influyen más sobre el superyó, que ha sido comandado por las primerísimas imagos parentales (ver nota(48)). Espero ya tengan la impresión de que nuestra postulación del superyó describe real y efectivamente una constelación estructural, y no se limita a personificar una abstracción como la de la conciencia moral. Mencionaremos todavía una importante función que adjudicamos a ese superyó. Es también el portador del ideal del yo con el que el yo se mide, al que aspira a alcanzar y cuya exigencia de una perfección cada vez más vasta se empeña en cumplir. No hay duda de que ese ideal del yo es el precipitado de la vieja representación de los progenitores, expresa la admiración por aquella perfección que el niño les atribuía en ese tiempo (ver nota(49)). Sé que han oído hablar mucho del sentimiento de inferioridad que distinguiría justamente a los neuróticos. Se hace bulla con él sobre todo en las llamadas «bellas letras». Un escritor que usa el término «complejo de inferioridad» cree haber satisfecho todos los requerimientos del psicoanálisis y elevado su exposición a un nivel psicológico superior. En realidad, la artificiosa expresión «complejo de inferioridad» apenas si se usa en el psicoanálisis. Para nosotros no significa algo simple, y menos aún algo elemental. Reconducirla a la autopercepción de cualesquiera mutilaciones de órgano, como gusta hacerlo la escuela de la llamada «psicología individual», nos parece un miope error (ver nota(50)). El sentimiento de inferioridad tiene fuertes raíces eróticas. El niño se siente inferior cuando nota que no es amado, y lo mismo le sucede al adulto. El único órgano considerado de hecho inferior es el pene atrofiado, el clítoris de la niña (ver nota(51)). Pero lo principal del sentimiento de inferioridad proviene del vínculo del yo con su superyó y, lo mismo que el sentimiento de culpa, expresa la tensión entre ambos. En general, es difícil distinguir entre sentimiento de inferioridad y sentimiento de culpa, Acaso se haría bien en ver en el primero el complemento erótico del sentimiento de inferioridad moral. En el psicoanálisis hemos prestado poca atención a este problema de deslinde conceptual. Justamente por la gran popularidad que ha alcanzado el complejo de inferioridad me permito entretenerlos aquí con una breve digresión. Una personalidad histórica de nuestro tiempo, que aún vive, pero en la actualidad se ha retirado a un segundo plano, conserva cierta atrofia en un miembro por una lesión que sufrió durante su nacimiento. Un escritor muy famoso de nuestros días, que se ha consagrado a las biografías de personas sobresalientes, trató también la vida de este hombre que acabo de mencionar(52). Ahora bien, parece sin duda difícil sofocar la necesidad de ahondamiento psicológico cuando se escribe una biografía. Por eso nuestro autor se aventuró a edificar todo el desarrollo de carácter de su héroe sobre el sentimiento de inferioridad que su defecto físico no habría podido menos que provocarle. Al hacerlo pasó por alto un hecho pequeño, pero no carente de importancia. Lo común es que la madre a quien el destino ha deparado un hijo enfermo o con alguna otra tacha busque resarcirlo de esa injusta desventaja mediante un exceso de amor. En el caso en cuestión la orgullosa madre se comportó de otro modo: privó de su amor al hijo debido a su deformidad. Cuando el niño se convirtió en un hombre de gran poder, probó de manera inequívoca con sus acciones que nunca había perdonado a su madre. Si ustedes se percatan del valor del amor materno para la vida anímica del niño, corregirán sin duda mentalmente la teoría de la inferioridad, sustentada por el biógrafo. Volvamos al superyó. Le hemos adjudicado la observación de sí, la conciencia moral y la función de ideal. De nuestras puntualizaciones sobre su génesis se desprende que tiene por premisas un hecho biológico de importancia sin igual y un hecho psicológico ineluctable: la prolongada dependencia de la criatura humana de sus progenitores, y el complejo de Edipo; a su vez, ambos hechos se enlazan estrechamente entre sí. El superyó es para nosotros la subrogación de todas las limitaciones morales, el abogado del afán de perfección; en suma, lo que se nos ha vuelto psicológicamente palpable de lo que se llama lo superior en la vida humana. Como él mismo se remonta al influjo de los padres, educadores y similares, averiguaremos algo más todavía acerca de su significado si nos volvemos a estas fuentes suyas. Por regla general, los padres y las autoridades análogas a ellos obedecen en la educación del niño a los preceptos de su propio superyó. No importa cómo se haya arreglado en ellos su yo con su superyó; en la educación del niño se muestran rigurosos y exigentes. Han olvidado las dificultades de su propia infancia, están contentos de poder identificarse ahora plenamente con sus propios padres, que en su tiempo les impusieron a ellos mismos esas gravosas limitaciones. Así, el superyó del niño no se edifica en verdad según el modelo de sus progenitores, sino según el superyó de ellos; se llena con el mismo contenido, deviene portador de la tradición, de todas las valoraciones perdurables que se han reproducido por este camino a lo largo de las generaciones. Entrevén ustedes qué importante ayuda para comprender la conducta social de los seres humanos (p. ej., la de la juventud desamparada), y acaso indicaciones prácticas para la educación, se obtienen de la consideración del superyó. Es probable que las concepciones de la historia llamadas materialistas pequen por subestimar este factor. Lo despachan señalando que las «ideologías» de los hombres no son más que un resultado y una superestructura de sus relaciones económicas actuales. Eso es verdad, pero muy probablemente no sea toda la verdad. La humanidad nunca vive por completo en el presente; en las ideologías del superyó perviven el pasado, la tradición de la raza y del pueblo, que sólo poco a poco ceden a los influjos del presente, a los nuevos cambios; y en tanto ese pasado opera a través del superyó, desempeña en la vida humana un papel poderoso, independiente de las relaciones económicas. En 1921 intenté aplicar la diferenciación entre yo y superyó al estudio de la psicología de las masas. Llegué a una fórmula como esta: Una masa psicológica es una reunión de individuos que han introducido en su superyó la misma persona y se han identificado entre sí en su yo sobre la base de esa relación de comunidad (ver nota(53)). Desde luego, esa fórmula es válida solamente para masas que tienen un conductor. Si poseyéramos más aplicaciones de esta clase, el supuesto del superyó perdería para nosotros su último resto de extrañeza y nos emanciparíamos por completo de la estrechez que nos aqueja todavía cuando, habituados a la atmósfera del mundo subterráneo, nos movemos en los estratos más superficiales, superiores, del aparato anímico. Desde luego, no creemos que con la separación del superyó hayamos dicho la última palabra sobre la psicología del yo. Es más bien un comienzo, pero en este caso no es sólo el comienzo el que cuesta. Ahora nos aguarda otra tarea, por así decir en el extremo contrapuesto del yo. La suscita una observación realizada en el curso del trabajo analítico, una observación que en verdad es muy antigua. Como ya ha ocurrido tantas veces, debió pasar mucho tiempo hasta que uno se decidiera a apreciar su valor. Ustedes saben que en realidad toda la teoría psicoanalítica está edificada sobre la percepción de la resistencia que nos ofrece el paciente cuando intentamos hacerle conciente su inconciente. El signo objetivo de la resistencia es que sus ocurrencias se le deniegan o se distancian mucho del tema tratado. El mismo puede discernir la resistencia también subjetivamente si registra sensaciones penosas cuando se aproxima al tema. Pero este último signo puede faltar. Entonces decimos al paciente que, según inferimos de su conducta, se encuentra ahora en estado de resistencia, y él responde que no sabe nada de ella, sólo nota la traba de las ocurrencias. Se demuestra que nosotros teníamos razón, pero, entonces, su resistencia era también inconciente, tan inconciente como lo reprimido en cuyo levantamiento trabajamos. Hace tiempo que se habría debido plantear esta pregunta: ¿De qué parte de su vida anímica procede esa resistencia inconciente? El principiante en el psicoanálisis responderá con ligereza: es justamente la resistencia de lo inconciente. ¡Respuesta ambigua e inutilizable! Si lo que se quiere indicar es que procede de lo reprimido, tenemos que decir: sin duda que no. A lo reprimido tenemos que atribuirle más bien una intensa pulsión aflorante, un esfuerzo por penetrar en la conciencia. La resistencia sólo puede ser una exteriorización del yo que en su tiempo llevó a cabo la represión y ahora quiere mantenerla. Desde siempre lo hemos concebido así. Puesto que suponemos en el yo una instancia particular que subroga los reclamos de limitación y rechazo, el superyó, podemos afirmar que la represión es la obra de ese superyó, él mismo la lleva a cabo, o lo hace por encargo suyo el yo que le obedece. Entonces, si se d el caso de que en el análisis al paciente no le deviene conciente la a resistencia, ello significa o bien que el superyó y el yo pueden trabajar de manera inconciente en situaciones importantísimas, o bien -lo cual sería aún más sustantivo- que sectores de ambos, del yo y el superyó mismos, son inconcientes. Pero en cualquiera de esos dos casos tenemos que darnos por enterados de la desagradable intelección de que (super) yo y conciente, por un lado, y reprimido e inconciente, por el otro, en manera alguna coinciden. Señoras y señores: Siento la necesidad de tomar aliento, de hacer una pausa que también ustedes considerarán bienvenida, y disculparme antes de proseguir. Quiero proporcionarles complementos de una introducción al psicoanálisis que inicié hace más de quince años, y tengo que comportarme como si en ese intervalo ustedes tampoco hubieran cultivado otra cosa que psicoanálisis. Sé que es una presunción inaudita, pero me encuentro inerme, no puedo obrar de otro modo. Sin duda se debe a la grandísima dificultad de proporcionar una visión del psicoanálisis a quien no es psicoanalista. Créanme que no nos gusta aparecer como vinos sectarios que cultiváramos una ciencia secreta. No obstante, debimos advertir y proclamar como una convicción nuestra que nadie tiene el derecho a pronunciarse sobre el psicoanálisis si no ha adquirido determinadas experiencias que sólo pueden conseguirse sometiéndose uno mismo a un análisis. Cuando quince años atrás les dicté mis conferencias, procuré ahorrarles ciertos fragmentos especulativos de nuestras teorías, pero justamente a ellos se anudan las adquisiciones nuevas de que debo hablarles hoy. Regreso al tema. En la duda sobre si el yo y el superyó mismos pueden ser inconcientes o sólo despliegan efectos inconcientes, tenernos buenas razones para decidirnos en favor de la primera posibilidad. Sí; grandes sectores del yo y del superyó pueden permanecer inconcientes, son normalmente inconcientes. Esto significa que la persona no sabe nada de sus contenidos y le hace falta cierto gasto de labor para hacerlos concientes. Es correcto que no coinciden yo y conciente, por un lado, y reprimido e inconciente, por el otro. Sentimos la necesidad de revisar radicalmente nuestra actitud frente al problema de conciente-inconciente. Nuestra primera inclinación es depreciar en mucho el valor del criterio de la condición de conciente, puesto que ha demostrado ser muy poco confiable. Pero nos equivocaríamos. Ocurre como con nuestra vida; no vale mucho, pero es todo lo que tenemos. Sin la antorcha de la cualidad «conciencia» nos perderíamos en la oscuridad de la psicología de lo profundo; pero tenemos derecho a ensayar una nueva orientación. No nos hace falta elucidar lo que debe llamarse conciente, pues está a salvo de cualquier duda. El más antiguo y mejor significado de la palabra «inconciente» es el descriptivo; llamamos inconciente a un proceso psíquico cuya existencia nos vemos precisados a suponer, acaso porque lo deducimos a partir de sus efectos, y del cual, empero, no sabemos nada. Por tanto, nos referimos a él del mismo modo que si se tratara de un proceso psíquico de otro ser humano, salvo que es nuestro. Si queremos expresarnos de manera más correcta aún, modificaremos así el enunciado: llamamos inconciente a un proceso cuando nos vemos precisados a suponer que está activado por el momento, aunque por el momento no sepamos nada de él. Esta limitación nos lleva a pensar que la mayoría de los procesos concientes lo son sólo por breve lapso; pronto devienen latentes, pero pueden con facilidad devenir de nuevo concientes. También podríamos decir que devinieron inconcientes, siempre que estuviéramos seguros de que en el estado de latencia siguen siendo todavía algo psíquico. Hasta este punto no habríamos averiguado nada nuevo, y ni siquiera adquirido el derecho de introducir en la psicología el concepto de un inconciente. Pero entonces se suma la nueva experiencia que podemos hacer ya en las operaciones fallidas. Por ejemplo, para explicar un desliz en el habla nos vemos obligados a suponer que en la persona en cuestión se había formado un propósito determinado de decir algo. Lo colegimos con certeza a partir de la perturbación sobrevenida en el dicho, pero ese propósito no se había impuesto; por tanto, era inconciente. Si con posterioridad se lo presentamos al hablante, puede reconocerlo como uno que le es familiar, en cuyo caso fue inconciente sólo de manera temporaria; o puede desmentirlo como algo ajeno a él, en cuyo caso era inconciente de manera duradera (ver nota(54)). De esa experiencia extraemos en sentido retrocedente el derecho de declarar inconciente también lo designado como latente. Y si ahora tomamos en cuenta estas constelaciones dinámicas, podemos distinguir dos clases de inconciente: una que con facilidad, en condiciones que se producen a menudo, se trasmuda en conciente, y otra en que esta trasposición es difícil, se produce sólo mediante un gasto considerable de labor, y aun es posible que no ocurra nunca. Para evitar la ambigüedad de saber si nos referimos a uno u otro inconciente, si usamos la palabra en el sentido descriptivo o en el dinámico, recurrimos a un expediente simple, permitido. Llamamos «preconciente» a lo inconciente que es sólo latente y deviene conciente con tanta facilidad, y reservamos la designación «inconciente» para lo otro. Ahora tenemos tres términos: conciente, preconciente e inconciente, con los cuales podemos desempeñarnos en la descripción de los fenómenos anímicos, Repitámoslo: desde el punto de vista puramente descriptivo, también lo preconciente es inconciente, pero no lo designamos así excepto en una exposición laxa o cuando nos proponemos defender la existencia misma de procesos inconcientes en la vida anímica. Espero me concederán que hasta aquí nada de eso es enojoso, y permite un cómodo manejo. Así es; pero, por desdicha, el trabajo psicoanalítico se ha visto esforzado a emplear la palabra «inconciente» aún en un tercer sentido, y es muy probable que esto haya suscitado confusión. Bajo la nueva y poderosa impresión de que un vasto e importante campo de la vida anímica se sustrae normalmente del conocimiento del yo, de suerte que los procesos que ahí ocurren tienen que reconocerse como inconcientes en el genuino sentido dinámico, hemos entendido el término «inconciente» también en un sentido tópico o sistemático, hablado de un sistema de lo preconciente y de lo inconciente, de un conflicto del yo con el sistema Ice, y dejado que la palabra cobrara cada vez más el significado de una provincia anímica, antes que el de una cualidad de lo anímico. El descubrimiento, en verdad incómodo, de que también sectores del yo y del superyó son inconcientes en el sentido dinámico produce aquí como un alivio, nos permite remover una complicación. Vemos que no tenemos ningún derecho a llamar «sistema Icc» al ámbito anímico ajeno al yo, pues la condición de inconciente no es un carácter exclusivamente suyo. Entonces, ya no usaremos más «inconciente» en el sentido sistemático y daremos un nombre mejor, libre de malentendidos, a lo que hasta ahora designábamos así. Apuntalándonos en el uso idiomático de Nietzsche, y siguiendo una incitación de Georg Groddeck [1923](55), en lo sucesivo lo llamaremos «el ello». Este pronombre impersonal parece particularmente adecuado para expresar el principal carácter de esta provincia anímica, su ajenidad respecto del yo. Superyó, yo y ello son ahora los tres reinos, ámbitos, provincias, en que descomponemos el aparato anímico de la persona, y de cuyas relaciones recíprocas nos ocuparemos en lo que sigue.(56) Antes de hacerlo, sólo una breve intercalación. Estarán ustedes descontentos por el hecho de que las tres cualidades de la condición de conciente, y las tres provincias del aparato anímico, no se hayan reunido en tres pacíficas parejas; sin duda verán en ello algo así como un  deslucimiento de nuestros resultados. Pero yo opino que no deberíamos lamentarlo, sino decirnos que no poseíamos ningún derecho a esperar un ordenamiento tan terso. Permítanme ofrecerles una comparación; es verdad que las comparaciones no demuestran nada, pero pueden hacer que uno se sienta más en su casa. Imagino un país con una variada configuración de su suelo: montes, llanuras y lagos, y con una población mixta, pues en él moran alemanes, magiaresy eslovacos, que además desarrollan actividades diversas. Entonces las cosas podrían distribuirse así: en la montaña viven los alemanes, criadores de ganado; en tierra llana, los magiares, que cultivan cereales y viñas; y en los lagos, los eslovacos pescan y trenzan junco. Si esta distribución fuera tersa y no contaminada, regocijaría a un Wilson(57); también sería muy cómoda para dictar las clases de geografía. Empero, lo probable es que si ustedes recorren la comarca hallen menos orden y más contaminación. Alemanes, magiares y eslovacos viven entreverados por doquier, en la montaña hay también agricultores y en la llanura se cría ganado. Desde luego, algo será como ustedes lo esperaban, pues en el monte no se puede pescar y en el agua no crece la vid. Sin duda, la imagen que tenían de la comarca puede ser la correcta a grandes rasgos; en el detalle, tendrán que admitir divergencias. No esperen que, acerca del ello, vaya a comunicarles mucho de nuevo excepto el nombre. Es la parte oscura, inaccesible, de nuestra personalidad; lo poco que sabemos de ella lo hemos averiguado mediante el estudio del trabajo del sueño y de la formación de síntomas neuróticos, y lo mejor tiene carácter negativo, sólo se puede describir por oposición respecto del yo. Nos aproximamos al ello con comparaciones, lo llamamos un caos, una caldera llena de excitaciones borboteantes. Imaginamos que en su extremo está abierto hacia lo somático, ahí acoge dentro de sí las necesidades pulsionales que en él hallan su expresión psíquica(58), pero no podemos decir en qué sustrato. Desde las pulsiones se llena con energía, pero no tiene ninguna organización, no concentra una voluntad global, sólo el afán de procurar satisfacción a las necesidades pulsionales con observancia del principio de placer. Las leyes del pensamiento, sobre todo el principio de contradicción, no rigen para los procesos del ello. Mociones opuestas coexisten unas junto a las otras sin cancelarse entre sí ni debitarse; a lo sumo entran en formaciones de compromiso bajo la compulsión económica dominante a la descarga de energía. En el ello no hay nada que pueda equipararse a la negación {Negation}, y aun se percibe con sorpresa la excepción al enunciado del filósofo según el cual espacio y tiempo son formas necesarias de nuestros actos anímicos (ver nota(59)). Dentro del ello no se encuentra nada que corresponda a la representación del tiempo, ningún reconocimiento de un decurso temporal y -lo que es asombroso en grado sumo y aguarda ser apreciado por el pensamiento filosófico- ninguna alteración del proceso anímico por el trascurso del tiempo (ver nota(60)). Mociones de deseo que nunca han salido del ello, pero también impresiones que fueron hundidas en el ello por vía de represión, son virtualmente inmortales, se comportan durante décadas como si fueran acontecimientos nuevos. Sólo es posible discernirlas como pasado, desvalorizarlas y quitarles su investidura energética cuando han devenido concientes por medio del trabajo analítico, y en eso estriba, no en escasa medida, el efecto terapéutico del tratamiento analítico. Sigo teniendo la impresión de que hemos sacado muy poco partido para nuestra teoría analítica de ese hecho, comprobado fuera de toda duda, de que el tiempo no altera lo reprimido. Y, en verdad, parece abrírsenos ahí un acceso hacia las intelecciones más profundas. Por desgracia, tampoco yo he avanzado gran cosa en esa dirección. Desde luego, el ello no conoce valoraciones, ni el bien ni el mal, ni moral alguna. El factor económico o, si ustedes quieren, cuantitativo, íntimamente enlazado con el principio de placer, gobierna todos los procesos. Investiduras pulsionales que piden descarga: creemos que eso es todo en el ello. Parece, es verdad, que la energía de esas mociones pulsionales se encuentra en otro estado que en los demás distritos anímicos, es movible y susceptible de descarga con ligereza mucho mayor (ver nota(61)), pues de lo contrario no se producirían esos desplazamientos y condensaciones que son característicos del ello y prescinden tan completamente de la cualidad de lo investido -en el yo lo llamaríamos una representación- ¡Qué daríamos por comprender mejor estas cosas! Además, ven ustedes que estamos en condiciones de indicar para el ello otras propiedades y no sólo la de ser inconciente, y disciernen la posibilidad de que partes del yo y del superyó sean inconcientes sin poseer los mismos caracteres primitivos e irracionales (ver nota(62)). El mejor modo de obtener una caracterización del yo como tal, en la medida en que se puede separarlo del ello y del superyó, es considerar su nexo con la más externa pieza de superficie del aparato anímico, que designamos como el sistema P-Cc {percepción-conciencia}. Este sistema está volcado al mundo exterior, medía las percepciones de este, y en el curso de su función nace dentro de él el fenómeno de la conciencia. Es el órgano sensorial de todo el aparato, receptivo además no sólo para excitaciones que vienen de afuera, sino para las que provienen del interior de la vida anímica. Apenas si necesita ser justificada la concepción según la cual el yo es aquella parte del ello que fue modificada por la proximidad y el influjo del mundo exterior, instituida para la recepción de estímulos y la protección frente a estos, comparable al estrato cortical con que se rodea una ampollita de sustancia viva. El vínculo con el mundo exterior se ha vuelto decisivo para el yo; ha tomado sobre sí la tarea de subrogarlo ante el ello y por la salud del ello, que, en su ciego afán de satisfacción pulsional sin consideración alguna por ese poder externo violentísimo, no escaparía al aniquilamiento. Para cumplir esta función, el yo tiene que observar el mundo exterior, precipitar una fiel copia de este en las huellas mnémicas de sus percepciones, apartar mediante la actividad del examen de realidad lo que las fuentes de excitación interior han añadido a ese cuadro del mundo exterior. Por encargo del ello, el yo gobierna los accesos a la motilidad, pero ha interpolado entre la necesidad y la acción el aplazamiento del trabajo de pensamiento, en cuyo trascurso recurre a los restos mnémicos de la experiencia. Así ha destronado al principio de placer, que gobierna de manera irrestricta el decurso de los procesos en el ello, sustituyéndolo por el principio de realidad, que promete más seguridad y mayor éxito. También el vínculo con el tiempo, tan difícil de describir, es proporcionado al yo por el sistema percepción; apenas es dudoso q el modo de trabajo de este sistema da origen a la ue representación del tiempo (ver nota(63)). Ahora bien, lo que singulariza muy particularmente al yo, a diferencia del ello, es una tendencia a la síntesis de sus contenidos, a la reunión y unificación de sus procesos anímicos, que al ello le falta por completo. Cuando en lo que sigue tratemos sobre las pulsiones en la vida anímica, cabe esperar que lograremos reconducir a sus fuentes este carácter esencial del yo (ver nota(64)). Por sí solo produce aquel alto grado de organización que necesita el yo para sus mejores operaciones. El yo se desarrolla desde la percepción de las pulsiones hasta su gobierno, pero este último sólo se alcanza por el hecho de que la agencia representante de pulsión es subordinada a una unión mayor, acogida dentro de un nexo. Ajustándonos a giros populares, podríamos decir que el yo subroga en la vida anímica a la razón y la prudencia, mientras que el ello subroga a las pasiones desenfrenadas. Hasta ahora nos hemos dejado impresionar por el recuento de las excelencias y aptitudes del yo; es tiempo de considerar el reverso de la medalla. En efecto, el yo es sólo un fragmento del ello, un fragmento alterado de manera acorde al fin por la proximidad del mundo exterior amenazante. En el aspecto dinámico es endeble, ha tomado prestadas del ello sus energías, y alguna intelección tenemos sobre los métodos -podría decirse: las tretas- por medio de los cuales sustrae al ello ulteriores montos de energía. Sin duda que una de esas vías es, por ejemplo, la identificación con objetos conservados o resignados. Las investiduras de objeto parten de las exigencias pulsionales del ello. El yo al comienzo se ve precisado a registrarlas. Pero, identificándose con el objeto, se recomienda al ello en remplazo del objeto, quiere guiar hacia sí la libido del ello. Ya hemos averiguado que en el curso de la vida el yo acoge dentro de sí gran número de tales precipitados de antiguas investiduras de objeto. En el conjunto, el yo se ve obligado a realizar los propósitos del ello, y cumple su tarea cuando descubre las circunstancias bajo las cuales esos propósitos pueden alcanzarse lo mejor posible. Podría compararse la relación entre el yo y el ello con la que media entre el ijnete y su caballo. El caballo produce la energía para la locomoción, el jinete tiene el privilegio de comandar la meta, de guiar el movimiento del fuerte animal. Pero entre el yo y el ello se da con harta frecuencia el caso no ideal de que el jinete se vea precisado a conducir a su rocín adonde este mismo quiere ir. El yo se ha divorciado de una parte del ello mediante resistencias de represión {de desalojo}. Pero la represión no se continúa en el interior del ello. Lo reprimido confluye con el, resto del ello. Un refrán nos previene que no se debe servir a dos amos al mismo tiempo. El pobre yo lo pasa todavía peor: sirve a tres severos amos, se empeña en armonizar sus exigencias y reclamos. Estas exigencias son siempre divergentes, y a menudo parecen incompatibles; no es raro entonces que el yo fracase tan a menudo en su tarea. Esos tres déspotas son el mundo exterior, el superyó y el ello. Si uno sigue los empeños del yo por darles razón al mismo tiempo -mejor dicho, por obedecerles al mismo tiempo-, no puede arrepentirse de haber personificado a ese yo, de haberlo postulado como un ser particular. Se siente apretado desde tres lados, amenazado por tres clases de peligros, frente a los cuales en caso de aprieto reacciona con un desarrollo de angustia. Por su origen en las experiencias del sistema percepción está destinado a subrogar los reclamos del mundo exterior, pero también quiere ser el fiel servidor del ello, mantenerse avenido con el ello, recomendársele como objeto, atraer sobre sí su libido. En sus afanes por mediar entre el ello y la realidad se ve obligado con frecuencia a disfrazar los mandamientos icc del ello con sus racionalizaciones prcc, a encubrir los conflictos del ello con la realidad, a simular con insinceridad diplomática una consideración por la realidad aunque el ello haya permanecido rígido e inflexible. Por otra parte, el riguroso superyó observa cada uno de sus pasos, le presenta determinadas normas de conducta sin atender a las dificultades que pueda encontrar de parte del ello y del mundo exterior, y en caso de inobservancia lo castiga con los sentimientos de tensión de la inferioridad y de la conciencia de culpa. Así, pulsionado por el ello, apretado por el superyó, repelido por la realidad, el yo pugna por dominar su tarea económica, por establecer la armonía entre las fuerzas e influjos que actúan dentro de él y sobre él, y comprendemos por qué tantas veces resulta imposible sofocar la exclamación: «¡La vida no es fácil!». Cuando el yo se ve obligado a confesar su endeblez, estalla en angustia, angustia realista ante el mundo exterior, angustia de la conciencia moral ante el superyó, angustia neurótica ante la intensidad de las pasiones en el interior del ello.
Quisiera figurar en un gráfico modesto las constelaciones estructurales de la personalidad anímica, que he desarrollado ante ustedes; helo aquí: admitiremos que los empeños terapéuticos del psicoanálisis han escogido un parecido punto de abordaje. En efecto, su propósito es fortalecer al yo, hacerlo más independiente del superyó, ensanchar su campo de percepción y ampliar su organización de manera que pueda apropiarse de nuevos fragmentos del ello (ver nota(66)). Donde Ello era, Yo debo devenir. Es un trabajo de cultura como el desecamiento del Zuiderzee.

 





NOTAS

43(Ventana-emergente- Popup)
[La mayor parte del contenido de esta conferencia se tomó de los capítulos I, II, III y V de El yo y el ello (1923b), con algunos agregados.]

44 (Ventana-emergente - Popup)
[En la terminología moderna se hablaría probablemente de «depresión».]

45 (Ventana-emergente-Popup)
{Kant, Crítica de la razón práctica, «Conclusión», primer párrafo.}

46 (Ventana-emergente - Popup)
[Esta cuestión había sido considerada en Inhibición, síntoma y angustia (1926d), AE, 20, pág. 122, y con más detalle en los capítulos VII y VIII de El malestar en la cultura (1930a).]

47 (Ventana-emergente - Popup)
[En verdad, sólo hay una breve alusión a esto en la 26ª de las Conferencias de introducción al psicoanálisis (1916-17), AE, 16, pág. 388. La identificación se trató en el capítulo VII de Psicología de las masas y análisis del yo (1921c), AE, 18, págs. 99 y sigs., y la formación del superyó, en el capítulo III de El yo y el ello (1923b), AE, 19, págs. 30 y sigs.]

48 (Ventana-emergente - Popup)
[Freud examinó esto en «El problema económico del masoquismo» (1924c), AE, 19, pág. 173; digamos de paso que allí nos ocupamos, en una nota al pie, de su uso deltérmino«imago».]

49 (Ventana-emergente - Popup)
[Este pasaje es algo oscuro, sobre todo respecto de la frase«der Tráger des Ichideals» {«el portador del ideal del yo»}. Al introducir el concepto de «ideal del yo» en su trabajo sobre el narcisismo (1914c), Freud lo distinguió de «una instancia psíquica particular cuyo cometido fuese velar por el aseguramiento de la satisfacción narcisista proveniente del ideal del yo, y que con ese propósito observase de manera continua al yo actual midiéndolo con el ideal» (AE, 14, pág. 92). Análogamente, en la 26ª de las Conferencias de introducción (1916-17), AE, 16, pág. 390, dice que el sujeto «siente en el interior de su yo el reinado de una instancia que mide su yo actual y cada una de sus actividades con un yo ideal, que él mismo se ha creado en el curso de su desarrollo». En algunos escritos de Freud posteriores a esas conferencias no es tan nítido este distingo entre el ideal y la instancia que lo pone en práctica.

50 (Ventana-emergente - Popup)
[Las opiniones de esta escuela se discuten en la 34ª conferencia, AE, 22, págs. 130 y sigs.]

51 (Ventana-emergente - Popup)

52 (Ventana-emergente - Popup)
[Véase una nota al pie agregada por Freud a su artículo sobre la diferencia anatómica entre los sexos (1925j), AE,19, pág.272.] [Emil Ludwig en su libro sobre Guillermo II, publicado en 1926.]

53 (Ventana-emergente - Popup)
[Psicología de las masas (1921c), AE, 18, págs. 109-10.]

54 (Ventana-emergente - Popup)

55 (Ventana-emergente - Popup)
[Cf. la 4ª de las Conferencias de introducción (1916-17), AE, 15, pág. 57.] [Un médico alemán cuyas ideas anticonvencionales suscitaron gran interés en Freud.]

56 (Ventana-emergente - Popup)
[En mi «Introducción» a El yo y el ello (1923b), AE, 19, págs. 4-11, reseño la evolución de las ideas de Freud al respecto. Cabe destacar que, con posterioridad a esa obra, sólo utilizó la abreviatura «Icc» aquí y en una única ocasión más, en Moisés y la religión monoteísta (1939a), AE, 23, pág. 92.]

57 (Ventana-emergente - Popup)
[Señalemos que aproximadamente un año antes de escribir esto, Freud había estado colaborando con W. C. Bullitt, a la sazón embajador norteamericano en Berlín, en el borrador de un estudio psicológico sobre el presidente Wilson, acerca de cuyo discernimiento político Freud tenía opiniones sumamente críticas, Bullitt publicó (en inglés) un estudio sobre Wilson en 1966, reconociendo a Freud como coautor. Pero aunque la influencia de las ideas de este es bien clara en dicha obra, no parece haber en ella nada efectivamente escrito por Freud, salvo la «Introducción» (Freud, 1966b), cuyo manuscrito alemán se ha conservado y cuya traducción al inglés, tal como aparece en el libro, fue hecha presumiblemente por el propio Bullitt.]

58 (Ventana-emergente - Popup)
[Freud considera aquí a las pulsiones como algo físico que tendría su representación psíquica en los procesos mentales. Se hallará un amplio examen de esta cuestión en mi «Nota introductoria» a «Pulsiones y destinos de pulsión» (1915c), AE, 14, págs. 107 y sigs.]

59 (Ventana-emergente - Popup)
[Alude, por supuesto, a Kant. Cf. Más allá del principio de placer (1920g), AE, 18, pág. 28.]

60 (Ventana-emergente - Popup)
[En la sección V de «Lo inconciente» (1915e), AE, 14, pág. 184, n. 4, se da una nómina completa de las muy frecuentes referencias de Freud a este punto, que se remontan a sus primeros escritos.]

61 (Ventana-emergente - Popup)
[En muchos pasajes de sus obras menciona Freud esta diferencia. Véase, en especial, «Lo inconciente» (1915e), AE, 14, pág. 185, y Más allá del principio de placer (1920g), AE,18, págs. 26-7. En esos dos lugares atribuye la distinción a Breuer, teniendo presente, al parecer, una nota al pie de la contribución teórica de este último a Estudios sobre la histeria (1895d), AE, 2, págs.205-6. En «Lo inconciente» (loc. cit.)afirma que «este distingo sigue siendo hasta hoy nuestra intelección más profunda e la esencia de la energía nerviosa». Cf. también AE, 22, pág. 83n.] n

62 (Ventana-emergente - Popup)

63 (Ventana-emergente - Popup)
[Cierta indicación sobre lo que Freud quiso decir aquí se halla en su «Nota sobre la "pizarra mágica"» (1925a), AE,19, pág.247.]

64(Ventana-emergente - Popup)
[En verdad, Freud no se vuelve a ocupar del tema, aparentemente, en las presentes conferencias. - Esta característica del yo había sido estudiada en detalle en Inhibición, síntoma y angustia (1926d), AE,20, págs. 93-6. La tendencia del yo a la síntesis es especialmente destacada en los escritos de la última época de Freud (entre otros, en ¿Pueden los legos ejercer el análisis? (1926e), AE, 20, pág. 184), pero el concepto estaba implícito en el modelo del yo que trazó en los primeros tiempos. Así, por ejemplo, desde el período de Breuer designó casi siempre corno «representaciones inconciliables» a aquellas que no pueden ser sintetizadas por el yo. Esta expresión ya figura en el primer trabajo sobre las neuropsicosis de defensa (1894a), AE, 3, pág. 53, n, 18.]

65 (Ventana-emergente - Popup)
[Si se compara este diagrama con el que aparece en El yo y el ello (1923b), AE, 19, p ág.26, se apreciará como principal diferencia que en ese gráfico anterior no figuraba el superyó. Esta ausencia es justificada en un pasaje posterior de la misma obra (AE, 19 , pág. 38). En la primera edición de estas conferencias, así como en El yo y el e el diagrama se llo, presentaba, como aquí, en forma vertical. Por alguna razón (tal vez para ahorrar espacio), tanto en las Gesammelle Werke como en los Gesammelte Schriften apareció apaisado, sin ninguna otra modificación.]
[La idea de una alteración del yo como resultado de una contrainvestidura ya se encuentra en algunos de los primeros escritos de Freud; por ejemplo, en su segundo trabajo sobre las neuropsicosis de defensa (1896b), AE, 3, pág. 184. Más recientemente, la había tratado en Inhibición, síntoma y angustia (1926d), AE, 20, págs. 147-148, y volvería a examinarla en «Análisis terminable e interminable» (1937c), AE, 23, págs. 223y237-42.]

66 [Algo semejante se sostiene en el último capítulo de EI yo y el ello(1923b), AE, 19, págs. 56-7.]